Roxana no se consideraba una persona con un corazón fácil de conmover, pero ver cómo Silvano y su madre dependían y se protegían mutuamente logró tocar algo profundo en ella.
Hubo un tiempo en el que ella también se sentía como una extraña en este mundo, despreciada por sus supuestos padres y rechazada por sus compañeros de clase.
Vivía sola, como una isla desierta.
Muchas veces llegó a preguntarse cuál era su propósito en el mundo.
Incluso había fantaseado con que, si los Maldonado no fueran tan ricos, tal vez no le dedicarían todo su tiempo al trabajo y lograrían notar el esfuerzo que ella hacía por ser mejor cada día.
Pero sabía que en la vida real no existían los «y si...».
Por eso, en más de una ocasión envidió en secreto a aquellos compañeros que eran amados por sus padres.
Así que, estaba dispuesta a darles una mano.
—Silvano, Señora Inés, todavía tengo algunos contactos en Puerto Esperanza. Si ya no quieren quedarse aquí, puedo gestionar su traslado a otro hospital. Además, conozco a varios especialistas dedicados exclusivamente a la investigación de trastornos hemorrágicos hereditarios. Si están de acuerdo, los puedo poner en contacto con ellos.
Al escucharla, los ojos de Inés, antes sumidos en la desesperación, brillaron intensamente, como si hubieran encontrado agua en el desierto.
Pero esa luz se apagó casi de inmediato.
Sabía que ella y su hijo jamás podrían devolver semejantes favores.
Ni siquiera podrían costear el tratamiento.
Silvano, sin embargo, se negó a rendirse. Un favor gigante o dos, daba igual, seguiría estando en deuda.
En lugar de permitir que su madre siguiera soportando las torturas de los Sarmiento, prefería endeudarse hasta el cuello con Roxana, garantizar la seguridad de su madre, sumergirse de lleno en la composición musical y ganar dinero lo más rápido posible.
—Roxana, no puedo rechazar lo que me ofreces. En el futuro... no, si necesitas que haga algo por ti en este mismo instante, daré hasta la última gota de sudor por ti.
Roxana entendió exactamente qué era lo que preocupaba a Inés, así que sonrió con ligereza.
—Silvano, de hecho, sí tengo algo en lo que necesito que me ayudes. Pero no urge. Contáctame en cuanto hayas acomodado a tu madre.
Silvano sintió un nudo en la garganta. Siempre se había considerado alguien duro, pero en ese segundo, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Sabía que Roxana solo decía eso para aliviarle el peso emocional de la deuda.
—Entendido. Muchísimas gracias, Roxana. Te juro que jamás te decepcionaré.
Roxana agitó la mano para despedirse. Al salir al pasillo, llamó de inmediato a uno de los hospitales asociados al Centro de Desarrollo Phoenix.
Le daba demasiada vergüenza seguir insistiendo.
—Jefa, me voy entonces. Esta vez voy a entrenar el doble de duro. Te juro que en un mes verás a un hombre completamente renovado.
A Roxana no le interesaban sus discursos dramáticos; se despidió con la mano, subió al auto y se fue.
León apretó los puños con determinación. Tampoco pensaba volver a clases.
Entrenar con los instructores era demasiado aburrido. Mejor iría a «ese lugar».
Poco después de que ambos se fueran, un soplón le avisó a Leonor que Roxana andaba sola.
Al enterarse, Leonor no quiso actuar directamente. En su lugar, le pasó el recado a Alcira Maldonado.
En la residencia Maldonado.
Tras el fracaso absoluto en la subasta, Alcira y su padre adoptivo, Ricardo Maldonado, no se atrevían ni a salir a la calle.
El Consorcio Maldonado había perdido muchísimos contratos importantes. Aunque Ricardo había gastado una fortuna intentando borrar los escándalos de internet, no hay secreto que no se sepa, y los rumores ya se habían esparcido por los círculos empresariales.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA