Pero ahora, la señora Romano estaba plantada en la casa donde ella solía vivir. Esa era su casa, el hogar de sus padres. Era el único recuerdo tangible que le quedaba de ellos.
Eliana temblaba de coraje. Jamás imaginó que la señora Romano caería tan bajo como para usar métodos tan sucios solo para obligarla a verse.
—¡Voy para allá ahora mismo! ¡Y te lo advierto, más vale que no toques nada, porque si lo haces, te juro que no te lo voy a perdonar!
Por la reacción de Eliana, César adivinó al instante lo que estaba ocurriendo.
Le lanzó una mirada a Luis, quien captó la orden de inmediato. El lujoso Bentley negro aceleró en dirección al antiguo barrio de la zona sur.
Ese lugar no solo era el hogar de Eliana, también tenía un significado especial para él. Fue allí donde fue vecino de la familia Lamas, y fue en ese lugar donde experimentó lo que era el calor de una verdadera familia.
Frente a las puertas del viejo edificio de apartamentos, la señora Romano esperaba con una mezcla de impaciencia y arrogancia, escoltada por varios guardaespaldas.
Mientras aguardaba, no dejaba de mirar con insistencia la entrada del vecindario.
Un Bentley negro ingresó al complejo y de él bajaron Eliana y César.
Un auto de lujo de ese calibre resaltaba demasiado en aquel barrio humilde, así que la señora Romano lo ubicó de inmediato. Cuando vio a Eliana salir del vehículo, sus ojos se llenaron de un odio feroz.
«¡Esa cualquiera! Lo sabía, ya se revolcó con otro hombre. Con razón estaba tan desesperada por el divorcio, ¡maldita ramera!» pensó la señora Romano, rechinando los dientes.
Solo con ver ese auto, se notaba que no era nada barato. En Valdemar, aparte de la familia Guerrero, ¿quién más podía tener tanto dinero?
Su hijo, por culpa de ella, ahora estaba soltero y, peor aún, ¡ya no podría tener hijos jamás! Mientras tanto, Eliana se dejaba proteger por los brazos de ese hombre, viéndose tan íntimos y afectuosos.
Mientras más lo pensaba, más se convencía de su propia teoría, alzando el mentón con orgullo. Apenas se abrió la puerta del ascensor, la señora Romano se abalanzó contra Eliana y levantó la mano, lista para cruzarle el rostro de una bofetada.
¡ZAS!
El eco nítido de una bofetada resonó por todo el pasillo, y cinco dedos quedaron marcados al rojo vivo en el rostro de la señora Romano.
Eliana había esquivado el golpe con reflejos felinos.

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