El corazón de Manuel se encogió. Un Bentley negro... eso sonaba exactamente como el vehículo que había ido a recoger a Eliana aquella noche en La Finca Mirador. Entonces sí debía ser alguien de los Guerrero, no había duda.
Sin embargo, Manuel conocía bien el temperamento de su madre. Lo más seguro era que ella hubiera provocado el problema primero con comentarios venenosos. Escucharla referirse a ellos como "una cualquiera" y "un amante" dejaba bastante claro la clase de cosas que seguramente le había gritado a Eliana en su propia cara.
—Mamá —Manuel se detuvo, pronunciando cada palabra con cuidado—, ¿tú sabes quién fue la madre de Eliana?
—¿No se murió hace mucho tiempo? —Su madre bufó con desprecio. Jamás le había dado importancia a eso; venían de una familia común y corriente, no valía la pena molestarse en recordarlos.
—Pues te informo que la madre de Eliana, Celina Guerrero, es la hija menor de Don Octavio —las palabras de Manuel cayeron como un rayo sobre la señora Romano—. Y ese hombre al que llamas "amante" de la familia Guerrero es probablemente el nieto de Don Octavio... el primo de Eliana.
—¡¿Qué?! ¡¿Esa cualquiera viene de una familia tan importante?! —Su primera reacción no fue el miedo, sino un resentimiento profundo, rechinando los dientes de rabia.
—Será mejor que cuides tu vocabulario. Si vuelves a llamarla "cualquiera", no te lo voy a tolerar —advirtió Manuel con frialdad—. ¿A qué fuiste a buscarla hoy exactamente?
Eliana no era de las que buscaba pleitos; la que seguramente había iniciado la pelea había sido su madre.
—¡A qué más iba a ir! Yo... —La señora Romano se calló de repente, apartando la mirada con nerviosismo.
Iba a decir que había ido a exigir justicia porque su hijo se había quedado estéril por proteger a Eliana.
Pero recordó que Manuel jamás le había mencionado los resultados de sus exámenes. Había sido ella quien, tras la salida de Manuel, se había escabullido en la oficina del doctor y había encontrado el reporte médico tirado. Al recordar el documento manchado con esa asquerosa saliva en sus manos, volvió a arrugar la nariz con asco.
Rápidamente inventó una excusa para evadir el tema: —Escuché por ahí que ya andaba de ofrecida con otros hombres y me hirvió la sangre. ¡Tú estás sufriendo en casa porque te apuñalaron por ella, mientras que ella se divierte con otros! ¡Eso no es justo!
Luego, tanteó el terreno: —¿Y cómo te fue en los exámenes de hoy?
—Estoy bien —contestó él, cortante.

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