Al final, la señora Romano no aguantó más y escupió el secreto.
—¡Alto ahí! —le gritó Eliana—. ¡Explícate bien! ¡No voy a aceptar que me eches tierra de esa manera sin pruebas!
—¡Cuál tierra ni qué nada, los hechos hablan por sí solos! —El rostro de la señora Romano estaba retorcido por la furia—. ¿Acaso Manuel no recibió una puñalada por ti? ¡Esa herida le dañó los nervios y ahora ya no puede tener hijos! ¿Ya estás contenta?
—¡Tienes que hacerte responsable, Eliana! ¡Tú tienes la culpa de todo! —La señora Romano se descontroló y trató de abalanzarse nuevamente sobre ella, pero la fría mirada de César la hizo retroceder—. ¡Le debes la vida, y jamás podrás pagarle lo que le has hecho!
¿Manuel no podía tener hijos? La noticia cayó como una bomba.
Eliana y César intercambiaron miradas.
El corazón de Eliana era un torbellino de emociones, pero se forzó a mantener la calma: —No voy a creer semejante locura solo por tus gritos. Tráeme el reporte médico oficial y entonces hablaremos. Si no, no hay nada que discutir aquí.
La señora Romano no sintió miedo alguno; después de todo, había visto con sus propios ojos el diagnóstico que Manuel rompió en el hospital. Eso le daba toda la confianza del mundo.
—¡De acuerdo, prepárate! ¡Y no creas que te tengo miedo solo porque tienes a alguien protegiéndote! Te lo advierto, ¡voy a ir a la policía, te llevaré a juicio y haré que devuelvas todo lo que le debes a los Romano! —chilló antes de marcharse.
A Eliana aquello le pareció de una ironía enorme.
La señora Romano jamás seguía las reglas; estaba acostumbrada a que, si alguien no le caía bien, simplemente dejaba que sus matones se encargaran. Ahora que veía que sus viejos trucos no funcionaban contra Eliana gracias a la presencia de César, de pronto había aprendido a "seguir los procedimientos legales".
César echó un vistazo al viejo edificio. Sabía perfectamente que, conociendo la naturaleza de esa mujer, no se quedaría de brazos cruzados. Llamó a Luis y le ordenó que dejara a dos hombres vigilando las cercanías del vecindario; si volvían a ver a la señora Romano, debían detenerla de inmediato.
La señora Romano se alejó maldiciendo entre dientes.
Cuando regresó a La Mansión Romano, la mitad de su rostro estaba muy hinchada, dándole un aspecto tan patético como ridículo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La doble vida de la esposa traicionada