Manuel sintió un pánico como nunca antes en su vida.
En el pasado, aunque Eliana estaba decidida a divorciarse, él siempre creyó que con solo ceder un poco, llenarla de atenciones y ponerla como su mayor prioridad, eventualmente lograría derretir su corazón de hielo.
Además, estaba convencido de que, en todo Valdemar, Eliana no encontraría a ningún hombre que lo superara.
Pero ahora... todo indicaba que ella ya estaba en brazos de otro. Y eso lo sumió en un terror absoluto.
¡No! ¡De ninguna manera! ¡Jamás iba a permitirlo!
Recordó las palabras de su madre, quien le había asegurado que ese hombre trataba a Eliana con extrema ternura y la estrechaba en sus brazos. Tan solo imaginar la escena le destrozaba el corazón.
Llegó a la mansión de la familia Romano casi como un zombi.
La señora Romano había estado esperando con ansias a que su hijo le hiciera justicia, pero se topó con un Manuel completamente abatido.
—Manuel... ¡Manuel! ¿Qué te dijeron los Guerrero? —tuvo que gritar dos veces para que él reaccionara.
—Mamá —respondió Manuel con la voz quebrada—, el que te agredió no es de la familia Guerrero. Ya aclaré las cosas con Don Octavio. Por favor, no vuelvas a provocar a esa familia.
—Si no es de los Guerrero... ¡eso significa que ese hombre realmente es su amante! —La señora Romano se iluminó, por fin tenía pruebas contra Eliana y chilló de la emoción—: ¡Lo sabía! Esa... esa maldita de Eliana nunca fue una buena mujer.
—¡Cállate! —rugió Manuel con una fiereza que hizo respingar a su madre—. Mamá, no vuelvas a hablar mal de Eliana, y no te metas en sus asuntos.
La señora Romano se calló al instante, pero antes de que él se fuera, no olvidó recordarle: —¿No tenías que ir a negociar un proyecto importante esta tarde? No llegues tarde.
Ella no entendía mucho de los negocios de Manuel, pero sabía que este proyecto era vital. Si lo conseguían, la familia Romano saltaría a la cima del poder en Valdemar.

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