La nieve había empezado a derretirse.
Pequeños ríos invisibles corrían por las esquinas de las aceras, y Boston, sin ser aún primavera, parecía asomar la cabeza por entre el hielo.
Yo también.
Después de aquel desayuno, de aquella confesión sin armadura, algo en mí se aflojó. No era alivio. No era felicidad. Era… espacio.
Espacio para respirar. Para empezar a querer saber quién era, más allá de las decisiones que otros habían tomado por mí.
Cassian no cambió su forma de estar conmigo.
Seguía con su humor absurdo, con sus cafés sin azúcar, con sus preguntas simples que abrían puertas profundas.
Pero ese día, él propuso algo distinto.
—Tengo una idea —dijo mientras guardaba unos platos en el lavavajillas.
—¿Otra excursión secreta?
—No exactamente. Esto es más modesto. Pero, para mí, más importante.
Me apoyé en la barra, curiosa.
—¿Qué idea?
Me sonrió con esa expresión suya, como si siempre tuviera una travesura a punto de revelarse.
—Quiero llevarte a una librería. No cualquier librería. Una de esas que huelen a papel viejo y secretos.
—¿Y por qué esa?
—Porque quiero que elijas un libro. Uno solo. Pero no para leerlo, al menos no todavía.
—¿Entonces?
—Para firmarlo.
—¿Firmarlo?
—Sí. Quiero que pongas la fecha de hoy y escribas algo dentro. Algo para ti. Como una promesa.
Una promesa de todo lo que aún te queda por vivir.
Me reí, sin estar segura de si lo decía en serio.
—Cassian, eso es... raro.
—También es lindo. Y simbólico. Y, sobre todo, tuyo. No está en el guion de nadie.
No supe qué responder.
Así que simplemente dije:
—Vale.
La librería quedaba en una calle escondida, flanqueada por árboles desnudos y faroles antiguos.
Una campanilla sonó cuando empujamos la puerta.
Dentro, olía a polvo, a madera, a tiempo.
No había música. Solo el sonido de las páginas al pasar y una señora mayor tras el mostrador que nos saludó con una leve inclinación de cabeza.
—Aquí no se corre —susurró Cassian con tono solemne—. Aquí se camina lento. Como en una iglesia. O en un museo de cosas que valen la pena.
Yo sonreí.
Durante una hora, recorrí los estantes sin prisa. Rozaba los lomos con los dedos. Leía títulos. Algunos estaban en inglés, otros en francés. Algunos ni siquiera tenían título legible.
Y entonces lo encontré. No era nuevo. No era famoso. Era un cuaderno en blanco, encuadernado en tela verde oliva, con las hojas un poco amarillentas por el tiempo.
Lo abrí. La primera página crujió como si llevara años esperando eso.
—¿Ese es? —preguntó Cassian detrás de mí.
Asentí.
Nos sentamos en un pequeño rincón junto a una estufa eléctrica y una mesa diminuta. Él sacó un bolígrafo de su abrigo.
—Hazlo.

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