Más tarde salimos a caminar. Sin destino. Solo andar.
Me compré un café por capricho.
Entramos en una tienda de discos solo porque la fachada era bonita.
Probamos galletas en una panadería húngara escondida en una calle que nunca habíamos recorrido.
Cada paso era una elección.
Cada esquina, una primera vez.
Y al mediodía, sin pensarlo, le dije:
—Cassian… quiero hacer algo más.
—¿Algo peligroso?
—Algo simbólico.
—¿Tipo tatuaje o tipo cortar el flequillo?
—Peor. Quiero… ir a un sitio a hacerme una foto de carnet.
Él se detuvo, como si no hubiera comprendido.
—¿Una foto de carnet?
—Sí. Una de esas que salen en cinco minutos y no puedes editar.
Quiero tener una imagen mía de ahora. De esta versión de mí. La que no está prometida a nadie. La que no está maquillada para gustar. La que no se peina para encajar. Solo yo. Como soy. Como me siento. Como quiero recordarme en este instante.
Él sonrió, casi emocionado.
—¿Sabes? Me estás dando ganas de hacerme una también.
—Pues vamos.
Y lo hicimos. Entramos en uno de esos fotomatones antiguos, con cortina roja y olor a tiempo detenido. Yo me senté primero.
Miré a la cámara. No sonreí mucho. Solo lo justo. Solo lo verdadero.
Click. Click. Click.
Salí y me apoyé en la máquina mientras esperaba la tira de fotos. Cassian se sentó después. Hizo poses ridículas. Rió en voz alta. Cerró un ojo. Y cuando salió, me mostró sus fotos como un niño feliz.
Las mías estaban listas así que las tomé en las manos. Y allí estaba yo. De frente, sin miedo, un poco despeinada, sin joyas. Con ojos firmes, con una paz que no sabía que podía tener.
Cassian se acercó, las miró conmigo.
—Esta —dijo, señalando la segunda—. Esta eres tú cuando por fin empezaste a ser tú.
No supe qué decir. Pero lo sentí. Era la primera vez que tenía una foto mía… para mí. Esa noche, la pegué en la primera página del cuaderno verde oliva.
Justo debajo de la promesa.
Porque a veces las primeras veces no son viajes lejanos ni amores nuevos.
A veces son solo un espejo, una caminata, una foto en blanco y negro. Y, sin embargo, lo cambian todo.
La noche había caído sobre Boston con su elegancia habitual: calles mojadas, farolas encendidas, y ese silencio suave que solo las ciudades con nieve saben guardar.
Estábamos en el sofá. Cassian tenía los pies en alto, una manta sobre las piernas y una taza de té humeante entre las manos.
Yo me senté a su lado, envuelta en mi propia manta, como si ambos fuéramos parte de un ritual no escrito: el de los que sobreviven juntos.
—Cassian… —dije, rompiendo el silencio—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Siempre.
Lo miré, un poco divertida, un poco seria.
—¿Por qué Boston?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué me trajiste aquí?
Él parpadeó, sorprendido por la pregunta, y luego se encogió de hombros como si la respuesta fuera evidente.
—Porque aquí vivo.
—¿Vives aquí?
Asintió, tranquilo.
—¿Y cómo es que nunca me lo dijiste? —pregunté, genuinamente sorprendida.
—Supongo que no lo consideré importante en ese momento. Estábamos… solucionando lo urgente.
Me quedé callada. Porque era cierto.
—Casi no te he preguntado cosas sobre ti —admití en voz baja—. Siempre hemos hablado de mí. De mi historia. De lo que dejé. De cómo me sentía.
Él me miró con una calma que desarmaba.
—Tenías que vaciarte. Y yo no tenía prisa. Siempre creí que lo mejor era resolver una cosa a la vez. Primero, ayudarte a salir de esa vida que no te pertenecía. Ahora que eso está más claro, podemos concentrarnos en lo demás.
—¿En qué "demás"? —pregunté, sonriendo con intriga.
—En ti. En lo que te gusta. En lo que quieres. En cómo quieres vivir.
Y, si se da… también en mí.
No supe qué decir. Solo me acomodé un poco más cerca. No era una declaración. No era un reclamo. Era… una posibilidad.
—Mañana no estaré en la mañana —dijo de pronto, como quien deja caer algo importante sin dramatismo.
Lo miré, con una pequeña punzada en el pecho que no esperaba.
—¿Por?
—Tengo que volver al trabajo. Me tomé un tiempo por ti, pero ya es hora de retomar ciertas cosas. Prometí que estaría contigo en lo más difícil. Y cumplí. Pero ahora tengo que atender mi otra vida.
—Te voy a extrañar —dije, sin adornos.
Él me miró. Con ternura, con una pizca de risa en los ojos.
—Voy a seguir durmiendo en ese sofá —dijo—. Desayunaremos juntos, como siempre.
Solo serán un par de horas sin mí, pero vendré a buscarte para almorzar. Y, aviso desde ya: no te acostumbres mucho a mi ausencia.
Solté una carcajada suave.
—¿Y si lo hago?
—Te rescato. Te meto en una caja y te llevo a patinar otra vez hasta que me extrañes de nuevo.
Negué con la cabeza, divertida. Él me guiñó un ojo.
—¿Y qué haces, exactamente? —pregunté de pronto, como si necesitara entender más de este hombre que había sido mi ancla sin pedirme nada a cambio.
—Trabajo en estrategia financiera en Langford & Co. Strategy.
Me sonó a nombre elegante. Caro. Importante. Pero lo dijo con la misma naturalidad con la que hablaba de cocinar galletas.
—¿Eres como… un asesor? —pregunté, sin saber muy bien cómo llamarlo.
—Algo así.
No dio más detalles. Y no insistí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible