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La esposa invisible romance Capítulo 32

Esa noche no pude dormir. El apartamento estaba en calma. Cassian se había duchado y se había quedado leyendo en el sofá, dándome espacio sin decirlo, como si supiera que lo que había pasado durante el almuerzo necesitaba tiempo para asentarse.

Yo me encerré en la habitación. Pero no para esconderme. Para entender.

Me miré en el espejo. No como tantas veces antes, buscando disimular una herida, camuflar una culpa, o fingir una entereza que no tenía.

Me miré como alguien que está empezando a ver un nuevo reflejo. Una mujer que por fin escucha su propia voz.

“Es mi mujer.”

Lo había dicho delante de su familia. Con firmeza. Con respeto. Con esa gravedad dulce que no necesita explicaciones.

Y no lo había dicho para lucirse. Ni por presión. Lo dijo porque lo creía. Porque ya me había dado un lugar antes de que yo supiera que quería ocuparlo.

Y ahora…ahora la pregunta no era sobre él. Era sobre mí. ¿Qué sentía yo? ¿Estaba preparada para ponerle nombre a esto?

Caminé en silencio por el pasillo. Lo encontré recostado en el sofá, las piernas estiradas, el libro descansando sobre su pecho, los ojos cerrados. Pero no dormía.

Lo supe porque en cuanto me acerqué, habló, sin abrir los ojos:

—¿Todo bien?

—No lo sé.

—¿Quieres hablar?

—No lo sé tampoco.

Abrió los ojos, se incorporó un poco. Me dejó espacio a su lado, yo me senté. Y durante un momento, no dijimos nada.

Hasta que por fin, lo miré.

—Cassian, ¿puedo preguntarte algo?

—Siempre.

—¿Tú sabes que te estoy empezando a querer?

Él no se movió. No sonrió. No respondió de inmediato. Solo me sostuvo la mirada. Y en sus ojos no vi sorpresa. Vi alivio. Como si, desde hacía tiempo, él también necesitara que yo me escuchara decirlo.

—¿“Empezando”? —preguntó, con voz suave.

—Sí. Porque todo lo que viví antes fue tan… condicionado, tan asfixiante… Que me da miedo decir que esto es amor y equivocarme. Pero cuando me miraste hoy y dijiste eso delante de tu padre… Cuando no me dejaste bajar la cabeza… Cuando no permitiste que nadie me viera como una sombra en tu vida… Cassian… sentí que por primera vez, yo era alguien que merecía quedarse.

Sus manos, tibias, rodearon las mías.

—Olivia —dijo, en voz baja—. Lo que sientes… lo que estás empezando a sentir… No tiene que tener nombre aún. No tienes que correr a definirlo. Solo deja que crezca. Y si un día despiertas y sientes que ya no cabe dentro de ti… ahí me lo dices.

—¿Y si ya empieza a doler un poco?

—Entonces probablemente ya es amor.

Me reí. Apenas. Con los ojos húmedos.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Tú qué sientes?

Él no dudó.

—Yo ya estoy ahí, Olivia. Llevo semanas caminando ese sentimiento. Solo estaba esperando a que tú te atrevieras a mirar para atrás y vieras que nunca dejé de seguirte.

Me dejé caer contra su pecho. Y él me abrazó. No con fuerza. Con calma. Como si el mundo pudiera detenerse ahí, entre sus brazos, y no pasara nada.

—No sé cómo se hace esto —susurré.

—Tampoco yo. Pero podemos aprender juntos.

Esa noche dormimos abrazados, pero no como dos personas que se cuidan.

Dormimos como dos personas que, por fin, se están empezando a elegir. No por necesidad. No por historia. Sino por convicción. Y al amanecer, yo ya lo sabía. No era solo el principio de algo. Era el final de todo lo que no me había atrevido a sentir antes.

La mañana era clara. El cielo de Boston estaba limpio, como si todo respirara con un ritmo pausado, casi optimista.

Me desperté antes que Cassian. Me quedé mirándolo mientras dormía, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando despacio, los párpados relajados. Y supe lo que tenía que hacer.

Me acerqué con cuidado, le acaricié la frente y le susurré:

—Cassian, ¿me ayudas con algo?

Medio dormido, sonrió.

—¿Matar a alguien o mover muebles?

Me reí bajito.

—Quiero empezar con el divorcio.

Abrió los ojos. No parecía sorprendido. Solo presente.

—Claro. Hoy mismo. Voy a llamarle a Carlo, el abogado de mi familia. Es muy bueno. Confiamos en él.

—¿Vendrás conmigo?

—¿A la reunión?

—Sí. No quiero entrar sola.

—Entonces voy contigo.

Una hora después estábamos en la oficina. Llevaba un vestido sobrio, el cabello recogido, la espalda recta… y las manos sudadas. Cassian caminaba a mi lado como una muralla silenciosa. No me tapaba. Solo me sostenía.

Carlo era mayor, de voz calma y ojos inteligentes. Me trató con respeto desde el primer segundo.

—Señorita Koch —dijo, inclinándose apenas—. Estoy al tanto de la situación. Mi prioridad es que recupere su tranquilidad. Sin escándalos, sin demoras.

Cassian se sentó junto a mí sin decir nada. No me miraba, pero su mano sostenía la mía debajo de la mesa. Sin apretar. Solo presente.

Por primera vez, hablé de mi matrimonio en voz alta. Sin adornos. Sin suavizar nada.

—No hay hijos. No hay bienes compartidos. Solo quiero cerrar este capítulo. No quiero su dinero. Solo quiero ser libre. Libre de verdad.

Thomas asentía, tomando notas con una pluma negra. Yo hablaba con la garganta apretada.

Pero Cassian… no me soltó.

Cuando salimos, respiré hondo por primera vez en semanas.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Todavía no. Pero estoy en camino.

—Eso basta.

Poco después, su móvil sonó. Era trabajo. Algo urgente. Tuvo que irse, pero antes de dejarme frente al edificio, se giró hacia mí, me tomó la mano y me besó.

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