Así pasaron dos meses, Cassian y yo habíamos creado una rutina: dormíamos juntos casi todas las noches. A veces nos quedábamos dormidos abrazados; otras, simplemente amanecíamos así, como si nuestros cuerpos se buscaran incluso en sueños. Günter, por su parte, no volvió a llamar, y yo lo dejaba cada día un poco más atrás.
Era sábado. De esos en los que el cuerpo pide quedarse en pijama, el café se enfría lentamente y la ciudad parece en pausa.
El cielo gris envolvía Boston en una luz suave y silenciosa, como si el tiempo supiera que no había prisa.
Cassian y yo estábamos en la cocina, descalzos, compartiendo la segunda taza de café y una playlist absurda de boleros modernos que él juraba que le ayudaban a “conectar con su lado romántico vintage”.
Yo reía. Él cocinaba. Y por un rato, el mundo era solo eso: una cocina con olor a omelette y dos personas que ya no necesitaban inventar excusas para estar cerca.
Su móvil vibró sobre la encimera. Miró la pantalla y, antes de contestar, soltó un suspiro como si le hubieran recordado una cita con el dentista.
—¿Todo bien? —pregunté, con una media sonrisa.
—Mi madre —respondió con tono neutro—. Prepárate para la ópera.
Atendió.
—Hola, mamá.
…
Sí, estoy bien.
…
¿Hoy?
…
Ahora en serio, ¿tiene que ser hoy?
…
No, no estoy solo.
…
Sí, mamá, estoy con alguien.
…
Sí, una mujer. Y no, no es una asistente ni una socia ni una periodista ni nadie del trabajo.
…
Sí, puedo llevarla. Pero no sé si quiere…
Me miró. Levantó una ceja, como si preguntara sin palabras: ¿te animas?
Yo fingí pensar, jugueteando con mi taza.
—¿Quiénes estarán? —pregunté en voz baja.
Tapó el micrófono con la mano.
—Mis padres. Mi hermana menor. Un tío que colecciona arte y habla como si todo el tiempo estuviera en una galería.
Prometo protegerte.
—¿Hay comida?
—Mucha.
—Acepto.
Cassian sonrió y volvió al teléfono.
—Sí, mamá. Vamos los dos.
…
Sí, ella es encantadora. Su nombre es Olivia.
…
No, no es una modelo. No. Mamá, por favor.
…
Sí, a las dos. Allí estaremos.
Colgó, cerrando los ojos un segundo.
—¿Seguro que quieres hacer esto?
—Es solo un almuerzo —dije encogiéndome de hombros.
—Con tu familia.
—Con mi familia.
—Contigo.
Nos miramos. Y sin decirlo, los dos entendimos que ya no importaba el escenario.
Porque ir juntos era más que una etiqueta. Era un sí silencioso a todo lo que venía después.
Dos horas más tarde, Cassian conducía mientras yo intentaba no parecer tan nerviosa.
Llevaba un vestido sencillo, color verde oliva, y un abrigo largo que él mismo me había ayudado a elegir semanas atrás, sin saber que lo estrenaría frente a su madre.
—¿Tienen algún protocolo que deba conocer? ¿Me van a escanear el apellido? ¿Me van a medir la pureza del acento?
—No. Bueno… un poco. Pero eso me pasa incluso a mí, y soy su hijo.
—Perfecto —dije con una risa nerviosa—. Ya me siento parte del club.
Él extendió la mano desde el volante y tomó la mía.
—Solo sé tú. Eso basta. Créeme, va a bastar.
La casa de los Langford era lo que esperaba… y más.
Una construcción elegante, de líneas sobrias, con jardines milimétricamente diseñados y una fachada que parecía haber sido pensada para aparecer en portadas de revistas.
Un chófer abrió la puerta. Una mujer con una voz suave nos condujo por un pasillo amplio.
Y entonces, en un salón bañado por luz natural, estaba ella.
Su madre. Alta, elegante, con un peinado impecable y una mirada que podía congelar océanos o derretir corazones… según su humor.
—Cassian, querido —dijo, dándole dos besos con precisión milimétrica—.
Y tú debes ser… Olivia.
—Mucho gusto, señora Langford.
—Por favor. Martha. No me quites años con el título.
Su sonrisa era educada. Su mirada, analítica. Pero en sus ojos, algo se ablandó al mirarme.
Quizá porque vio que no estaba fingiendo. O porque notó que su hijo, por primera vez en años, estaba feliz.
—Vamos al comedor. Hay vino y demasiadas preguntas esperando —dijo, girándose con un aplomo teatral.
Cassian me guiñó un ojo.
—Recuerda que prometí protegerte. No me hagas quedar mal.
—Lo haré… si me sirves tú el vino.
—Trato hecho.
Y así, de la mano, entramos en el comedor. No como una pareja que empieza. Sino como dos personas que, sin decirlo en voz alta, ya se habían elegido.

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