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La esposa invisible romance Capítulo 37

El sábado por la noche, ya habíamos cenado. Cassian estaba en la cocina, lavando los platos, y yo me había refugiado en el sofá, con una manta sobre las piernas y el corazón un poco más liviano desde el miércoles. Casi podía decir que respiraba mejor.

Hasta que sonó el teléfono. Vi el nombre en la pantalla y sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba.

Era mi madre.

Contesté sin pensar, como si esa costumbre de obedecer aún estuviera más viva que yo misma.

—¿Hola?

—¿Tú estás loca? —dijo, sin saludo previo. La voz seca, cortante, cargada de veneno.

Mi boca se secó.

—¿Qué pasa?

—¿Qué pasa? ¡¿Te parece poco?! ¿¡Te volviste completamente estúpida, Olivia!? ¿¡Cómo se te ocurre enviarle los papeles del divorcio a Günter!?

Me quedé en silencio. El corazón empezó a latirme en los oídos. Lo había imaginado, sí. Pero nunca así. Nunca tan crudo.

—Mamá…

—¡Cállate! No quiero oír excusas. ¿¡Tú sabes lo que eso significa!? ¿¡Sabes lo que has hecho!? Has manchado el apellido, ¡has avergonzado a tu familia entera! ¡Eres una vergüenza!

Tragué saliva. Me temblaban los dedos.

—No podía seguir con él —dije, apenas, casi en un susurro.

—¿Y qué te hacía falta? ¿¡Una paliza!? ¿¡Un escándalo público!? ¡Te dio estabilidad, posición, un apellido respetable! ¿¡Y tú lo dejas como si fuera basura!?

—Él me engañó —respondí, esta vez con un hilo de voz más firme, aunque se me quebrara al final.

—¡Y tú no eres ninguna santa! ¡Siempre con tus ideas modernas, tu independencia estúpida! ¡Mírate! ¿¡Dónde están tus valores, Olivia!? ¿¡Donde está todo para lo que se te educó!?

Me tapé la boca con la mano. Las lágrimas empezaron a caer, sin control. No por lo que decía. Por cómo lo decía. Por lo que siempre había sido: una hija que nunca encajó.

—Ya no soy esa niña que se callaba todo —dije, bajito, más para mí que para ella.

—Pues ojalá lo fueras. Porque al menos entonces sabías cuál era tu lugar. Ahora te has convertido en una decepción. ¡Tu padre está furioso! ¡Tu tía Elisa no quiere ni mencionarte!

Me quedé congelada. No por sorpresa. Sino porque, aun sabiendo que esto podía pasar, dolía. Dolía más de lo que estaba preparada para admitir.

—No te atrevas a presentarte en esta casa jamás—añadió, antes de colgar—. No quiero verte. No quiero que nadie te vea.

Y la línea murió.

Solté el teléfono y lo dejé caer en el sofá. Lloré. Con ese llanto que no se puede contener, ese que quema, que no pide permiso. Me abracé las piernas, intentando hacerme pequeña, como si pudiera esconderme dentro de mí misma.

Cassian apareció en la sala. Me vio. No preguntó. Solo vino directo hacia mí, se arrodilló y me tomó las manos.

—¿Olivia?

Negué con la cabeza, incapaz de hablar.

Él me abrazó. Fuerte. Sin decir nada. Como si supiera que no había consuelo posible, pero igual iba a quedarse ahí, conmigo, en medio de las ruinas que todavía sangraban.

Porque hay heridas que no son visibles. Pero que duelen igual.

Y esa noche, entendí que a veces no es el pasado lo que más cuesta soltar… sino la idea de una madre que nunca te eligió, tal como eras.

Cassian no preguntó nada. Me sostuvo como si pudiera detener el derrumbe. Como si sus brazos fueran una barrera entre el mundo y yo.

Y por unos minutos, me rendí. Me dejé caer entera en su abrazo. Lloré en su cuello, mojé su camiseta, y él no se movió. Solo me acariciaba la espalda en círculos lentos, constantes. Como quien sabe que el dolor necesita espacio antes de irse.

—No tendrías que pasar por esto —murmuró.

Quise responder, pero no podía. Tenía la garganta cerrada y el alma partida. No solo por sus palabras. Por todo lo que representaban. Por la verdad brutal de haber crecido tratando de complacer a alguien que jamás estaría satisfecha.

—Me dijo que soy una vergüenza —logré decir, más con aire que con voz—. Que no me presente en su casa jamás.

Cassian apretó la mandíbula.

—¿Eso te dijo?

Asentí.

—Y que mi padre está furioso. Que nadie quiere verme.

El silencio que siguió fue tan denso como mi dolor.

Cassian se apartó un poco. Me miró a los ojos. Sus manos seguían en las mías, como si no quisiera soltarme jamás.

—Escúchame bien, Olivia. Tú no eres una vergüenza. No por dejar a alguien que no te valoró. No por negarte a vivir una vida vacía. No por buscar paz.

Me tembló el labio.

—Tú vales más que todos sus juicios juntos. Y si no pueden verlo, es su pérdida. No la tuya.

Solté un pequeño sollozo. Él me besó la frente, la sien, la mejilla. Con esa delicadeza que dolía de tan honesta.

—Cassian…

—Estoy aquí. Estoy contigo. Y no pienso moverme.

Me abrazó otra vez, más fuerte. Hasta que mis lágrimas fueron menguando, hasta que el cuerpo dejó de temblarme, hasta que pude respirar sin culpa.

Minutos después, cuando la tristeza cedió un poco, me llevó al dormitorio sin decir palabra. Me quitó los zapatos, me puso su camiseta más suave, me arropó en la cama como si tuviera que proteger algo sagrado. Y se metió conmigo bajo las sábanas.

Nos quedamos mirándonos en la oscuridad. Sin hablar. Sin apurar nada. Solo compartiendo ese espacio cálido, ese silencio necesario.

Me acerqué un poco más. Nuestros cuerpos se rozaron apenas. Le puse la mano sobre el pecho y sentí el ritmo de su corazón.

—¿Puedo quedarme así? —pregunté.

—Siempre.

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