Miércoles, 10:14 a. m.
Boston amaneció con un cielo ceniza, de esos que no anuncian tormenta pero tampoco esperanza. Hacía frío, pero no lo suficiente como para justificar el temblor constante en mis manos. Cassian había empacado desde temprano, meticuloso como siempre, con esa calma que tanto me desconcertaba y a la vez me sostenía. Yo, en cambio, tardé una hora en decidir qué ponerme. No porque quisiera impresionar a nadie, sino porque cada prenda me parecía una declaración que no estaba lista para hacer.
Al final elegí lo más simple: vaqueros oscuros, un suéter negro y el abrigo de lana gris que me compré el año pasado, en Berlín.
Cassian bajó la maleta sin esfuerzo por las escaleras del ático. Yo llevaba una mochila y algo de valor, aunque aún no sabía bien qué.
El tren a Nueva York salía a las 12:05 desde South Station, habíamos decidido esta opción porque yo quería vivir la experiencia. Llegamos con tiempo de sobra. Cassian compró café para los dos. Yo me quedé mirando a la gente ir y venir como si todo ese movimiento fuera parte de una película muda en la que yo solo era extra.
—¿Lista? —preguntó él cuando anunciaron el embarque.
No lo estaba. Pero asentí.
El viaje fue tranquilo, en apariencia. Pero bajo la superficie, cada minuto era un ensayo mental del día siguiente. Ensayaba cómo entrar, cómo sentarme, cómo no temblar. Cómo no odiarlo. Cómo no odiarme.
Cassian sacó un libro. Lo hojeaba, pero no leía. Lo conocía lo suficiente para saberlo. A ratos me miraba de reojo, como queriendo ofrecerme algo más que su silencio, pero respetando el mío.
Yo me recosté contra el respaldo. Miré por la ventana. Casas, árboles, estaciones. Todo pasaba como si la vida siguiera para todos menos para mí. Como si el mundo se hubiese puesto de acuerdo en seguir girando mientras yo me preparaba para volver a mirar de frente una herida que aún no cerraba.
Llegamos a Penn Station a las 3:34 p. m. Nueva York nos recibió con su caos habitual, pero también con esa frialdad impersonal que, por una vez, me resultó cómoda. Nadie me miraba dos veces. Nadie sabía quién era. Nadie me debía nada.
Nos alojamos en un hotel pequeño en Midtown. Habitación doble, cama grande, cortinas pesadas. Apenas dejamos las maletas, me senté al borde del colchón y me quedé ahí, sin saber bien qué hacer con el resto del día.
Cassian se acercó con una botella de agua y se sentó a mi lado.
—Podemos salir, si quieres. Caminar un poco. Ir a algún sitio tranquilo.
Negué despacio.
—No quiero ver nada. No quiero que Nueva York se quede con ningún recuerdo bonito de este viaje.
—Vamos, Olivia. Una hora, nada más —insistió Cassian con la voz serena pero firme—. Solo para tomar aire. Ver otra cosa. Pensar en cualquier cosa que no sea mañana.
Mi cuerpo estaba cansado, sí, pero lo que más pesaba era el miedo. Miedo a que cualquier alegría me hiciera sentir culpable. Como si reír hoy significara traicionarme mañana.
—No tengo ganas —murmuré.
Cassian se giró. Me miró con ese gesto suyo que no juzgaba, pero tampoco cedía.
—Entonces sal por despecho. Por rebeldía. Por no dejar que él tenga hasta tu miércoles por la noche.
Le sostuve la mirada. Me dolía admitirlo, pero tenía razón. ¿Qué sentido tenía permitirle a Günter contaminar incluso lo que aún podía ser mío?
Suspiré, me incorporé lentamente.
—Una hora —cedí.
Cassian sonrió de lado. Fue un gesto leve, pero bastó para arrancarme una pequeña chispa de alivio.
—Genial. Ponte algo cómodo. No vamos lejos.
Tardé diez minutos en arreglarme. Nada elaborado. Un pantalón de algodón, suéter claro y zapatillas. Cuando salí del baño, lo vi desaparecer en el suyo, con la toalla en la mano.
—Dame cinco minutos —dijo, antes de cerrar la puerta.
Me senté frente al espejo del tocador, recogí el cabello en una trenza suelta y traté de evitar pensar demasiado en cómo me veía. Era inútil. Todo se sentía un poco más borroso de lo habitual.
Entonces la puerta del baño se abrió.
Y lo vi.
Cassian salió envuelto en vapor, el cabello mojado y desordenado, gotas aún corriendo por su espalda. Solo tenía una toalla blanca enrollada en la cintura, que le llegaba apenas por debajo del ombligo. Todo su torso quedaba al descubierto: brazos marcados, abdomen definido, piel tersa. Perfectamente trabajado. Pero sin artificio. Sin vanidad. Como si llevar ese cuerpo fuera tan natural como respirar.
Me quedé paralizada. Por un segundo —quizás dos—, el tiempo se detuvo.
Él notó mi expresión y se detuvo también.
—¿Qué pasa?
Tragué saliva. Aparté la vista con torpeza.
—Nada. Solo... no esperaba desfile privado.
Cassian rió por lo bajo. Se acercó a la maleta, rebuscando con una ceja levantada.
—Se me olvidó sacar la ropa antes de entrar —dijo, sin inmutarse.
No pude evitar mirarlo de nuevo, esta vez a través del reflejo en el espejo. Todo en él era una contradicción dulce: la solidez de su cuerpo y la ternura con la que se movía. El calor que emanaba y la calma que transmitía.
—Te juro que esto no es un intento de seducción —añadió, con un destello divertido en la mirada.
—No necesitas intentarlo —solté, antes de poder evitarlo.
Él se giró, sorprendido. Yo me tapé la cara con las manos.
—Olvídalo —murmuré.
—Ni loco —respondió él, y la sonrisa en su voz me envolvió más que cualquier manta.
Minutos después, ya vestidos y con los abrigos puestos, salimos a la calle. Caminamos por la Séptima Avenida, sin rumbo definido. Nos detuvimos en una librería pequeña, donde hojeamos libros sin comprarlos. Tomamos café en un local de esquina, junto a la ventana, viendo pasar taxis amarillos y gente que parecía vivir a otro ritmo. Hablamos de cualquier cosa, menos de mañana. De películas que odiamos, de cosas absurdas que habíamos hecho en la universidad, de los sabores de helado que no deberían existir.
Y en algún momento, me reí. No mucho. No alto. Pero real.
Cassian me miró como si ese sonido fuera su logro más valioso del día.
—Gracias —le dije, cuando volvimos al hotel.
—¿Por el café? —bromeó.
—Por recordarme que todavía sé respirar.
Él me tomó la mano. La apretó. No dijo nada más. No lo necesitaba.
Esa noche, me acosté sin miedo. Con nervios, sí. Con ansiedad, claro. Pero no con terror. Porque había algo que ya nadie podía quitarme:
El derecho a ser yo misma. Y eso, incluso frente a Günter, valía más que cualquier apellido.
Jueves, 7:43 a. m.
Desperté antes de que sonara la alarma.
El cielo de New York estaba gris tras las cortinas del hotel. No llovía, pero el aire tenía esa densidad que anunciaba tormentas. Me senté en la cama con el estómago revuelto y el corazón acelerado, como si todo mi cuerpo supiera que ese día importaba más de lo que quería admitir.
Cassian seguía dormido a mi lado, boca arriba, con una mano sobre el abdomen y el rostro relajado. Siempre parecía en paz cuando dormía. Como si el mundo no pudiera tocarlo. Como si sus demonios le dieran tregua.
Me levanté despacio, intentando no hacer ruido. Me metí al baño, lavé la cara con agua helada, respiré hondo. Me miré al espejo y murmuré en voz baja:
—Puedes con esto.
Cuando salí, él ya estaba sentado en la cama, desperezándose, el torso desnudo, el cabello revuelto. Sus ojos me buscaron al instante.
—¿Dormiste algo? —preguntó con voz rasposa.
Asentí con un gesto vago. Empecé a buscar mi ropa, intentando mantener las manos ocupadas para no pensar en cómo me temblaban los dedos.
—¿Y tú? —pregunté.
Cassian se encogió de hombros, todavía medio dormido.
—Lo justo para soñar contigo quitándote esa camiseta.
Me giré hacia él, levantando una ceja.

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