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La esposa invisible romance Capítulo 42

Cassian estaba mirándome, apoyado sobre un codo, mirándome con una expresión suave que no esperaba después de lo ocurridor.

—Olivia —empezó, su voz ronca y un poco incómoda—, quiero pedirte disculpas por haber sido tan rudo. Ahora, con la cabeza fría, me siento como un idiota.

Sonreí, sintiendo que se me derretía el corazón. Sin pensarlo, me lancé sobre él y lo cubrí de besos. Primero en los labios, luego en las mejillas, hasta que él comenzó a reír entrecortado.

—¿Sabes qué? —le dije con una sonrisa—. Yo lo disfruté. Mucho.

Su mano acarició mi mejilla con ternura.

—Hoy te he extrañado —confesó, bajando la voz—. Quise tocarte todo el tiempo, aunque fuera solo para darte un beso en la frente. Pero no quise molestarte, así que me quedé a un lado, esperando.

Lo miré con ternura, sintiendo que entre nosotros no había más dudas ni miedos.

—Ahora sabes que no tienes que esperar —susurré—. Soy tuya, Cassian. Por completo.

Él me apretó contra su pecho y por un momento todo lo demás desapareció.

Cassian suspiró, aún apoyado en el borde de la cama, y me miró con una mezcla de arrepentimiento y ternura.

—Olivia —dijo, con voz baja—, quiero pedirte perdón por haber estado de mal humor. Sentía que me ocultabas, y eso no me gustó. Pero ahora entiendo tu punto, y prometo respetarlo.

Lo observé, conmovida por su sinceridad, y acaricié su mano con delicadeza.

—Solo… a veces necesito un beso tuyo para seguir con el día —confesó con una sonrisa tímida—. Así que prepárate, porque te llamaré a tu oficina para robártelos.

Reí, imaginando esa escena, y me acerqué para darle un beso dulce, prometiéndole sin palabras que estaba más que dispuesta a entregárselo.

—Entonces, estaré lista —le susurré.

Cassian apretó mis dedos y me sonrió con esa mezcla de amor y picardía que solo él sabía mostrar.

Esa noche, decidimos salir a cenar juntos. Mientras caminábamos por las calles iluminadas, no pude evitar tomar su mano, apretándola con suavidad. Cassian no soltó la mía ni por un instante, y sentí cómo esa simple conexión me llenaba de seguridad.

Entramos en un restaurante pequeño y acogedor, uno de esos lugares donde el tiempo parece detenerse. Nos sentamos frente a frente, y mientras compartíamos la comida, él no dejaba de sonreírme con esa mezcla de orgullo y ternura que me derritía.

—¿Sabes? —me dijo en un momento, con la voz baja—. Me hablaron maravillas de ti en la oficina. Dijeron que tienes una cabeza brillante y que te estás adaptando rápido.

Sentí cómo me subía un rubor a las mejillas, y él aprovechó para tomar mi mano entre las suyas y apretarla.

—Estoy muy orgulloso, Olivia. Este es solo el primer día, y ya estás dejando huella.

Le devolví la sonrisa más sincera que pude y apreté su mano de vuelta.

—Gracias por creer en mí —le dije—. Gracias por estar aquí.

Él inclinó la cabeza y me besó la punta de los dedos, y en ese instante, supe que estábamos comenzando algo nuevo, juntos, de verdad.

Después de cenar, salimos a caminar un poco más. Boston tenía ese encanto particular de las ciudades que parecen querer abrazarte con sus luces tenues y su aire fresco. Cassian llevaba su abrigo abierto, y yo me acurruqué contra su costado mientras paseábamos en silencio, como si el mundo entero estuviera en pausa para nosotros.

—¿Estás cansada? —me preguntó, bajando la cabeza hacia mí.

—Un poco —admití—, pero no quiero que termine la noche todavía.

Él sonrió, y esa sonrisa bastó para hacerme olvidar cualquier resto de agotamiento.

Cuando llegamos al ático, Cassian me ayudó a quitarme el abrigo. Lo colgó con calma, como si nada en él tuviera prisa, como si saboreara cada segundo. Fui hacia la cocina para preparar dos copas de vino, pero él se adelantó, me las quitó de las manos y las dejó sobre la encimera.

—Déjame mimarte yo esta vez.

—¿Esta vez? —sonreí.

—Hoy celebro que fue tu primer día, y que brillaste como solo tú sabes hacerlo —dijo mientras me rodeaba la cintura y me atraía contra su cuerpo—. Así que esta noche, solo quiero verte feliz.

Me tomó de la mano y me llevó a la sala, donde encendió unas velas. La luz cálida creó una atmósfera íntima, como si el ático entero supiera que algo importante estaba pasando. Nos sentamos en el sofá, y él puso una playlist suave en el fondo. Me recosté sobre su pecho, y por un rato, solo escuchamos el latido de nuestras respiraciones mezcladas.

—Gracias por acompañarme hoy —le dije en voz baja—. Por no soltarme ni cuando discutimos. Sé que no fue fácil.

Cassian me acarició el cabello y apoyó la barbilla en mi coronilla.

—No fue fácil —dijo honestamente—, pero lo haría mil veces. Por ti.

Cerré los ojos, dejando que ese momento se grabara en mi memoria. El ruido del mundo se había ido. Solo quedábamos él, yo, y la certeza de que estábamos encontrándonos, más allá de las heridas, de los temores, del pasado.

—¿Y si brindamos? —pregunté, sonriendo contra su cuello.

Cassian rió, bajito.

—Solo si me prometes que brindarás por ti misma esta vez.

—Lo prometo.

Y lo hice. Brindé por mí. Por la Olivia que empezaba de nuevo. Por la que, por fin, tenía el valor de tomar las riendas de su historia… y dejar que alguien la amara bien.

El ascensor se abrió con un sonido suave, y me encontré frente al amplio piso de oficinas con vista al Hudson. Los empleados se movían con naturalidad entre escritorios y salas acristaladas. Algunos me saludaron con sonrisas amables. Me sentí una más, y eso me dio una paz inesperada.

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