Cassian acariciaba mi mano con el pulgar mientras el silencio entre los dos se volvía cada vez más denso, como si ya supiera lo que venía y no quisiera interrumpirlo.
—Voy a hablar con recursos humanos —dijo al fin, con tono sereno—. Quiero que encuentren un buen puesto para ti. Uno donde puedas crecer, demostrar todo lo que vales.
Asentí, agradecida. Pero al mismo tiempo sentí un nudo en el estómago.
—Cassian… —empecé con cuidado—. Quiero pedirte algo.
—Lo que sea.
—No quiero ningún trato especial. Nada de favoritismos. Quiero entrar como una empleada más. Ser juzgada por lo que hago, no por lo que somos.
Él me miró, el gesto todavía suave, pero con una pizca de desconcierto.
—Eso me parece justo —dijo, aunque con cierta cautela.
Inspiré hondo.
—Y preferiría que no contemos lo nuestro en la oficina. Al menos por ahora.
Silencio.
Su mirada cambió. No bruscamente, pero sí con una sombra que antes no estaba.
—¿No quieres que sepan que estamos juntos?
—No es eso. Es solo… quiero construir algo mío, con mi trabajo. No quiero que piensen que estoy ahí por ti.
Cassian se apartó levemente. Soltó mi mano.
—¿Y eso incluye que me trates con distancia en los pasillos?
—Incluye que me trates como a cualquiera —dije, más firme de lo que pensaba.
Él frunció el ceño.
—¿Y cómo encaja eso con que anoche aceptaras ser mía? ¿O eso también tiene horario de oficina?
La frase me dolió más de lo que admití. Abrí la boca, pero él ya se había levantado. Caminó hacia la ventana, con las manos en la cintura, visiblemente alterado.
—No me molesta que quieras hacerte un nombre por ti misma —dijo sin mirarme—. Me enorgullece. Pero fingir que no estamos juntos… eso sí me molesta. Como si fuera algo que te avergüenza.
—No me avergüenzas —susurré—. Al contrario. Me importas tanto que no quiero que se ensucie lo nuestro con comentarios malintencionados. Quiero protegernos.
Él se giró despacio. Me miró con una mezcla de dolor y orgullo herido.
—¿Y protegernos implica esconderme?
Negué con la cabeza, sintiendo el ardor en los ojos.
—Implica darme una oportunidad de valer por mí misma. ¿Eso está mal?
Cassian no respondió de inmediato. Parecía debatiéndose entre su herida y su comprensión. Finalmente, murmuró:
—No está mal. Solo duele.
Me acerqué a él. Le puse la mano en el pecho, sobre el corazón.
—Lo nuestro es lo único que no quiero perder. Pero necesito que me dejes ganarme lo demás sola.
Él bajó la mirada. Tomó aire, profundo. Y asintió, aunque la tensión no se había ido del todo.
—De acuerdo. Pero no me pidas que finja que no me importas. Porque no sé si puedo hacerlo.
—Entonces encontraremos una manera —dije, con voz baja—. Juntos.
Y aunque no hubo beso, ni abrazo, hubo algo en su mirada que me hizo sentir que, pese al roce, seguíamos caminando del mismo lado.
El edificio de cristal reflejaba el cielo con una perfección implacable. Sentí el corazón latirme en la garganta cuando crucé las puertas giratorias, vestida con un traje sobrio, el cabello recogido con precisión, y los nervios al borde del colapso. Nadie me abría paso. Nadie me reconocía. Y eso… era exactamente lo que quería.
Cassian había salido antes que yo. Como si tener tiempo para él mismo fuera una necesidad estratégica. No me dio un beso de despedida. Solo un “suerte” corto, seco, antes de cerrar la puerta del ático detrás de él.
Lo entendí. Pero eso no lo hacía menos difícil.
En recepción, me dieron una tarjeta de identificación con mi nombre, solo mi nombre, y me indicaron cómo llegar al piso veintisiete, donde me esperaba Recursos Humanos.
La oficina era enorme, pulcra, silenciosa. Me asignaron un cubículo cerca de una ventana lateral y una carpeta con las tareas iniciales de mi nuevo puesto: asistente de análisis financiero. Un trabajo que, si bien no era glamoroso, me permitía hacer lo que sabía… y empezar desde cero.
Las primeras horas pasaron entre formularios, claves de acceso y presentaciones formales. Nadie me preguntó con quién vivía. Nadie pareció sospechar nada. Era Olivia, simplemente Olivia.
Hasta que a las once y cuarto, Cassian cruzó el pasillo.
Iba con traje oscuro, el nudo de la corbata perfectamente ajustado, un par de documentos en la mano. Saludaba con cortesía a algunos empleados, sin detenerse demasiado. Cuando nuestros ojos se cruzaron, él se limitó a un leve gesto de cabeza.
Nada más.

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