Fui yo quien lo empujó hacia atrás en el sofá, quien tomó el control con manos temblorosas pero seguras, riéndome al quitarle la camisa como si el mundo nos perteneciera. Me dejé llevar, lo guie con cada caricia, con cada beso que marcaba territorio y promesa. Él me siguió, entregado.
Cuando todo terminó, cuando nuestros cuerpos se calmaron y el silencio volvió a caer como una manta sobre la piel, Cassian me acarició el cabello y dijo, riendo:
—Deberías emborracharte todos los días.
Reímos los dos, sin culpa ni vergüenza. Solo nosotros. Sin el peso del mundo, sin el protocolo del día a día. Solo verdad.
El sábado en la tarde el clima era perfecto. Caminábamos de la mano por el centro, con un ritmo tranquilo, casi ajeno al tiempo. Yo llevaba una bufanda ligera, él sus inseparables gafas de sol. Sonreía más que de costumbre, lo notaba. A su lado, todo parecía fluir… hasta que no.
Estábamos curioseando unos libros en un pequeño mercado al aire libre cuando escuché una voz que me hizo tensar los hombros al instante.
—¡Olivia!
Me giré y lo vi. Alex, uno de los analistas del equipo de proyectos financieros. Venía acompañado de una amiga, probablemente de su edad, con una tote bag llena de discos. Caminaba con paso despreocupado, hasta que sus ojos enfocaron a Cassian… y se le borró un poco la sonrisa.
—Sr. Longford —dijo, claramente sorprendido, pero educado—. Qué coincidencia.
Cassian lo saludó con una ligera inclinación de cabeza.
—Alex. Buenas tardes.
—Qué gusto verlos —añadió Alex, mirando fugazmente nuestras manos entrelazadas… justo antes de que yo la soltara, como por reflejo.
Ese segundo fue suficiente.
—¿Ustedes también paseando por aquí?
—Sí —respondí rápido—. Dando una vuelta tranquila.
—Ah. Bueno, no los molesto más. Que tengan un buen fin de semana —dijo Alex, con una sonrisa incómoda antes de irse con su amiga.
El silencio entre nosotros se instaló apenas se alejó. Cassian no dijo nada al principio. Solo me miró.
—¿Por qué soltaste mi mano? —preguntó, sin subir el tono, pero con un peso en la voz que me empujó a justificarme.
—No quería que fuera incómodo para él. Ni para ti.
—¿Incómodo? Olivia, soy su jefe. También soy el tuyo. ¿Y qué? Estamos fuera de la oficina.
—¿Y qué? —solté—. ¿Y qué estamos caminando como pareja en público y no previmos eso? ¿Te parece poco?
—Entonces, ¿tú qué eres? ¿Mi pareja en privado pero una colega más en la calle?
—No digas eso…
—¿Por qué no? Es lo que pareció. Bastó que apareciera alguien del trabajo para que fingieras que no está pasando nada.
—No fingí. Fue un reflejo. Estoy aprendiendo a navegar esto.
—¿A qué te refieres con “esto”?
Me detuve, lo miré. El aire seguía tibio, pero sentía el frío subiendo por mis brazos.
—A estar contigo y trabajar para ti. A intentar no fallarte profesionalmente ni arruinar lo que tenemos. No quiero que piensen que tengo ventajas, ni que me gané este lugar por ti.
—Nadie piensa eso.
—¿Ah, no? ¿Tú crees que los demás no murmuran cuando salgo de una reunión contigo? ¿Que Alex no lo va a comentar el lunes?
Cassian respiró hondo, se quitó las gafas de sol y me miró con una intensidad que dolía.
—Yo no voy a esconderte, Olivia. No tengo por qué hacerlo. Pero no puedo ser yo el que cargue con toda la certeza mientras tú estás a medio camino.
—No estoy a medio camino —repliqué, bajando la voz pero subiendo el corazón—. Estoy dando pasos a tu ritmo. Pero tú tienes años de ventaja. Yo aún estoy aprendiendo a respirar en tu mundo.
Cassian bajó la mirada por un segundo. Cuando volvió a alzarla, su gesto era más suave, pero igual de firme.
—¿Y mi mundo te asusta?
—No —dije, tras pensarlo un segundo—. Me asusta perderme dentro de él.
Nos quedamos en silencio. El paseo terminó en silencio. Caminamos de vuelta al auto sin volver a tocarnos. Cassian manejó con la mirada fija en la carretera, y yo me dediqué a contar farolas desde la ventana. Trescientas siete antes de llegar.
Ya en casa, subimos sin hablarnos, como si las paredes del ascensor nos contuvieran apenas. Al entrar, él se quitó el abrigo y fue directo a la cocina. Yo me quedé en la sala, descalza, con el abrigo aún puesto, sintiéndome desajustada en un lugar que había empezado a parecerme hogar.
Escuché cómo servía vino. Una sola copa.
—¿Vas a querer? —preguntó, sin girarse.
—No. Gracias.
—Como quieras.
Su tono era seco, casi mecánico. Cada palabra era una confirmación de que aún seguíamos atrapados en la discusión no resuelta.
—No entiendo por qué te molestó tanto —solté al fin, desde la sala.
—¿Y yo no entiendo por qué te pareció tan fácil soltar mi mano —dijo él, ahora sí volteando—. ¿Qué parte de esto no te hace sentir lo suficientemente segura para sostenerla?
—No es sobre sentirme segura —contesté, levantando la voz por primera vez—. Es sobre no sentir que tengo derecho. Porque a veces pareces tan dueño de todo, tan jefe de todo, que yo no sé si lo nuestro vive solo en este ático o puede existir también afuera.
Cassian dejó la copa en la barra con un golpe sordo. Caminó hacia mí, deteniéndose justo al borde de la alfombra.
—¿Tú crees que para mí es fácil esto?
—Lo entiendo. Pero no soy tú, Cassian. No tengo tu poder, ni tu experiencia, ni tu frialdad cuando toca tomar decisiones. Yo aún estoy intentando entender quién soy en todo esto.
Se frotó la nuca, como si la tensión le quemara.
—Solo quiero que estés conmigo sin sentir que estás en falta.
—Y yo solo quiero poder estar contigo sin que el mundo me ponga etiquetas que no elegí.
Nos miramos. La distancia física era mínima, pero la emocional... pesaba.
—¿De verdad vas a irte a dormir enojado conmigo? —pregunté, más suave.
Cassian me observó unos segundos. Suspiró. Negó con la cabeza y se acercó, lento, hasta sentarse a mi lado en el sofá.
—No puedo. No contigo.
Me apoyé en su pecho sin decir nada. Escuché su corazón, regular, fuerte. Como si me estuviera recordando que todavía estábamos ahí. Juntos.
—Lo siento —murmuró—. Me cuesta más de lo que pensaba separar lo que siento de lo que se espera de mí.
—Y a mí me cuesta no sentir que voy un paso atrás todo el tiempo —confesé.
Nos abrazamos. Largo. De esos abrazos que no intentan solucionar nada, pero que sostienen todo.
—No me gusta pelear contigo —susurró contra mi cabello.
—Ni a mí. Pero al menos lo estamos hablando, ¿no?

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