Salí de la reunión con Juliette con la cabeza un poco más despejada. Necesitaba respirar, tomar algo de café… y hablar con alguien que no analizara cada palabra como si fuera parte de un informe de impacto.
Busqué con la mirada a Alex en el área común y lo encontré justo frente a la máquina de espresso, como si lo hubiera manifestado. Estaba con el nudo de la corbata medio deshecho, cara de lunes y el vaso de cartón a medio llenar.
—¿Tienes cinco minutos? —pregunté, acercándome.
—¿Cinco minutos y café gratis? Siempre. —Sonrió, y nos fuimos hacia una de las mesitas al fondo, donde el ruido bajaba.
Nos sentamos. Respiré hondo.
—Te quiero contar algo —dije, bajando un poco la voz, aunque sabía que ya no era un secreto.
Él levantó una ceja, curioso.
—¿Se trata de lo que creo que se trata?
—Sí —sonreí con algo de timidez—. Cassian y yo… estamos juntos. Desde antes de entrar a la consultora. Vivimos juntos.
Alex se quedó callado un momento. Y luego rió, genuinamente.
—¡No puede ser! Me emborraché con la mujer del jefe. ¡Esto va directo a mis memorias laborales!
Me reí también, aliviada por su tono ligero.
—No te lo tomes tan dramático. Fue solo una cerveza y unos tragos.
—Y algunas confesiones bastante indiscretas, si mal no recuerdo —añadió, guiñándome un ojo. —Tu secreto está a salvo conmigo —dijo, medio en broma, medio en serio.
—Ya no es secreto —respondí—. Pero tú igual sigues siendo de los primeros que supo. Y eso… eso es importante para mí.
Él asintió. Y, sentí que podía sostener mi lugar en ambos mundos: el profesional y el personal, sin pedir perdón por ello.
—Ya todos lo saben… esta mañana llegamos juntos y lo hicimos oficial. Pero no quería que te enteraras por los pasillos. Quería contártelo yo.
Alex bajó la vista por un segundo y luego me miró con una expresión más cálida.
—Gracias por confiar en mí.
—Lo oculté porque quería empezar desde cero. Por mí. Ganarme las cosas sin que nadie pensara que todo venía con su apellido.
—Tiene sentido. —Asintió con comprensión—. Y, honestamente, lo hiciste bien. Nadie aquí piensa que estás donde estás por él. Eres buena. Y Juliette también lo sabe.
—Gracias, Alex.
—Pero... —añadió, con tono burlón— solo espero que lo de emborracharse se repita. Aunque esta vez, si vamos a salir, le voy a escribir antes al CEO para que no me despida por andar de copas con su mujer.
—No seas idiota —reí, empujándolo levemente con el hombro—. Pero sí. Espero que se repita.
Nos abrazamos, como colegas que han cruzado una línea invisible de confianza.
Alex y yo todavía estábamos riéndonos cuando escuchamos una voz detrás nuestro.
—Así que era cierto.
Nos giramos al mismo tiempo. Alana, nos miraba con una mezcla de sorpresa y sonrisa socarrona. Sostenía una bandeja con su ensalada y un jugo verde.
—¿Perdón? —pregunté, aunque ya sabía a qué se refería.
—Que tú y el jefe. Lo de ustedes. Pensé que era un rumor de pasillo, pero verlos llegar juntos esta mañana fue… bastante elocuente.
Tragué saliva. Alex, en cambio, sonrió.
—Es que los lunes necesitan un poco de drama, ¿no crees?
Clara me miró, ahora con más curiosidad que juicio.
—No me malinterpretes. No te estoy juzgando. Solo me sorprendió. Nadie lo vio venir. Aunque bueno, ahora que lo pienso, sí había algo en las miradas...
—No lo ocultamos por vergüenza —dije, calmada—. Yo solo quería ganarme mi lugar sin depender de eso. Y ahora… simplemente ya no quiero esconder lo que tengo.
Alana asintió despacio. Me sorprendió su tono sincero.
—Entonces bien por ti, Olivia. No debe ser fácil estar en esa posición y hacerlo con tanta dignidad. Yo no podría.
—Lo haces más fácil de lo que es —respondí.
—Bueno, al menos ahora todos podemos dejar de hacer teorías conspirativas.
Sonreí. Fue una conversación inesperada, pero no incómoda. Me dejaba una sensación extraña, como si las paredes invisibles comenzaran a desmoronarse.
Cassian había cocinado. Bueno, "cocinado" en su versión ejecutiva: pasta fresca, una botella de vino italiano y música suave de fondo. Cuando llegué, tenía las mangas remangadas y una expresión tranquila que rara vez veía en la oficina.
—¿Cena privada para celebrar el escándalo público? —bromeé, dejando mi bolso.
—Algo así. Me gustó verte entrar conmigo esta mañana. Aunque me dejaste sin drama en la sala de juntas. Todos estaban muy ocupados susurrando.
Nos sentamos a la mesa. Brindamos.
—Por la verdad —dije.
—Por tu valentía —añadió él, tocando mi copa con la suya.
La comida estaba deliciosa, pero lo que más me llenaba era cómo me miraba. No con deseo, no con poder, sino con ternura.
—Hoy hablé con Alex —le conté—. Le dije todo. Ya lo sabía, claro, pero quería que saliera de mí.
Cassian asintió.
—¿Y?
—Lo tomó bien. Mejor de lo que pensé. Y Alana… también. Parece que el mundo no se vino abajo.
—Nunca se viene abajo por querer a alguien.
—Yo solo… Quería abrirme sola. No llegar como "la novia de Cassian Longford", sino como Olivia, la asistente que trabaja y se esfuerza.
—Y lo hiciste. —Extendió su mano sobre la mesa y me acarició los dedos—. No te imaginas lo orgulloso que estoy de ti.
Lo miré, sintiéndome pequeña y enorme a la vez.
—Ahora entiendo que no estoy sola. Que somos un equipo, incluso si la estructura dice lo contrario.
Cassian sonrió, y su mirada se volvió más suave.
—Desde el momento en que decidiste quedarte, lo fuimos.
Terminamos la cena sin prisas. Después, lavamos los platos juntos. Sin jerarquías. Sin apellidos. Solo nosotros, en equilibrio, como si cada paso los últimos días nos hubiera llevado justo a este punto.
Y supe que no tenía que elegir entre crecer y querer. Podía hacer ambas cosas. Porque con él, también era libre.
Esa noche, la lluvia golpeaba suavemente los ventanales cuando salí del baño, con el cabello húmedo y una pijama puesta. Cassian estaba recostado en el sofá, con un libro abierto en una mano y una copa de vino en la otra. La lámpara de pie arrojaba una luz cálida sobre el cuero oscuro del sillón y la alfombra, creando esa atmósfera tranquila que parecía estar hecha solo para nosotros dos.
Me senté a su lado, con las piernas recogidas, apoyando la cabeza en su hombro.
—¿Cómo estuvo tu día, aparte de las miradas inquisitivas y los susurros dramáticos? —preguntó con una sonrisa, cerrando el libro.
—Tranquilo. O casi. Hablé con Juliette.

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