La noche cayó despacio, como si el mundo también necesitara una pausa. La ciudad sonaba lejana desde las ventanas del ático, amortiguada por el silencio cómodo que compartíamos. Habíamos cenado juntos, como antes, pero esta vez sin trabajo en la mesa ni palabras contenidas entre los platos. Solo él, yo, y esa calma tenue que a veces llega después de la tormenta.
Me acomodé en el sofá, con las piernas sobre su regazo. Cassian me acariciaba los tobillos distraídamente mientras fingíamos mirar una película. Yo no podía concentrarme. No podía quedarme con las palabras en la garganta por más tiempo.
—Cassian —dije en voz baja, pero lo suficientemente firme como para que él bajara el volumen y me mirara.
Me sostuvo la mirada con paciencia, con apertura.
—¿Podemos hablar?
Asintió, y me preparé para decir en voz alta todo lo que me había estado comiendo por dentro.
—Lo que pasó esos días… lo que me gritaste delante de todos… —tragué saliva—. Me hizo sentir muy insegura.
Lo vi tensarse, fruncir el ceño con dolor, pero no dijo nada. Me dejó continuar.
—Yo sé que no eres Gunter —seguí—. Pero en el fondo, muy en el fondo… hay una parte de mí que siempre está esperando que lo seas. Que termines por romperme el corazón como él. Que me dejes sintiéndome pequeña, como si hubiera hecho algo mal por quererte.
Él me tomó la mano con ternura, como si sostenerla pudiera evitar que me deshiciera.
—Y no es justo para ti. Lo sé. Pero cuando me gritaste… fue como si todo lo que había curado se abriera de golpe. Como si dijera: ‘¿Ves? Al final todos terminan haciendo lo mismo’.
Sentí que mi voz se quebraba. Respiré profundo.
—Pero también sé que tú no eres él. Que tú no eres eso. Y que… si vamos a ser algo verdadero, tengo que aprender a confiar incluso cuando las cosas se pongan feas. A entender que no somos perfectos. Ninguno de los dos.
Cassian me acarició la mano con el pulgar.
—Olivia… No puedo decirte que nunca voy a equivocarme —dijo con voz baja, temblando un poco—. Pero lo que sí puedo prometerte es que nunca más me voy a permitir herirte así. Nunca más. No voy a convertirme en ese hombre. Porque cuando te grité, me convertí en todo lo que juré no ser. Y me dolió más de lo que vas a imaginar.
Nos miramos por un largo rato. Sus ojos estaban rojos, como si él también hubiera estado cargando con más de lo que decía.
—Y yo… —le dije—. Yo me encerré en mí misma. Me fui a dormir molesta. Me alejé. Supongo que me dio miedo que todo lo que habíamos construido fuera tan frágil.
—Pero no lo es —me dijo—. No lo somos.
Y en ese momento, supe que tenía razón.
Me acerqué y lo abracé. Lo apreté fuerte. Como si ese abrazo fuera una disculpa, una tregua, una promesa.
No hicimos el amor como una reconciliación. Fue más que eso. Fue como volver a casa después de habernos perdido. Sus caricias fueron lentas, cuidadosas, como si acariciarme fuera también cuidar lo que habíamos creado. Yo le recorrí la espalda con los dedos y sentí que el miedo se iba. No porque ya no doliera, sino porque él estaba ahí. Y yo también.
Después, recostada en su pecho, le dije casi sin pensar:
—Gracias por no irte.
Él me besó la frente.
—Gracias por quedarte.
Y supe que, al final del día, eso era lo que importaba. Que a pesar del caos, los dos seguíamos eligiéndonos. Con heridas, con fallas, con todo.
No era perfecto. No era fácil. Pero era amor.
Y, en sus brazos volví a sentirme segura.
A la mañana siguiente, desperté envuelta en sus brazos, con la brisa suave colándose por la ventana abierta del ático y el silencio lleno de calma. Me quedé unos minutos quieta, sintiendo su respiración en mi cuello, el peso de su brazo sobre mi cintura, su cuerpo cálido pegado al mío. Era una escena tranquila, una que no siempre supe apreciar. Antes habría saltado de la cama, corriendo al reloj, al deber, al miedo. Pero esa mañana me quedé. Me permití quedarme.
—Buenos días, mujer mía —murmuró él con voz ronca, su aliento acariciando mi piel.
Sonreí sin abrir los ojos.
—Buenos días, jefe mío.

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