A eso de la una, Alex se acercó a mi escritorio, con su sonrisa de costumbre, aunque esta vez algo forzada.
—¿Vas a almorzar o piensas seguir fingiendo que el café es comida?
Levanté la vista y asentí. No tenía hambre, pero tampoco tenía ganas de quedarme sola.
—Vamos —dijo—. Alana ya bajó y apartó mesa.
Nos fuimos los tres a una cafetería cerca de la oficina, de esas que venden ensaladas caras y wraps con nombres en francés. Nos sentamos en una mesa de la esquina, junto a la ventana, y apenas dejamos los cubiertos sobre la mesa, Alex soltó un suspiro.
—¿Qué le pasa a Cassian hoy? Está insoportable.
Alana levantó las cejas, con expresión de alivio por no ser la única que lo pensaba.
—¿Hoy? Ayer igual. Esta mañana le corrigió a Marc el mismo cuadro tres veces. Tres. Y ni siquiera estaba mal.
—A mí me mandó rehacer el cronograma del caso Winter sin siquiera mirarlo —añadió Alex—. Literal, lo abrí delante de él y me dijo: “Hazlo de nuevo”. ¿Qué le pasa?
Sentí una punzada en el estómago. Me removí en la silla y bajé la mirada al plato.
—No sé —murmuré—. Tal vez solo está... estresado.
Alana me miró con atención. Sabía más de lo que decía, lo presentí en su mirada.
—¿Y tú cómo estás? —preguntó, suave—. Porque ayer… bueno, todos vimos lo que pasó.
Me quedé en silencio un momento, cortando distraída una hoja de rúcula que ya estaba en pedacitos. Luego levanté la vista, respirando hondo.
—He tenido mejores días —dije, sin más.
Alex, en un intento de aliviar el momento, levantó su vaso de té helado.
—Propongo un brindis: por sobrevivir a un Cassian Longford en modo ogro.
—¡Salud! —dijo Alana, sonriendo.
—¡Salud! —dije también, sin mucho ánimo, pero agradecida por tenerlos ahí.
Tomamos un sorbo en sincronía, y por un momento, todo pareció un poco menos pesado. Afuera, la ciudad seguía en movimiento, ajena a nuestras microtragedias de consultora. Pero ahí, en esa mesa, entre quejas, bromas y pequeños gestos, encontré algo que no esperaba ese día: consuelo. No de Cassian, sino de las personas que, a pesar de todo, todavía me veían.
Esa tarde volví a la oficina más tarde de lo habitual, con el estómago lleno y el ánimo… no del todo resuelto. Alex y Alana habían logrado sacarme una sonrisa, pero el vacío que sentía desde la noche anterior seguía ahí, como una capa de polvo sobre todo lo demás.
En mi escritorio, abrí el portátil como si de pronto tuviera algo urgente que hacer. No lo tenía, pero necesitaba fingir que sí. Necesitaba evitar el momento en que tendría que volver a casa. Al ático. A Cassian.
A las siete, la mayoría de los escritorios ya estaban vacíos. Las luces automáticas de algunos sectores se apagaban por inactividad, y el silencio del piso se volvía una suerte de consuelo. El murmullo constante del día había cedido paso a ese tipo de quietud que solo aparece cuando no hay nada más que enfrentar… salvo a ti misma.
Seguí trabajando sin pensar demasiado. Organicé unos datos del caso Templeton, corregí gráficos del informe para Glenfort Capital, revisé por cuarta vez los mails del día. Cualquier excusa era buena para no mirar la hora. No quería volver. No podía. No después de que él me gritara delante de todos. No después de que durmiera en el sofá, rompiendo su promesa de nunca irse a dormir enojado conmigo.
A las nueve, Juliette pasó por mi escritorio con su abrigo sobre el brazo. Se detuvo un momento.
—Liv... ¿aún aquí?
Levanté la vista y fingí una sonrisa.
—Solo estoy cerrando unas cosas. Ya casi.
Ella me observó unos segundos, como si supiera. Porque Juliette siempre sabía más de lo que decía.
—No trabajes para anestesiar lo que duele —me dijo, suave, como quien lanza una advertencia sin juicio—. A veces no hay que resolver. Solo dejar que duela un poco… y seguir.
Asentí, sin decir nada. Ella me regaló una media sonrisa y se fue.
Volví a mirar la pantalla. Pero ya no veía nada. Solo sentía esa presión en el pecho que aparece cuando estás enojada con alguien… y aun así lo extrañas. No sabía qué hacer con todo eso. Con la rabia. Con la tristeza.
A las diez y cuarto apagué la laptop. Me quedé sentada un minuto más, mirando por la ventana. La ciudad seguía despierta, iluminada y ajena. Como yo. Como él.
No volví al ático esa noche. No todavía.
No supe en qué momento decidí que sí iba a volver al ático. Tal vez cuando el cansancio me venció, o cuando ya no quedaba nadie en la oficina. Caminé despacio, sin prisa. Paré en un pequeño restaurante cerca de la estación, pedí algo simple, sin mirar mucho el menú. Comí sola, en silencio, rodeada de parejas y grupos de amigos que hablaban sin parar, sin notar que yo existía. Y por primera vez en mucho tiempo, me permití estar así. Conmigo.
No era fácil, pero había algo valiente en ello.
Mientras masticaba despacio un trozo de pasta que ya no sabía a nada, pensé en todo lo que había cambiado. En lo rápido que Cassian había entrado en mi vida, en cómo nos habíamos fundido el uno en el otro sin frenos, sin pausas. En cómo pasé de estar sola en un pequeño departamento alquilado, a vivir con él en un ático que, en cómo pasé de entrevistarlo en una videollamada nerviosa, a amarlo todas las noches bajo sábanas que aún no sentía mías.
¿Fue demasiado rápido?
Quizás debí quedarme sola un tiempo. Aprender a ser independiente. Vivir mi vida con mis propios errores, mis pequeñas victorias, sin tener a alguien tan grande, tan imponente, tan suyo… marcando cada paso.
Pero lo quería. Dios, cómo lo quería. Y no sabía qué hacer con eso.
Pasadas las doce, abrí la puerta del ático. La luz tenue del living era lo único encendido. No había ruido. Solo el leve murmullo de la ciudad desde las ventanas.
Él estaba allí, sentado en el sofá, con un vaso de whisky en la mano. Me miró apenas entré. No se levantó. No dijo nada.
—¿Podemos hablar? —pregunté, sin rodeos.
Asintió. Dejó el vaso sobre la mesa y se enderezó.
—Estuve pensando —dije, avanzando hacia él, sin quitarme el abrigo—. Tal vez lo mejor sea que renuncie al trabajo… y que vuelva a mi antiguo apartamento.
Vi cómo se tensaban sus hombros. Cómo su expresión cambiaba en un instante, como si no esperara que mis palabras fueran tan definitivas, tan frías.
—Olivia… no. No quiero eso.
—No puedo fingir que no me dolió lo que hiciste. Que no me dolió que me gritaras delante de todos. Que no me dolió que durmieras lejos. Que te fueras sin decirme nada.
Él cerró los ojos, respiró hondo. Como si se odiara a sí mismo por recordarlo.
—Lo sé. No debí tratarte así. No debí levantar la voz. No estoy enojado contigo… estoy enojado conmigo. Por haberte fallado.
—Me dejaste sola —susurré.
—Y me odio por eso —respondió, acercándose despacio—. Rompí mi promesa. Esa de nunca irnos a dormir enojados. Te fallé. Pero no quiero perderte, Liv.
Me tomó las manos. Las suyas estaban frías.
—No quiero que renuncies. No quiero que te vayas. Quiero que te quedes. Que hablemos cuando las cosas se rompan, no que huyas. Y te juro… te juro por todo lo que tengo que no volveré a gritarte jamás.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no dejé que cayeran.
—No quiero irme —dije, finalmente—. Pero no puedo seguir así. Necesito que esto sea diferente. Más sano. Más nuestro. No algo que me consuma cada vez que nos equivocamos.
—Entonces lo haremos diferente. Te lo prometo.
Nos abrazamos fuerte. Como si en ese abrazo estuviéramos reparando cada fragmento roto. No dijimos más. No lo necesitábamos.
A veces, querer también es esto. Caerse y volver a elegirse. Aprender juntos cómo no romperse. Cómo sostenerse incluso cuando el orgullo duele más que el error.
Y esa noche, dormimos juntos. No porque todo estuviera resuelto. Sino porque no queríamos, ninguno de los dos, volver a dormir lejos del otro.
Desperté antes que él y por un momento, me quedé ahí, acostada de lado, observándolo dormir. Cassian tenía el ceño ligeramente fruncido incluso en el descanso, como si no pudiera dejar del todo la carga que llevaba encima. Una parte de mí quería estirar la mano, acariciarle la mejilla y decirle que todo iba a estar bien. Pero la otra… aún estaba dolida.
Me levanté sin hacer ruido. Me metí en la ducha, preparé café en silencio. No había que hablarlo todo de golpe. Algunas cosas también se curaban con pequeños gestos: una taza sobre la mesa, el pan recién tostado, el silencio que no exigía explicaciones.
Cassian apareció minutos después, aún en ropa de cama, con los ojos hinchados por el mal dormir. Me miró, como tanteando si el mundo seguía en pie.
—Gracias por quedarte anoche —murmuró.
Asentí. No necesitábamos más.
Las siguientes semanas se instalaron con la regularidad de un reloj. Cassian volvió a ser él mismo: preciso, impecable, exigente. El líder al que todos admiraban y temían en la misma medida. No hubo más explosiones en público, ni reproches, ni silencios fríos que helaran el aire. Él se comportaba como si hubiera aprendido la lección. Como si lo que pasó hubiese quedado atrás, en una caja sellada que no valía la pena volver a abrir.
Pero yo… yo no era la misma.

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