Me quedé congelada. No por la imagen de Günter cruzando la calle con Paula, ni por el cúmulo de emociones que me desgarraban desde dentro.
Sino por la mano.
Una mano grande, cálida, de dedos firmes, que se posó con delicadeza sobre mi hombro izquierdo. No con autoridad, sino con una suavidad inesperada. Como si el simple contacto pudiera decir: “Estoy aquí, pero no te voy a romper más de lo que ya estás rota.”
Me giré lentamente, esperando ver lo peor. Pero no era Günter.
Era un desconocido.
Alto, fácilmente un metro noventa, de hombros anchos y espalda recta. Vestía una camisa blanca remangada, que dejaba ver unos antebrazos marcados como si el músculo hubiera sido tallado con intención. Piel dorada por el sol. Pelo oscuro, peinado con descuido, pero limpio. Y esos ojos… grises, como una tormenta a punto de desatarse, pero con una calma que desarmaba.
Tenía la mandíbula fuerte, la barba corta de dos días perfectamente descuidada, y una expresión que no buscaba nada más que saber si yo estaba bien.
—¿Estás bien? —preguntó, con voz grave, serena.
Tardé unos segundos en responder. El corazón aún me latía con fuerza, no solo por lo que había visto afuera, sino por lo que tenía justo enfrente.
—Sí… —mentí, por costumbre—. Sí, estoy bien.
Él no pareció convencido, pero tampoco insistió.
—Perdona si te asusté. Te vi temblar desde la otra mesa y… pensé que necesitabas algo. O a alguien —dijo, apartando lentamente la mano.
—No estoy acostumbrada a que alguien lo note —susurré sin pensar.
Una sonrisa leve se dibujó en sus labios, y esa pequeña curva hizo que pareciera aún más irreal. Como salido de otro libro, otro mundo. Uno donde las mujeres no eran olvidadas en cenas de aniversario.
—Me llamo Cassian —dijo, con naturalidad—. Si necesitas compañía… o solo a alguien que no huya, estaré ahí —señaló la mesa junto a la mía.
Asentí, sin saber por qué. Tal vez porque esa noche ya no podía ir a peor. Tal vez porque, por primera vez en mucho tiempo, me sentí vista.
Y justo en ese instante, Günter cruzó la puerta del restaurante.
No venía solo.
Y yo… ya no estaba sola.
Günter entró al restaurante con paso firme, pero sin la urgencia de quien sabe que llega tarde a algo importante. Paula caminaba unos pasos detrás, con esa manera suya de existir como si el aire se apartara para dejarla pasar. Él le dijo algo. Ella rió.
Y entonces, me vio.
La sorpresa se le notó en los ojos, no en el cuerpo. Ese control suyo para no mostrar que le temblaba el alma. Paula también me vio. Bajó la mirada como si pisara terreno sagrado.
Yo no me moví. No me escondí. No lloré.
Cassian aún estaba de pie, junto a mi silla, como si pudiera protegerme con su sola presencia.
—¿Es él? —preguntó en voz baja, sin juzgar, sin curiosear, solo preguntando.
Asentí. Tragué saliva.
Günter se detuvo, a pocos metros. Paula, incómoda, fingió revisar su bolso.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó, sin saludar siquiera.
Cassian intervino antes de que yo pudiera responder.
—Acompañando a alguien que parece necesitarlo.
Günter lo miró de arriba abajo. El gesto no fue hostil, pero sí marcado. Como quien mide fuerzas sin decirlo. Cassian no retrocedió. Siguió ahí. Tranquilo. Firme.
—Tenías una cena conmigo —dijo Günter, dirigiéndose a mí por fin.
—No. Teníamos un aniversario. Yo lo recordé. Tú... estabas ocupado.
Silencio.
—No es lo que parece —dijo, bajando la voz. Miró a Paula, luego volvió a mirarme—. Solo vine a dejarla. Fue coincidencia.
—Coincidencia es tropezarse en un supermercado. No caminar juntos hacia el mismo restaurante donde sabes que reservé una mesa.
—¿Quién es él? —preguntó, señalando a Cassian.
—Una coincidencia. De las buenas.
Cassian sonrió apenas. No se metió más.
—No estamos bien —dijo Günter, y por primera vez hubo un temblor en su voz—. Pero no quiero que esto… se descontrole.
—¿Esto? —repetí—. ¿Llamas “esto” a ver a tu mujer cenando sola el día de su aniversario mientras tú acompañas a la mujer con la que empezaste a irte hace dos años?
—No vine con ella por eso. No hay nada entre nosotros.
—Peor —contesté, alzando un poco la voz—. Porque ni siquiera eres capaz de aceptar que sí hay algo entre nosotros… y es el vacío.
Paula dio un paso atrás, incómoda. Se excusó con un “voy al baño” y desapareció como un humo educado.
Cassian, aún de pie, no dijo nada. Pero su presencia era un ancla.
—Esto se está saliendo de control —murmuró Günter.
—No. Esto, por fin, se está sincerando.
Me volví hacia Cassian.
—¿Te importa si terminamos esa copa juntos?
Él asintió, tranquilo, como si no necesitara más justificación.
Günter tragó saliva. Quiso decir algo. No pudo. Dio un paso hacia atrás, dudando.
—Feliz aniversario —dije, antes de girarme.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible