Günter intentó mantener la compostura. Lo vi tragar saliva. Lo vi fingir que no le importaba, que estaba allí solo por educación, por cortesía. Pero su rostro —ese ceño fruncido, esa mandíbula apretada, esa mirada fija en mí y Cassian— lo delataba más de lo que habría querido.
Paula hablaba. Movía las manos, intentaba suavizar el ambiente. Incluso pidió una botella de vino. Pero él no la escuchaba. No una sola palabra.
Yo, en cambio, estaba sentada frente a Cassian, compartiendo la cena que, hasta hacía poco, iba a ser solo mía. Él comía con calma, sin apuro, como quien disfruta no solo del plato, sino de la compañía.
Günter finalmente dejó los cubiertos sobre el plato intacto. Se levantó sin decir nada. Paula lo miró, confundida.
—¿Te vas? —le preguntó.
—Sí —respondió él, con los ojos clavados en mí.
Y se fue. Sin disculparse. Sin mirar atrás. Solo con ese paso tenso que se le marcaba cuando ya no podía sostener más la fachada.
Yo volví la vista a Cassian, que bebía un sorbo de vino, tranquilo, respetuoso, sin decir nada.
—¿Te incomodó? —pregunté, sabiendo la respuesta.
—Un poco. Pero no por él. Sino por lo que eso te debe de haber removido.
—Me removió todo. Pero no porque aún lo quiera… sino porque me sigue doliendo que él no sepa quererme.
Cassian asintió, sin hablar de más.
—Gracias por quedarte.
—Gracias por dejarme estar.
Y comimos. Hablamos. Y la cena, sin darnos cuenta, se convirtió en algo más. No en una cita. No en una escapatoria. En una tregua. En una burbuja temporal donde no había pasado ni futuro. Solo dos personas compartiendo el mismo presente.
Hablamos de todo. De la infancia. De sus veranos en el norte, donde el mar era helado pero la calma era absoluta. Me contó que cuando era pequeño creía que si caminaba lo suficiente por la arena húmeda podría llegar a otro país.
—¿Y tú? —me preguntó—. ¿Siempre fuiste así de fuerte?
—No. Solo aprendí a parecerlo.
Me contó de su hermana, que vivía en Dinamarca. De cómo había llorado más en el aeropuerto que el día de su primer desamor. Yo le hablé de mi madre, de su silencio elegante, de su forma de preparar té como si cada infusión fuera una ceremonia sagrada.
Reímos. Mucho. Y también hubo momentos de silencio, de esos que no incomodan, que se agradecen.
—No sé qué va a pasar mañana —le dije.
—No tienes que saberlo —respondió—. A veces, sobrevivir hoy ya es un acto de valor.
Y cuando el camarero trajo la cuenta, él se ofreció a pagarla, sin arrogancia. Yo insistí en dividirla. Terminamos acordando en pagar mitad y mitad. Él sonrió.
—Eres de las que caminan con los pies firmes —dijo.
—No siempre. Pero hoy sí.
Fuera del restaurante, la noche era fría, limpia. Cassian me ofreció su abrigo. Lo rechacé, y eso también pareció decirle algo.
—¿Quieres que te acompañe a casa? —preguntó.
Negué.
—No esta noche. Quiero llegar sola.
Él entendió. No intentó cambiarlo.
—¿Nos veremos otra vez?
—Eso espero.
Nos despedimos con un abrazo largo, cálido, necesario, intercambiando nuestros números.
Y entonces, me fui. Sin prisa. Sin miedo.
La ciudad parecía distinta. O tal vez solo yo lo era.
Cuando llegué a casa, abrí la puerta con cuidado. La cerré despacio. El silencio me dio la bienvenida. Pero no estaba sola.
Günter estaba en el salón. Sentado. Esperando.
Con la chaqueta aún puesta, las manos entrelazadas, los ojos cargados de algo más que rabia. Algo más oscuro. Más contenido. Más doliente.
—¿Lo pasaste bien? —preguntó sin moverse.
Dejé las llaves en la mesita. No respondí de inmediato.
—Sí —dije al fin.
—¿Con él?
—Con alguien que me escuchó durante dos horas sin mirar el reloj. ¿Te parece extraño?
—¿Y ahora qué? ¿Vas a traerlo aquí también?
Su tono era ácido. El suyo. El de siempre. El que usaba cuando no sabía cómo manejar lo que sentía.
—No —respondí, firme—. No tengo la necesidad de esconder nada. Porque, a diferencia de ti, yo no juego a los “nada pasó” mientras camino con otra mujer hacia una cena.
Günter se levantó.
—¡No fui con ella!
—¡Entonces explícamelo! —grité—. Explícame por qué me dejaste sola el día de nuestro aniversario. Por qué llevas dos años callado, distante, ausente. ¡Explícame por qué solo reaccionas cuando alguien más me trata como tú ya no sabes!
—¡Porque me duele! —gritó por fin—. ¡Porque no sé cómo mirarte sin recordar que todo esto empezó como una obligación!
—¿Y crees que yo no lo siento? ¿Que no me duele vivir con alguien que ya no me toca, que ya no me pregunta cómo estoy, que solo está aquí por una promesa a los muertos?
Él me miró, con los ojos rojos. No lloraba. Pero estaba al borde.
—¡No es por ellos! ¡Es por mí! ¡Porque si me voy, siento que fracaso en todo lo que me prometí ser!
—¡Entonces fracasa, Günter! —mi voz temblaba—. Fracasa con dignidad. Pero no me arrastres en tu penitencia.
Silencio.

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