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La esposa invisible romance Capítulo 75

Salimos del taxi frente a la mansión. La calle era tranquila, bordeada de árboles que ya empezaban a teñirse con los primeros tonos del otoño.

—Wow —Alana dejó escapar, con los ojos abiertos como platos—. Esto es otra cosa, Olivia. No sabía que vivías así.

Le sonreí, un poco nerviosa, y abrí la puerta principal. La entrada era amplia, con un gran vestíbulo de mármol blanco que reflejaba la luz de los candelabros de cristal.

—Mis padres compraron la casa hace años, cuando llegaron de Alemania —le conté mientras caminábamos hacia el salón—. Siempre quisieron un lugar que se sintiera como un refugio, aunque nunca imaginé que me terminaría gustando tanto.

Alana tocó una mesa de madera oscura con incrustaciones delicadas y observó los cuadros de artistas europeos que adornaban las paredes.

—Es impresionante, pero no fría —dijo—. Se siente como si aquí hubieras crecido rodeada de historia y cariño.

Nos sentamos en un sofá de terciopelo gris claro. Alana dejó caer su maleta en un rincón y suspiró con alivio.

—Gracias por invitarme. Estar aquí me hace sentir que no todo está perdido.

Le serví un poco de té de jazmín y me senté a su lado.

—Eso es lo que quiero que sepas —le dije—. Que esto, esta casa, esta familia, está aquí para ti. Para cuando estés lista.

Ella asintió, tomando el aroma del té entre sus manos.

—No todos tienen un lugar así al que regresar.

—Lo sé —contesté—. Por eso lo valoro. Por eso quiero aprovecharlo.

La miré y vi en sus ojos el reflejo de algo que yo también sentía: esperanza.

—Mañana te mostraré el jardín —prometí—. Mi lugar favorito para pensar.

—Perfecto. Ya estoy contando las horas.

Y mientras la tarde caía sobre la ciudad, supe que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba sola.

Después de dejar las maletas, escuchamos pasos firmes desde el pasillo. Mi madre apareció primero, vestida con un vestido sobrio pero elegante, con ese porte sereno que siempre la distinguió.

—Olivia —dijo con una sonrisa suave—. ¿Ya tienes visita?

Antes de que respondiera, apareció mi padre detrás de ella. Su presencia era imponente, pero sus ojos reflejaban calidez cuando me miró.

—Alana, un placer finalmente conocerte —dijo, extendiendo la mano con una sonrisa contenida.

Alana se levantó y aceptó el saludo, un poco nerviosa pero con una sonrisa franca.

—El placer es mío, señor Koch.

Mi madre se acercó y saludó a Alana con un apretón de mano.

—Estamos felices de que estés aquí. Olivia nos ha hablado de ti. Eres bienvenida en esta casa.

La conversación fluyó con naturalidad. Hablamos del viaje de Alana, de cómo yo había crecido en Nueva York y de nuestras raíces alemanas. Mi padre compartió algunas anécdotas sobre cuando llegaron al país.

Alana se relajó rápidamente, y pude ver cómo la tensión del viaje se desvanecía en esa atmósfera de bienvenida.

—Gracias por recibirme —dijo Alana—. Esto significa mucho para mí.

Mi padre asintió.

—Nuestra hija es importante para nosotros. Y sabemos que tiene amigas que la apoyan cuando más lo necesita.

Se me estrujó un poco el corazón al escucharlo decir eso.

Esa noche, mientras la ciudad se iluminaba a lo lejos, sentí que algo en mí comenzaba a sanar. Porque no solo estaba en casa. Estaba acompañada.

Después de la cena, mi madre nos condujo por el pasillo largo que llevaba a las habitaciones de huéspedes. Las luces tenues resaltaban las molduras del techo y el aroma de las flores frescas, que cambiaban según la estación, llenaba el aire. Me sentía como una niña otra vez, siguiendo a mi madre por la casa con pasos suaves y contención.

—Esta será tu habitación, Alana —dijo mi madre abriendo una puerta doble.

El cuarto era amplio y acogedor, decorado con tonos cálidos. Tenía una cama con dosel de madera clara, sábanas blancas impecables y un ventanal que daba al jardín. Había una lámpara de mesa encendida y una bandeja con frutas y agua.

—Es demasiado —dijo Alana, genuinamente impresionada.

—No hay “demasiado” cuando se trata de una amiga de Olivia —respondió mi madre con una sonrisa serena—. Buenas noches, chicas.

Nos dejó con un gesto cariñoso. Alana se sentó en el borde de la cama y me miró con una mezcla de ternura y asombro.

—Tu madre es... tan distinta a como la imaginé.

Me senté junto a ella y le tomé la mano.

—Está cambiando. Antes si era como la imaginas.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella, bajando un poco la voz—. ¿Alguna vez te sentiste como si tu familia esperara que fueras algo que no eras?

La pregunta me golpeó más hondo de lo que esperaba. Miré hacia la ventana, donde las luces del jardín dibujaban siluetas temblorosas sobre la pared.

—Durante años, sí. Mi madre me crió para ser una esposa, para estar al lado de Günter... como si eso fuera lo más importante que podía hacer con mi vida.

Alana se quedó en silencio, apretando mis dedos.

—Pero ahora estoy tratando de entender qué quiero yo. No lo que esperan de mí. Lo que realmente deseo construir.

Ella sonrió con un poco de tristeza.

—Creo que eso es lo que me asusta: no saber todavía qué quiero... solo saber que lo que tenía ya no lo quiero más.

—Entonces estamos en el mismo lugar —le dije—. Y por ahora, eso es suficiente.

Nos abrazamos por un instante largo. El tipo de abrazo que no necesitaba palabras.

—Mañana —dije mientras me levantaba— te mostraré mi lugar secreto en el jardín. Te va a gustar.

—Estoy segura de que sí.

Apagué la luz al salir. Mientras cruzaba el pasillo en silencio, la voz de mi madre me detuvo desde el salón.

—Olivia.

Me giré y la vi allí, sentada en uno de los sillones, con una copa de vino entre las manos. La luz dorada le daba un aire nostálgico.

—¿Puedes sentarte un momento?

Me acerqué sin protestar, sabiendo por su tono que tenía algo que decir.

—Hoy, cuando te vi entrar con Alana —dijo despacio—, pensé en lo mal que hice algunas cosas contigo. Te crié para ser la esposa de alguien, no para ser la dueña de tu vida.

—Mamá...

—Déjame terminar —dijo con suavidad—. Esta casa fue siempre un refugio para mí, pero también una jaula disfrazada. No quería eso para ti, y sin embargo... repetí los mismos patrones.

Me quedé en silencio, con el corazón encogido.

—Quiero que te quedes, Olivia —continuó—. Al menos por ahora. No como una obligación, ni porque te equivocaste al irte. Sino porque tal vez esta casa puede volver a ser tu lugar. El lugar donde elijas empezar de nuevo.

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