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La esposa invisible romance Capítulo 77

La cafetería estaba casi vacía. Ventanales amplios, luces tenues, y un murmullo de fondo compuesto por cucharillas, vapor y voces bajas. Elegimos una mesa en el rincón, junto a una estantería con libros usados que daban al lugar un aire de refugio.

Cassian pidió un espresso doble. Yo, un té de jazmín con leche. El camarero dejó nuestras tazas sin decir nada y se marchó con la misma suavidad con la que había llegado.

Por unos segundos solo hubo eso. La porcelana caliente entre las manos. El silencio.

—No pensé que aceptarías —dijo él finalmente, sin mirarme—. Después de cómo terminó todo.

—No estoy aquí por ti —respondí con calma—. Estoy aquí por mí. Porque si voy a cerrar esto, necesito saber si queda algo más. Aunque sea solo ruido.

Él asintió, como si esperara esas palabras desde hace tiempo.

—No sabes cuántas veces imaginé este momento. Pero en ninguna lograba que me miraras como ahora. Con tanta... claridad.

—Tal vez porque por fin puedo verte sin la bruma del amor. Sin la necesidad de protegerte.

Sus ojos se clavaron en los míos. Estaban cansados. No tristes. Solo... honestos.

—A veces deseo volver atrás. No para cambiar lo que sentí, sino para no haber comenzado de esa forma.

—¿Y si no lo hubieras hecho así? —pregunté, inclinándome apenas hacia adelante—. ¿Crees que nos habríamos encontrado igual?

Cassian dudó. Luego negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero quiero pensar que sí.

Yo también quería pensar eso. Pero ya no estaba segura de que importara.

—Hay algo que quiero preguntarte —dije—. Algo que evité porque no sabía si quería saberlo.

Él asintió, esperando.

—¿En algún momento pensaste contarme la verdad antes de que yo la descubriera?

Cassian bajó la mirada. Tomó su taza, pero no bebió.

—Sí. Muchas veces. Pero cada vez que lo intentaba, algo me detenía. El miedo, tal vez. O la certeza de que si lo hacía, te perdería. Y fui cobarde. Quise tenerte más tiempo, aún a costa de la verdad.

Lo escuché sin moverme. Había algo profundamente humano en esa respuesta. Algo terriblemente doloroso, pero real.

—Fuiste cobarde, sí. Pero también fuiste mi refugio —admití—. Incluso en medio de la mentira, llegué a sentirme más vista contigo que con nadie.

Un silencio distinto se instaló entre nosotros. Más blando. Menos tenso.

—¿Y ahora? —preguntó él—. ¿Qué queda?

—Una historia. No perfecta, no limpia. Pero nuestra. Con cicatrices. Con partes que no entiendo del todo. Pero mía. Y tuya.

Cassian bajó la mirada. Esta vez, cuando la levantó, había algo vulnerable en él. Como si estuviera quitándose el último de sus escudos.

—Te amo, Olivia —dijo, con voz baja—. Lo sé. Aunque no te lo merezca, aunque no sirva de nada, lo sé con todo lo que soy.

Yo cerré los ojos. No para evitarlo. Sino para sentirlo.

Y al abrirlos, supe que esa era la última vez que necesitaba oírlo.

—Gracias —respondí—. Por decirlo. Por no exigir nada después.

Él sonrió. Roto. Humano.

—Cassian —dije, antes de que terminara su café—. Necesito entender algo más.

Él alzó la vista, atento.

—¿Cómo lo hiciste? —pregunté—. ¿Cómo planeaste todo?

Por un segundo no respondió. Sus dedos rodeaban la taza, inmóviles. Luego asintió, como si supiera que tarde o temprano esa pregunta llegaría.

—Fue después de un sueño. Uno de esos tan reales que te despiertan con el pecho apretado y la boca seca —dijo en voz baja—. Vi a Cassandra. A mi hermana. Estaba sentada en nuestra vieja casa del lago, con una manta sobre los hombros y esa sonrisa que usaba cuando me llamaba “idiota” por hacerla reír. Era un sueño tranquilo, hasta que se desvaneció. Y entonces me desperté... con odio.

Sus ojos se oscurecieron un poco. No era furia presente. Era un eco del pasado.

—Era como si todo el dolor se hubiera acumulado en mi cuerpo. La muerte de ella, la impunidad, el vacío que dejó. Me senté en la cama y decidí que no podía seguir así. Que alguien tenía que pagar.

Tomó aire antes de seguir.

—Contraté a un detective privado. Le pedí todo. Qué había pasado después del juicio. Qué hacía la familia Ryker. Lo primero que supe fue que el hombre que mató a Cassandra había muerto en un accidente de tránsito unos meses antes. Iba solo. Chocó en una carretera mojada en Connecticut. Murió en el acto.

Yo tragué saliva. No porque me importara ese hombre. Sino por lo que venía después.

—Y cuando leí eso —siguió—, sentí algo parecido a alivio. Pero también rabia. Porque no fue justo. No fue suficiente. Porque se había ido sin pagar. Sin sufrir. Era una muerte limpia. Y eso me pareció... insultante.

Volvió a apoyar la taza, esta vez con más fuerza.

—Seguí leyendo. El informe tenía fotos, registros, nombres. Y ahí apareció Günter. Tu esposo. Frío, elegante, inalcanzable. Y tú no estabas. Siempre aparecía con Paula. La misma mujer en todos los eventos, en todas las salidas. Eran una imagen perfecta. De revista.

—Lo eran —murmuré, casi con sarcasmo.

—Durante semanas lo observé desde lejos. Literalmente. Viajé a Nueva York con la excusa de una consultoría para una firma local, pero en realidad pasaba las tardes viéndolo entrar y salir de su vida perfectamente estructurada. Siempre solo o con ella. Nunca contigo. Empecé a pensar que estaban separados. O que simplemente no existías más que en los papeles..

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