Entrar Via

La esposa invisible romance Capítulo 84

Paula abrió la puerta sin disimular la sorpresa.

Primero lo vio a él.

Después me vio a mí.

Y por un segundo, su expresión se quebró antes de recomponerse.

—Hola… —dijo, forzando una sonrisa—. Qué inesperado.

No respondí y Günter tampoco.

Solo la miró fijo, como si ya no le quedaran ganas de rodeos.

—Necesito hablar contigo —dijo él, sin una pizca de cordialidad—. Y quiero que seas sincera.

Paula asintió con una rigidez casi teatral. Se hizo a un lado y nos dejó pasar.

Entramos.

La casa estaba igual que siempre. Fría en su perfección. Cuidada hasta lo antinatural.

Nos sentamos sin que nadie lo indicara. Paula quedó de pie, con los brazos cruzados, como si esperara un interrogatorio.

—¿Qué pasa? —preguntó, fingiendo inocencia.

Günter no perdió tiempo.

—¿Me drogaste aquella noche?

El aire se congeló.

El silencio fue tan abrupto que parecía que la casa misma se había detenido.

Paula palideció.

Literalmente.

Todo su maquillaje dejó de tener sentido cuando sus facciones perdieron color.

—¿Qué…? ¿De qué estás hablando?

—No juegues conmigo —la interrumpió Günter, levantándose de golpe—. Olivia te escuchó. En el club. Presumiendo de cómo me pusiste algo en la copa. De cómo "ganaste" esa noche.

Paula dio un paso atrás, como si él la hubiera golpeado con la voz.

—Eso no es cierto —dijo, rápido, nerviosa—. No fue así. Yo… tú estabas mal, habías bebido. Solo… solo nos dejamos llevar.

—¡Mentira! —gritó él, y su voz retumbó en las paredes.

Yo di un respingo. Paula también.

Günter avanzó hacia ella, y por un momento, vi algo en su rostro que no reconocía: furia pura, sin filtrar.

—¡No recordaba nada, Paula! ¡Nada! ¿Y tú me dijiste que fue mutuo? ¿Eso hiciste?

—¡Yo… yo te amaba! —soltó ella, la voz quebrada—. ¡Te perdía! ¡Y ella… ella tenía todo!

—¿Así que decidiste quedarte conmigo por la fuerza? ¿Borrar mi voluntad? —Günter estaba rojo, temblando—. ¿Eso te pareció amor?

—¡Fue solo una noche! ¡Una noche! ¡Y te tenía de vuelta!

—¡No me tenías de vuelta! ¡Me robaste! —gritó—. ¡Me robaste una parte de mí que nunca recuperé! ¡Me hiciste odiarme por algo que no hice!

—¡Basta! —chillé, de pie, el cuerpo entumecido por la tensión—. ¡Solo dí la verdad, Paula! ¡Dilo!

Ella me miró. Sus ojos, derrotados, me buscaron como buscando piedad.

No la encontró.

Se giró lentamente hacia Günter.

—Sí —susurró, la voz rota—. Lo hice.

Günter cerró los ojos. Dio un paso atrás, como si necesitara espacio para no romper algo.

—¿Por qué? —preguntó, en un susurro que dolía más que sus gritos—. ¿Por qué?

—Porque tenía miedo de perderte para siempre. Y no fui la única… —tragó saliva—. No fue solo mi idea.

Él la miró con incredulidad.

—¿Qué?

—Cassian Longford —escupió el nombre como si ardiera—. Él me buscó. Me dijo quién eras, quién era tu padre. Me propuso ayudarte a "deshacerte" de Olivia. Él sabía que tú nunca te hubieras acostado conmigo si no estabas alterado. Me sugirió… facilitarlo.

—No… —Günter retrocedió un paso más. Sus manos se cerraron en puños. Se llevó una mano al cabello, apretándose el cuero cabelludo como si necesitara confirmar que no estaba soñando—. Cassian…

—Me usó —dijo Paula—. Igual que yo te usé a ti. Lo acepto. Pero él movió las piezas desde el principio. Yo solo… lo seguí.

—¿Podemos irnos? —murmuré.

Él se levantó sin decir una palabra más.

No miramos a Paula al salir. No porque no mereciera una despedida.

Sino porque ya no era nadie.

Apenas salimos por la puerta, yo me cubrí la boca.

El mundo giró.

Y el asco subió tan rápido que no pude frenarlo.

Vomité todo.

Pero no era solo lo físico.

Era el cuerpo intentando expulsar la verdad.

Gunter sostuvo mi cabello mientras yo vaciaba el contenido de mi estómago en la calle. .

—Te odié tanto tiempo… —dije, apenas con voz—. Me fui creyendo que me habías traicionado. Me comprometí con él… creyendo que era mejor que tú.

Günter levantó la cabeza. Su mirada no tenía rabia. Solo un dolor antiguo, agotado.

—Nos destrozaron, Olivia. Nos destruyeron.

Y nosotros lo permitimos.

Asentí, conteniendo las lágrimas.

Ya afuera, caminamos sin rumbo. Sin dirección.

Hasta que Günter se detuvo.

—Necesito estar solo —dijo, sin mirarme—. No para alejarme. Solo… para entender cómo se vive después de esto.

Asentí. No dije nada.

Nos quedamos ahí. En medio de la vereda.

Dos sobrevivientes de una historia que ahora sabíamos nunca fue completa.

Lo abracé.

Y por primera vez en años, él se dejó abrazar sin resistencia.

Con el cuerpo quebrado y el alma abierta.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible