Camila había prometido llevar a Daniela al cine, y cumplió su palabra.
El sábado por la tarde, se encontraron en la entrada de un cine VIP en Antara. Fernando Beltrán también estaba allí, luciendo más relajado y casual de lo que ella lo había visto nunca.
—Gracias por venir —dijo él, con una sonrisa genuina—. Daniela ha estado hablando de esto toda la semana.
—No es ninguna molestia. A mí también me encantan las películas de princesas —respondió Camila, guiñándole un ojo a la niña.
Dentro de la sala, con sus cómodos sillones reclinables, se sentaron los tres juntos. Camila en el medio, flanqueada por Fernando y una emocionada Daniela.
A mitad de la película, mientras buscaba a tientas las palomitas en la oscuridad, su mano rozó la de Fernando.
Fue un toque fugaz, accidental, pero envió una pequeña descarga eléctrica a través de ella. Retiró la mano rápidamente, su corazón latiendo un poco más deprisa.
Él no dijo nada, pero en la penumbra, ella sintió su mirada sobre ella por un instante.
Al otro lado de la ciudad, en la mansión Alcázar, el aburrimiento era el rey.
Isa estaba malhumorada. Su tío Emilio se había ido con sus amigos, y su padre estaba encerrado en su estudio trabajando.
Su primo, Marcos, el hijo de la hermana de Alejandro, estaba de visita.
—¡Ya sé! ¡Vamos al cine! —sugirió Marcos.
—No quiero —se quejó Isa.
Justo en ese momento, una de las sirvientas entró.
—Señorito Marcos, su chofer está aquí. Su mamá me pidió que le recordara que lo llevará al cine en Antara.
Los ojos de Marcos se iluminaron.
Una hora más tarde, en la misma sala de cine, Marcos vio una escena que lo dejó boquiabierto.
A unas filas de distancia, vio a la tía Camila.
No estaba sola. Estaba con un hombre que no era su tío Alejandro. Y con otra niña.
Se veían... felices. Reían juntos en voz baja. El hombre le ofrecía a la tía Camila un sorbo de su refresco.
Marcos se quedó mirando, confundido.
Cuando regresó a la mansión, fue directo a buscar a Isa.
—¡No vas a creer a quién vi en el cine! —exclamó.



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