Dos años después.
La víspera de Año Nuevo.
El aire en la terraza de la casa de Camila olía a pino, a carne asada y a la promesa de un nuevo comienzo.
El lugar estaba lleno de risas. El calor de una gran fogata de piedra mantenía a raya el frío de la noche.
Isa, ahora con diez años y la misma chispa de genio en los ojos que su madre, ayudaba a Fernando a encender unas luces de bengala.
—Con cuidado, campeona —decía él, guiando su manita.
Ella rio, un sonido claro y feliz. Era segura, brillante y adoraba a Fernando con la devoción pura de una niña.
En la parrilla, David Romero discutía juguetonamente con el tío Ricardo.
—¡La carne se sella a fuego alto, Ricardo! ¡Es la primera regla del asado!
—¡Tú dedícate a tus algoritmos, Romero! ¡El fuego es mi dominio!
Era una escena de una familia imperfecta. Una familia elegida. Una familia real.
Camila observaba todo desde el borde de la terraza, con una copa de vino en la mano.
Sintió unos brazos pequeños rodear su cintura.
—Cinco... cuatro... tres...
Isa había comenzado la cuenta regresiva, su voz uniéndose a la de los demás.
—...dos... ¡uno!
—¡Feliz Año Nuevo!
El grito colectivo se elevó hacia el cielo nocturno.
Y en ese instante, el cielo explotó.
Los fuegos artificiales que Camila, David y Fernando habían comprado juntos estallaron en una sinfonía de colores, pintando la noche de esmeralda, rubí y oro.
Isa abrazó a su madre con fuerza, su rostro levantado hacia las luces.



Sintió la mano de su hija en la suya.
Escuchó las risas de su familia, la gente que la había sostenido en la oscuridad.
Se sintió completa.
Se sintió poderosa.
Y, sobre todo, por primera vez en su vida adulta, se sintió absolutamente libre.
Era la dueña de su propio destino.
La genio anónima que finalmente había reclamado su nombre y su trono.
No para gobernar un imperio de negocios.
Sino para reinar, por fin, sobre su propia vida.
El último cohete dibujó un fénix dorado en el cielo.

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