El Señor Torres se quedó un momento en el elevador con Alejandro, visiblemente desconcertado.
—Disculpe la pregunta, señor Alcázar —dijo con cautela—, pero ¿la señorita Elizalde y usted...?
Alejandro recompuso su expresión, una máscara de fría profesionalidad cayendo sobre su rostro.
—Somos socios comerciales. A veces, las negociaciones se vuelven... intensas.
El Señor Torres asintió, aunque la explicación no parecía convencerlo del todo. Miró en la dirección por la que Camila había desaparecido.
No parecían socios. Parecían una pareja de amantes en medio de una pelea terrible.
La gala anual del Grupo Beltrán era el evento social más esperado del invierno.
El salón del Club de Industriales estaba decorado con miles de luces blancas, creando la ilusión de un bosque encantado. La élite de la ciudad estaba allí, vestida con sus mejores galas.
Cuando Camila Elizalde entró, un murmullo recorrió el salón.
No llevaba un vestido ostentoso ni joyas llamativas. Llevaba un sencillo vestido de seda color perla que se adhería a su figura con una elegancia discreta. Su cabello estaba recogido en un moño bajo, y su único adorno era un par de pendientes de diamantes que brillaban como estrellas.
No era la belleza llamativa de Valeria Campos. Era una belleza serena, atemporal, que emanaba una confianza que no necesitaba gritar para ser escuchada.
Fernando Beltrán, el anfitrión de la noche, la vio desde el otro lado del salón y una sonrisa iluminó su rostro. Dejó al grupo de empresarios con el que estaba platicando y se abrió paso entre la multitud para recibirla personalmente.
—Camila. Estás... espectacular.
—Gracias por la invitación, Fernando. El lugar está precioso.
Su interacción, cálida y familiar, no pasó desapercibida.
Mientras tanto, un círculo de personas se había formado alrededor de Camila y David.
Eran los directores ejecutivos de algunas de las empresas tecnológicas más importantes del país.
—Señorita Elizalde, soy Alberto Garza, de OmniTech —dijo un hombre mayor, extendiendo su tarjeta—. Su trabajo en "Nexus" es revolucionario. Si alguna vez considera un cambio de aires, mi puerta está siempre abierta. Y nuestro presupuesto es... ilimitado.
Antes de que Camila pudiera responder, otro hombre se unió a la conversación.
—No la escuche, señorita Elizalde. En Innovatec, le ofreceríamos no solo un sueldo de ocho cifras, sino control creativo total.
David Romero observaba la escena con una sonrisa de suficiencia, como un orgulloso curador de arte cuya obra maestra finalmente es reconocida por el mundo.
—Caballeros, me temo que la señorita Elizalde no está en el mercado —intervino, poniendo una mano protectora en el hombro de Camila—. Su genio pertenece a Axon AI.

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