~MINA~
Una luz blanca me explotó frente a los ojos al mismo tiempo que un golpe ensordecedor pareció partirme la cabeza desde dentro. Perdí el equilibrio y choqué contra la pared, llevándome las manos a los oídos aunque ya no escuchaba nada salvo un pitido agudo que borraba el mundo.
Parpadeé desesperadamente, pero apenas conseguía distinguir manchas, sombras moviéndose entre destellos blancos y una neblina ligera que flotaba en el departamento.
Entonces empezaron los disparos.
Los percibí más como golpes sordos que como detonaciones. Una figura grande, oscura y armada apareció por la puerta.
Uno de los hombres intentó levantar la pistola hacia ella y cayó antes de conseguirlo. Otro se lanzó hacia un costado buscando cubrirse, pero la sombra giró con él y volvió a disparar. Vi un cuerpo desplomarse contra el suelo, después otro. Todo ocurría demasiado rápido para que mi cerebro aturdido pudiera seguirlo.
Yo seguía pegada a la pared, respirando con dificultad y tratando de obligar a mis ojos a enfocar mientras aquella figura avanzaba por el departamento con una violencia aterradora.
Durante varios segundos no supe quién era.
Después lo reconocí.
Reconocí ese cabello claro, el tamaño de su cuerpo, los tatuajes que alcanzaban a distinguirse debajo de la ropa.
—Artem... —susurré, aunque ni siquiera sabía si había conseguido pronunciar su nombre.
Él terminó de acercarse y me sujetó por los hombros. Sus labios se movieron, pero el pitido continuaba ocupándolo todo.
Fruncí el ceño, tratando de entenderlo, y Artem volvió a hablar mientras recorría rápidamente mi cuerpo con la mirada, comprobando si estaba herida.
—¿Puedes caminar?
Esta vez alcancé a escucharlo.
Asentí.
—Sí... creo.
No me dio tiempo para explicar nada. Pasó uno de mis brazos alrededor de sus hombros, me rodeó la cintura con el suyo y prácticamente cargó parte de mi peso antes de comenzar a sacarme de allí.
Giré la cabeza.
El hombre al que había apuñalado estaba muerto con una bala en la frente y aquella posibilidad había muerto junto con él, aunque seguía clavada dentro de mí.
—Vamos —ordenó Artem.
Me obligué a avanzar.
Salimos al pasillo y el estómago se me revolvió. Había dos hombres tirados cerca del ascensor y otro más algunos metros adelante. Uno tenía un disparo justo en la cabeza. El otro estaba boca abajo, con una mancha oscura extendiéndose bajo su cuerpo.
Artem había tenido que abrirse camino hasta llegar al departamento y, viendo aquello, entendí que no quería saber exactamente cuántos hombres se había encontrado antes de aparecer detrás de aquel artefacto.
Mi pie dolía cada vez más. La adrenalina me permitía apoyarlo, pero cada paso enviaba una punzada hacia arriba y tuve que recargarme todavía más en Artem mientras él me llevaba hasta el ascensor.
Entramos y golpeó el botón de la planta baja antes de colocarse delante de mí, arma en mano, atento a las puertas mientras descendíamos.
—¿Estás herida en alguna otra parte?
—No.
Mi propia voz me pareció extraña.
Artem me miró apenas de reojo.
—¿Segura?
—Sí.
Las puertas se abrieron y todo ocurrió otra vez.
Un hombre armado apareció desde uno de los costados del vestíbulo y Artem me empujó inmediatamente detrás de él.
Escuché un disparo mucho más claro esta vez. El hombre cayó. Otro surgió cerca de la entrada, levantando el arma, y Artem respondió antes de que pudiera apuntar correctamente. Dos detonaciones rápidas y el segundo cuerpo terminó contra el suelo.
—¡Muévete!
Me agarró nuevamente y seguimos.
El vestíbulo era un caos. Había gente corriendo hacia las salidas, alguien gritaba desde detrás del mostrador y otras personas se escondían donde podían mientras nosotros atravesábamos aquel desastre.
Afuera tampoco era mejor. Gritos, motores, personas alejándose del edificio y el eco de los disparos todavía flotando en el aire. Artem prácticamente me arrastró hacia un automóvil estacionado en medio de la calle, abrió la puerta del copiloto y me ayudó a entrar antes de rodear el vehículo.
Se sentó al volante y arrancó.
No le pregunté nada.
Durante varios minutos solo existieron el ruido del motor, mi respiración y las miradas constantes de Artem hacia los espejos. Conducía rápido, cambiando de calles y observando cada automóvil que aparecía detrás de nosotros. Yo tenía ambas manos apretadas sobre mis piernas y apenas sentía el dolor del pie porque mi cabeza seguía atrapada en el departamento.
Podía ser una mentira.
Tenía que ser una mentira.
Pero ¿y si no?

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Alguien me puede explicar como del 88 salta al 89 del futuro como asi que Lexia esta embarazada de nuevo...
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...