La noche era gélida, salpicada de estrellas frías.
Clara Luna yacía en la cama del hospital, con la mirada perdida en el televisor.
—Hoy, Selena Luna y el heredero de la familia Morales, Eduardo, se unieron en matrimonio. Esta boda costó trescientos millones de pesos y ha sido un evento verdaderamente insuperable...
—Con la unión de la familia Luna y la familia Morales, ambas corporaciones se fortalecen y sus acciones no dejan de subir...
Las noticias mostraban un derroche de flores y un ambiente sumamente festivo.
Clara vio a los novios vestidos de gala.
También vio a cuatro jóvenes con trajes negros: eran sus cuatro hermanos de sangre.
Ella, su propia hermana mayor, llevaba diez años postrada en una cama de hospital, en vida pero sintiéndose muerta.
Y sus cuatro hermanos, sin embargo, asistían a la boda de sus enemigos.
Clara solo sentía frío.
Un frío que brotaba desde lo más profundo de sus huesos.
¡Tac, tac, tac!
El sonido de unos tacones resonó bruscamente en el pasillo y, acto seguido, la puerta de la habitación se abrió con violencia.
Clara levantó la vista, y en la comisura de sus pálidos labios se dibujó una sonrisa burlona:
—Tener tiempo para venir a verme en tu noche de bodas... Parece que Eduardo no da la talla en la cama.
Selena avanzó paso a paso.
Vio las cicatrices entrecruzadas en el rostro de Clara.
Durante todos estos años, cada vez que Selena estaba de mal humor, venía a este lugar y le hacía un nuevo corte en la cara.
—A pesar de que ya eres un monstruo, ¿por qué... por qué Eduardo sigue pensando en ti? —gritó Selena con el rostro desfigurado por la rabia.
Creía que su noche de bodas sería la velada más feliz de su vida.
Pero justo en su momento más íntimo, aquel hombre había pronunciado inconscientemente el nombre de Clara.
Decir el nombre de otra mujer en la cama.
Para ella, aquello era una humillación insoportable.


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