Clara cayó de la cama como una hoja marchita.
Se escuchó un golpe seco.
Un gran charco de sangre comenzó a brotar de su nuca.
La enfermera que estaba fuera entró corriendo, puso los dedos bajo la nariz de Clara y mostró una expresión de terror:
—La... la señorita Clara ya no respira...
En el rostro de Selena apareció un ligero atisbo de arrepentimiento.
Todavía no la había torturado lo suficiente; morir tan rápido era una verdadera lástima.
Dio unas palmadas para limpiarse las manos y ordenó con asco:
—Envuélvanla en una sábana y tírenla en cualquier barranco.
Esa perra merecía ser devorada por los perros callejeros y nunca descansar en paz.
Selena se dio la vuelta y salió de la habitación.
Apenas salió al pasillo, vio a lo lejos a un hombre en silla de ruedas que se acercaba.
—¿Qué haces aquí?
La voz de Selena rebosaba hostilidad.
Una sonrisa fría se dibujó en sus labios:
—Ahora estás en una silla de ruedas, sin poder volver a caminar por el resto de tu vida, todo gracias a Clara. ¡Y aun así vienes a verla!
Cristóbal apretó los labios y respondió con voz pausada:
—Sea como sea, es mi hermana de sangre. Soñé que le había pasado algo.
La burla de Selena se intensificó:
—¿Acaso necesito recordarte cómo murió tu madre?
—No solo yo soñé que le pasaba algo, ellos tres también lo soñaron. —Cristóbal apretó los dedos, con el rostro ligeramente pálido.
Selena se rio con frialdad.
¡Esa perra acababa de morir y sus cuatro hermanos soñaban al mismo tiempo que le pasaba algo!
¡Vaya conexión de hermanos, hasta tenían telepatía!
Le espetó con dureza:
Lo que vio frente a ella fue un rostro ligeramente envejecido que reconoció al instante: era el Mayordomo Zapata de la familia Luna.
Pero, ¿no había muerto el Mayordomo Zapata en aquel incendio hacía tantos años? ¿Cómo podía estar parado frente a ella?
—Señorita Clara, hemos llegado. La acompañaré adentro —dijo el Mayordomo Zapata con actitud respetuosa.
Clara levantó la vista para mirar la casa que tenía enfrente.
¡La Mansión Luna!
Ese era el hogar donde había crecido, pero después de que su madre muriera en aquel accidente automovilístico, la habían mandado al campo.
Poco después, Doña Blanca había entrado en la casa con Selena, instalándose y apropiándose lentamente de todo lo que le pertenecía a su familia...
Más tarde, cuando estaba a punto de cumplir los dieciocho años, aquella madrastra malvada la había traído de vuelta con dobles intenciones.
Clara se tocó el rostro; la piel estaba suave y perfecta.
Su largo cabello caía sobre sus hombros, mecido suavemente por el viento.
Sus piernas podían sostenerla y caminar, sus manos no tenían ninguna cicatriz...
¿Acaso... había retrocedido en el tiempo?

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