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La Luna no deseada por el Alfa romance Capítulo 299

La apreté contra mí.

—No sabemos qué va a pasar —le susurré entre el cabello—. Puede que tengas razón y la perdamos. —Los sollozos de Greta se intensificaron—. Pero también puede que ella enfrente una pérdida peor que esa. Puede que nos necesite cuando encontremos a las familias de todos los demás menos la de ella. De cualquier forma nos necesita, Gabriel nos necesita, Peyton y Landon nos necesitan. Tú tuviste a Ryker y yo tuve a Nan. Debemos darles a alguien en quien confiar ahora, sin importar cuál sea el resultado —le tomé la cara y le levanté la cabeza para que no pudiera evitarme—. Ya sea que tengamos que dejarla ir o soportar su adolescencia, lo haremos juntos, ¿sí? —Pregunté y esperé a que de verdad me mirara

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Sus ojos color chocolate estaban enmarcados por pestañas húmedas. Tenía la cara enrojecida y manchada por el llanto, pero yo creía que ese era el lado más hermoso que me había mostrado hasta entonces. Se quedó mirándome con las manos aferradas a mi camiseta, vulnerable. Había bajado la guardia por completo conmigo. Después de varios minutos largos, asintió.

—Voy a necesitar palabras, compañera. —Dejé que el gruñido de mi lobo tiñera mis palabras. Greta abrió los ojos de par en par. Se mordió el labio inferior mientras le deslizaba las manos hacia abajo para sujetarla de la cintura y acercarla aún más. Seguíamos demasiado lejos. Soltó aquella carne tentadora y pensé que iba a obedecer como buena chica, pero me sorprendió estampando los labios contra los míos. Aquel beso fue pura pasión. No estábamos apurados ni demasiado frenéticos por la fuerza de un vínculo de compañero negado durante demasiado tiempo. Era una promesa silenciosa. Me deseaba, estaba conmigo, confiaba en mí por completo.

Sin embargo, no tuve tiempo de pensarlo, porque Greta se puso de pie y me jaló de la mano. Me confundí cuando pasó de largo la escalera y se dirigió a la puerta trasera, pero no era tan tonto como para cuestionar su liderazgo. Me arrastró hasta el patio, bajó la breve escalera que llevaba al pequeño patio cubierto encajado en un nicho bajo la terraza principal. Quienquiera que hubiera construido aquella casa de la manada era un genio. Habían aprovechado cada nivel natural y cada grieta de la colina a su favor. Si alguien me pidiera describir la casa de la manada de Lago de Roble, no sé si podría darle sentido. Es decir, había una cascada que parecía surgir de la nada en el lado opuesto de la pared rocosa a la que nos acercábamos en ese momento.

Vi el destino de Greta: una hamaca columpio ancha, anidada tan adentro de la pared de roca como la formación lo permitía. Me jaló delante de ella sin decir una palabra, con una sonrisa perversa. Iba a disfrutar mucho de aquella hamaca.

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