Ben
No tenía del todo claro por qué tomaba semanas planificar un viaje a una manada que quedaba apenas a una hora de distancia. Había tantas formalidades que ya me estaban mareando. Tuvimos que negociar protección, la forma en que entraríamos al territorio, los horarios permitidos. Después vinieron las cosas en las que ninguno había pensado.
El Alfa James y mi padre nos pusieron a examinar mapas buscando lugares donde los rebeldes pudieran emboscarnos en el camino, y todos los puntos donde se habían reportado ataques. Para entonces conocía las fronteras de Garra Negra casi tan bien como las nuestras.
Cuanto más explicaban, más sentido tenía, pero eso no lo hacía menos intimidante. Se suponía que debíamos tomar toda la información que nos dieran con cautela. Creerla al verla con nuestros ojos, pero tampoco ignorarla. No había habido nuevos ataques desde que encontraron a un guerrero joven exhibido en la frontera oeste más lejana, pero Alfa David estaba convencido de que el problema tenía que ver con la transición de su hija para asumir el mando de la manada, y que aquello estaba lejos de terminar.
Dijo que explicaría más cuando llegáramos, lo cual no ayudaba a mi humor. Me gustaba planificar y estar preparado para cualquier situación; que me ocultaran información a propósito era una tortura para mí.
—¿Listo? —preguntó Jason, entrando a la oficina de mi padre y encontrándome inclinado sobre los mapas, otra vez.

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