—Estoy seguro de que eso fue trampa —rezongó Ryker con esa media sonrisa tan suya que casi le llegaba a los ojos.
—No es trampa, es que ella tiene más recursos que tú y sabe cómo usarlos —Danny me guiñó un ojo y no pude evitar reírme—. Y en serio me da coraje que, otra vez, me lo perdí.
No sonaba para nada enojado y su gesto de molestia era puro cuento.
Todos los guerreros se estaban riendo también, así que supuse que era bueno, pero yo solo tenía ojos para el Alfa. Se estaba limpiando la sangre del labio con el pulgar. ¿Por qué se veía tan atractivo haciendo eso? Entonces me dedicó una sonrisa maliciosa, como si supiera lo que estaba pensando.
Le puse los ojos en blanco, lo que hizo que se riera entre dientes con un sonido ronco que me provocó un escalofrío en la boca del estómago. Malditas hormonas. Maldito alfa guapo.
Terminamos el entrenamiento poco después; todos seguían hablando de cómo le habían ganado al Alfa. Yo no le gané, ni de cerca, pero supuse que me quedaría con el crédito, ya que él ni siquiera había sudado. Estaba segura de que había podido repasar su agenda del día mientras practicaba conmigo.
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Llegamos a su camioneta, que estaba altísima. Yo medía uno sesenta y cinco, una estatura promedio, y el estribo me llegaba a la cadera. ¿Quién hacía una camioneta tan grande? Era ridículo. Pero no podía negar que era preciosa. Aquel vehículo era de un negro impecable con los vidrios polarizados. Brillaba como si la acabaran de lavar y, aparte de estar levantada, no tenía ningún otro adorno exagerado. Gritaba lujo por todos lados.
Me abrió la puerta y lo miré arqueando las cejas. Su respuesta fue levantar una sola de las suyas y señalar el interior con la cabeza. Volví a poner los ojos en blanco y trepé por el estribo, que parecía un juego de parque. Fue un proceso lento, pero no me trató con condescendencia intentando ayudarme; solo esperó con paciencia. Cuando por fin me senté, cerró la puerta sin decir palabra.
Adentro también era enorme, como todo lo que tenía que ver con el Alfa Ryker, al parecer. Los interiores eran de piel gris oscuro y se sentían suavísimos. Podía dormir allí con mucha comodidad. Me eché hacia atrás, cerré los ojos y respiré hondo para intentar calmarme, pero fue un error. Su olor inundaba la camioneta. Era como si nadie más hubiera estado allí nunca. Solo olía a él, ni siquiera se percibía olor a comida. Me pregunté si sería nueva. Todo mi cuerpo tembló al dar otra inhalación, como si fuera una adicta.

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