Ryker
—Por favor, dime algo. Ya me van a sangrar los oídos y ella lo sabe —se quejó Josh—. Podríamos usarla para tácticas de tortura. En serio. Lo que sea. Déjame decirle algo. Me da igual si le hablo de esas malditas calcomanías, solo deja que le hable.
—No. No la conozco lo suficiente para saber si se le puede confiar la información más básica. Y todos ustedes se mueren por darle gusto. En cuanto los pone a hablar, quién sabe qué tanto va a terminar sonsacándoles. Ya había atrapado a Bennet en el desayuno aquella mañana.
—¿Te refieres a su cita? —intervino Danny. No entendía por qué creía que aquel era un buen momento para sacarme de quicio.
—No fue ninguna maldita cita. Y logró que le dijera todos los detalles de seguridad en cuestión de segundos.
—Es algo que debería saber. Sobre todo si me pasa algo. Necesita saber que hay alguien más cerca para sentirse segura —repuso Bennet.
Era demasiado blando con ella. Debería haberle bastado con saber que había equipo asignado para protegerla y quedarse tranquila con eso.
—Las reglas sobre nuestra Luna son información restringida por una razón. Ahora puede decirle a cualquiera que la escuche cuántos lobos la están siguiendo en todo momento. Ni siquiera puede quedarse callada en el auto un par de horas. ¿Quién nos asegura que no va a irse de la lengua con el primero que se encuentre?
—Tal vez si nos dejaras hablar con ella, no sentiría la necesidad de hablar con extraños.
Sentía que iba a terminar dándole un golpe en la garganta a Bennet antes de que acabara el día. Josh interrumpió mis pensamientos.
—Esto es definitivamente una forma controlada de tortura. Sabe lo que hace. Estoy a punto de seguir su ejemplo y saltar por la ventana.
Puse los ojos en blanco mientras el resto del equipo se reía en mi mente. Mi Beta no solía ser tan exagerado, pero al menos ella sabía cómo defenderse. Tuve que contener una sonrisa ante lo brillante y estúpida que resultaba la situación.
Bennet habló con cautela. Venía por el flanco izquierdo, junto al auto de ella. Ya tenía una debilidad por Kennedy. Suponía que era de esperarse, ya que era su Gamma, pero resultaba inquietante lo fácil que ella lo manipulaba.
—Gracias, Rick. Coordínate con los otros conductores y asegúrate de que se estacionen hasta el fondo del edificio para establecer un perímetro. La Luna va a bajar para estirar las piernas.
—Sí, señor.
Les avisé por el enlace mental al resto del equipo lo que estaba pasando. Kennedy había preferido quedarse en el auto en cada parada que habíamos hecho, pero aquella vez no le daría opción. Si estaba tan aburrida que estaba volviendo locos a todos, necesitaba salir y moverse. No dejaría que actuara como una niña y los distrajera; allí era cuando las cosas solían ponerse feas.
Entramos en un parador que era territorio neutral y que administraban varias manadas. No debería haber problemas allí, pues aquello sería perjudicial para todos, pero era el lugar ideal para que un enemigo calculara nuestra cantidad de guerreros y planeara un ataque más adelante. Al quedarnos cerca de la entrada trasera, podíamos ocultar a parte de nuestra manada y, lo más importante, la presencia de Kennedy.
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Yo nunca viajaba con mujeres que no fueran de mi equipo de guerreros. Ni siquiera mi madre viajaba en el mismo vehículo que yo, así que tener a Kennedy en mi auto habría sido una invitación directa para que alguien nos atacara. No hubo tiempo de explicarle la situación antes de irnos, y no era que hubiera hecho mucha diferencia; era demasiado inmadura para eso. Necesitaba ir separada de mí para no llamar la atención. No iba a poner la vida de nadie en peligro solo porque mi lobo no había sido capaz de dejarla atrás.

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