Escuché más gruñidos y luego un golpe contra el costado de nuestro auto que nos hizo tambalear de un lado a otro. Jeeves maldijo entre dientes, pero mantuvo la velocidad mientras corregía el volante para evitar que nos volcáramos. Si quisiera, él podría haber trabajado como doble de acción en el cine.
—¡Carajo! —grité en cuanto una cabeza ensangrentada chocó contra la ventana que tenía a un lado. Segundos después, el cristal de la parte trasera estalló. Me agaché para cubrirme de los vidrios y otro impacto contra el auto nos hizo dar vueltas. Esa vez todos gritamos, pero Jeeves hizo su magia para controlarnos en medio del derrape.
—No te muevas de aquí, ¿entendiste? Por nada del mundo. Espera a que uno de nosotros te saque, ¿te queda claro? —me gritó Danny con la mirada desencajada desde el asiento delantero.
—Sí, entiendo.
Me sacudí algunos cristales de encima mientras ellos dos saltaban del auto. Me quedé hecha una bolita junto a la puerta durante lo que parecieron horas, aunque seguro fueron apenas unos minutos. Escuchaba el crujir de las mordidas y los gruñidos; el sonido del pelaje siendo desgarrado y los quejidos de los lobos heridos.
No lograba distinguir quién era quién y esa duda me estaba volviendo loca, pero tampoco me atrevía a mirar. El hecho de que nadie hubiera revisado el auto en ese momento en que estaba detenido era una buena señal; significaba que no sabían que yo estaba allí, y aquello me mantenía con vida.
De pronto, un gruñido vibrante rasgó el aire, sacudiendo el auto y calándome hasta los huesos. Era Ryker. Escuché unos ruidos más y luego, silencio total. Sentí como si me hubiera quedado sorda, hasta que escuché el chillido de la puerta al ser arrancada de pronto y caí en unos brazos.
Solté un grito, pero escuché una voz:
—Está bien.
Era Bennet. Él me había encontrado. Estaba a salvo.
Empecé a acurrucarme contra él mientras la adrenalina me hacía temblar, pero otro gruñido hizo que Bennet me pusiera de pie. Me tambaleé un poco, parpadeando para enfocar la mirada, hasta que sentí un hormigueo en los brazos y me encontré con una mirada verde encendida.
—Estás sangrando —dijo él con voz tosca y llena de fastidio.
—No revisamos tu maleta a fondo, podría haber un rastreador en cualquier parte.
—¿Entonces por qué no siguieron atacando el auto? Si venían por mí, fue un error no intentar sacarme en cuanto nos detuvimos, ¿no crees?
Él temblaba de ira. No le gustaba que lo cuestionaran, pero yo no era parte de su manada ni su subordinada; no podía callarme. Sin embargo, mi intención no era hacerlo enojar; solo trataba de entender qué estaba pensando y cuál era el motivo de los atacantes.
Sentí un deseo enorme de estirar la mano y tocarle el brazo para intentar calmarlo. Me moví por instinto, pues no tenía nada más a lo que aferrarme en aquel momento. Mis dedos rozaron el vello de su brazo y sentí que empezaba ese hormigueo, pero él se apartó antes de que pudiera hacer contacto. Sentí un vacío. Me sentí peor que cuando vi a Jeremiah nombrar a Rayna como parte de Creciente Plateado.
Bennet debió notar mi cambio de ánimo porque se puso a mi lado de inmediato, pasándome un brazo por los hombros para sostenerme. De repente me sentí agotada. No puse mucha atención a lo que pasó después. Me subieron a un auto con cuatro guerreros: dos al frente y dos conmigo en el asiento de atrás. Alguien me dio una manta y me quedé dormida.

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