—No. No es seguro para alguien como... No es seguro para ti. No por ahora.
Le brillaron los ojos. Si no hubiera sabido que era humana, habría jurado que su loba estaba lista para arrancarme la garganta.
—¿Alguien como yo? Ibas a decir “alguien como yo”, ¿verdad? ¿A qué te refieres exactamente?
Casi estaba susurrando y yo sabía que aquello era una señal de peligro.
No tenía mucha experiencia con las hembras más allá de mi hermana y mi madre; no era de tener relaciones. Y aquello se sentía como una trampa. Pero tampoco podía estar por ahí de vaga. Había tenido suerte la última vez que estuvo allí de no perderse o salir lastimada.
—No puedes ir por donde se te antoje en esta manada.
—Y yo no puedo estar aquí encerrada. Deja que aprenda por dónde moverme —dijo ella, levantando la voz.
—Quédate cerca de la casa por ahora. Bennet y yo podemos armar un plan para presentarte y que te familiarices con las zonas seguras. Pero eso va a tener que esperar. Tengo otras cosas que resolver en este momento. Quédate en la casa hasta que te diga lo contrario.
Hice lo posible por no enojarme ante su terquedad. Mi lobo era un caos; entendía lo que yo quería, pero también estaba dispuesto a echarse panza arriba y hacer lo que fuera que ella dijera con tal de verla feliz.
—¿Acabas de intentar usar un comando de Alfa para que me quede en la casa? —En ese momento, ella estaba furiosa.
Tal vez lo había hecho, aunque no se lo diría. Había valido la pena intentarlo, pero no iba a admitirlo bajo la mirada que me estaba lanzando. Se acercó a mí y me picó el pecho con el dedo.

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