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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 142

Cristóbal había salido a fumarse un cigarro. Apenas iba encendiendo el fuego cuando vio a Josefina pasar por el pasillo junto a otro hombre.

Esa postura... ¿no se veía un poco comprometedora?

¿Por qué lo iba agarrando del brazo?

¡Y ese güey no era Benjamín!

¡Benjamín estaba en su mesa!

Cristóbal ni siquiera le dio la primera calada al cigarro. Dio media vuelta, regresó al reservado, se inclinó hacia su amigo y le susurró:

—Benjamín, acabo de ver a Josefina. Iba con otro tipo...

Benjamín levantó la mano para interrumpir a la persona con la que estaba platicando, se puso de pie de golpe y, con una mirada tan afilada como un cuchillo, le ordenó:

—Acompáñame afuera.

Cristóbal sintió un escalofrío en la nuca.

¡Que no lo malinterpretara!

¡Él no le estaba inventando chismes a su esposa!

Lo siguió a toda prisa y, una vez en el pasillo, le soltó exactamente todo lo que acababa de presenciar.

La tensión en la mirada de Benjamín bajó de intensidad y preguntó con voz grave:

—¿Hacia dónde fueron?

Cristóbal apuntó con el dedo.

—Por allá.

Benjamín giró sobre sus talones y avanzó en esa dirección.

El problema era que el pasillo estaba repleto de salones privados. ¿Acaso pensaba revisar uno por uno?

Pues adivinen qué...

Resulta que sí lo hizo.

Cristóbal, caminando detrás de él, soltó un suspiro de resignación.

—Oye, Benjamín... ¿y si mejor checamos las cámaras de seguridad?

Benjamín se volteó a mirarlo.

—Es una excelente idea. Ve tú a pedirlas.

Cristóbal volvió a sentir esa atmósfera helada y prefirió mantener la boca cerrada.

***

Los dos hombres cerraron la puerta a sus espaldas. Uno de ellos se abalanzó sobre ella, agarrándola de los brazos para aventarla contra el sillón.

—Acabamos de salir de la cárcel y la neta estábamos muy aburridos, así que vinimos a buscar algo de diversión —se burló el sujeto—. Hoy es tu día de suerte, chula. Te tocó encontrarte con nosotros y te prometo que te la vas a pasar increíble.

Mientras el primer hombre la inmovilizaba contra los cojines, el otro empezó a jalonearle la ropa.

Una expresión de puro pánico invadió el rostro de Josefina.

—¡Suéltenme! ¡Déjenme en paz! ¡No me toquen, les puedo dar todo el dinero que quieran!

—Ay, pero qué aburrido sería eso.

Acorralada en el sillón, los forcejeos de la joven eran cada vez más débiles.

¡Pum!

De repente, la puerta del baño se abrió de un portazo. Mauro salió apresurado, encarándolos.

—¡Suéltenla en este instante!

—¡Órale! ¿También nos trajo a su padrote? —se burló uno de los atacantes, soltando una carcajada, y sin pensarlo dos veces le acomodó una fuerte patada en el estómago.

El impacto mandó a Mauro directamente al suelo, retorciéndose de dolor. Sin embargo, hizo un esfuerzo sobrehumano, logró incorporarse y le lanzó un puñetazo en toda la cara a su agresor.

El tipo, que no se esperaba la respuesta, se quedó pasmado unos segundos.

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