Cristóbal había salido a fumarse un cigarro. Apenas iba encendiendo el fuego cuando vio a Josefina pasar por el pasillo junto a otro hombre.
Esa postura... ¿no se veía un poco comprometedora?
¿Por qué lo iba agarrando del brazo?
¡Y ese güey no era Benjamín!
¡Benjamín estaba en su mesa!
Cristóbal ni siquiera le dio la primera calada al cigarro. Dio media vuelta, regresó al reservado, se inclinó hacia su amigo y le susurró:
—Benjamín, acabo de ver a Josefina. Iba con otro tipo...
Benjamín levantó la mano para interrumpir a la persona con la que estaba platicando, se puso de pie de golpe y, con una mirada tan afilada como un cuchillo, le ordenó:
—Acompáñame afuera.
Cristóbal sintió un escalofrío en la nuca.
¡Que no lo malinterpretara!
¡Él no le estaba inventando chismes a su esposa!
Lo siguió a toda prisa y, una vez en el pasillo, le soltó exactamente todo lo que acababa de presenciar.
La tensión en la mirada de Benjamín bajó de intensidad y preguntó con voz grave:
—¿Hacia dónde fueron?
Cristóbal apuntó con el dedo.
—Por allá.
Benjamín giró sobre sus talones y avanzó en esa dirección.
El problema era que el pasillo estaba repleto de salones privados. ¿Acaso pensaba revisar uno por uno?
Pues adivinen qué...
Resulta que sí lo hizo.
Cristóbal, caminando detrás de él, soltó un suspiro de resignación.
—Oye, Benjamín... ¿y si mejor checamos las cámaras de seguridad?
Benjamín se volteó a mirarlo.
—Es una excelente idea. Ve tú a pedirlas.
Cristóbal volvió a sentir esa atmósfera helada y prefirió mantener la boca cerrada.
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