Se detuvo junto a la cama, observándolo inconsciente.
En ese momento se veía sumamente frágil.
Ya no quedaba rastro de ese aire arrogante e imponente de siempre, y en ese estado, no podría hacer nada para lastimarla.
Apretó con fuerza la almohada.
Era un desgraciado.
La había hecho amarlo tanto para luego hacer que lo odiara con esa misma intensidad.
Toda su felicidad y toda su desgracia eran su culpa.
Las emociones de Josefina se alborotaron, pero, al final, bajó la almohada.
Simplemente no fue capaz de hacerlo.
Solo quería divorciarse, quería alejarse de él, no verlo muerto.
Después de todo, ¡era el hombre al que había amado durante ocho años!
Retrocedió lentamente y se dejó caer en una silla.
El hombre, sumido en la inconsciencia, no se percató de nada de aquello.
A las tres de la mañana, Benjamín se despertó por el dolor. Abrió los ojos y, por puro instinto, miró a su lado.
Cuando él había llegado, ella todavía no estaba en casa.
Pero ahora, en la penumbra, logró distinguir una figura encogida en un rincón.
Estaba abrazándose a sí misma, igual que una niña pequeña buscando refugio.
Benjamín tenía los ojos rojos y seguía respirando con dificultad. La fiebre había cedido un poco, pero el tormento en la espalda seguía tan intenso como al principio.
Aprovechando la poca luz, se dedicó a contemplar su rostro dormido, sintiendo que nunca se cansaría de mirarla.
Al día siguiente.
Josefina se despertó sintiendo un calor sofocante.
Abrió los ojos y descubrió que estaba atrapada en un abrazo.
Era cómodo, sí, pero el corazón le dio un vuelco y, de inmediato, empujó a la persona que la sostenía.
Benjamín había estado recostado de lado. Con el empujón brusco terminó bocarriba; en un instante se le desencajó la cara de dolor y empezó a sudar en frío.
—Jose...
—Me duele mucho —murmuró él con la voz completamente ronca.
Josefina no supo qué responder.
Su expresión se volvió sombría.
—Te acompaño el lunes —continuó él—. Claro, siempre y cuando no dejes que me muera en esta cama.
Solo decir esas palabras pareció costarle un gran esfuerzo. Cerró los ojos mientras la frente se le llenaba cada vez más de sudor frío.
Josefina apretó los puños. Tardó un buen rato en acercarse para ayudarlo a ponerse boca abajo.
Fue entonces cuando descubrió que las heridas se le habían abierto otra vez.
La sangre empapaba los vendajes y era una imagen terrible.
Sintió de nuevo ese nudo en el corazón, pero su rostro no mostró ninguna emoción evidente.
Siguiendo las instrucciones del médico, procedió a limpiarle las heridas y colocarle nuevas vendas. El problema fue que, para poder vendarlo correctamente, él tenía que estar sentado, y ella no tenía la misma fuerza que el doctor.
—Ayuda un poco y levántate —le dijo con voz tajante.
Benjamín la miró con intensidad en los ojos.
—Ayúdame a sostenerme entonces.
Josefina no lo pensó dos veces y extendió los brazos para agarrarlo de los hombros. Pero, al instante siguiente, el pesado cuerpo de él cayó sobre ella, inmovilizándola en la cama, mientras su aliento ardiente la envolvía por completo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte