Un aroma familiar la envolvió por completo. Reconoció al instante a la persona que estaba a su lado.
Se levantó de golpe y encendió la luz. Vio a Benjamín acostado boca abajo sobre la cama, cubierto a medias con las sábanas. Tenía el rostro inusualmente rojo y los ojos entrecerrados; parecía estar delirando.
—Si te vas a morir, vete a hacerlo a otro lado.
A Josefina le dio mucho coraje verlo. ¡La había engañado una y otra vez, y ahora venía a asustarla!
Sin embargo, el hombre boca abajo no le hizo caso; su respiración era muy pesada.
Josefina frunció el ceño con fuerza.
Recordó la temperatura que había sentido cuando él la tocó con el brazo.
Apretó los labios y extendió la mano para tocarle la frente. ¡Estaba ardiendo!
Al acercarse un poco más, también alcanzó a percibir un ligero olor a sangre.
Su expresión se tensó aún más. Apartó la sábana de un tirón y, al ver lo que había debajo, sus pupilas se dilataron por el impacto.
¡Tenía el torso envuelto en gruesas capas de vendajes, y la sangre ya se había filtrado por la parte de la espalda! La mancha rojiza cubría casi por completo esa zona.
Josefina sintió que el corazón se le encogía. A toda prisa, sacó su celular y llamó al médico de la familia.
El doctor llegó rápido. Lo examinó, le limpió las heridas, le puso vendajes nuevos y se quedó a su lado para colocarle el suero.
Josefina observó todo el proceso desde un rincón. Cuando le quitaron las vendas, pudo ver las marcas entrelazadas que cruzaban su espalda, todavía sangrantes.
¡Por un instante, sintió que le faltaba el aire!
El médico también sudaba a mares. Cuando terminó, le entregó unas cajas de medicamentos a la mujer y le dijo:
—Señora Gutiérrez, dele esto al señor Gutiérrez en cuanto despierte. Ya marqué el orden de estas botellas de suero para que se las cambie. Su dieta debe ser ligera y no puede mojarse las heridas por nada del mundo.
Con una expresión indescifrable, Josefina tomó la medicina. En cuanto el médico se fue, le marcó a Cristóbal.
Si él hubiera aceptado divorciarse desde antes, ¿acaso ella habría tenido que llegar a tanto?
Solo lo estaba presionando. Primero, para que le diera el divorcio; y segundo, para que él mismo se diera cuenta de sus verdaderos sentimientos.
Para ella era obvio que él ya prefería a la otra mujer, pero era demasiado terco para admitirlo.
Así que simplemente le había echado una mano para aclararle las cosas.
—Ay, Dios... —suspiró Cristóbal—. Llevan ocho años juntos, Josefina. Yo vi de primera mano por todo lo que pasaron para estar juntos. Es imposible que él se fije en Magdalena, todo esto lo hace únicamente por Alberto. ¿No puedes darle otra oportunidad?
—No.
Josefina terminó la frase y colgó.
A esas alturas de la madrugada, la luz de la luna bañaba el exterior con suavidad, pero dentro de la habitación la atmósfera era sofocante y pesada.
Josefina se quedó mirando fijamente al hombre, que ardía en fiebre. Tomó una almohada y caminó despacio hacia él.

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