—¡¿Qué estás haciendo?!
La cara de Josefina se llenó de indignación e intentó quitárselo de encima con ambas manos, pero él pesaba demasiado y le fue imposible moverlo.
—Jose... —murmuró Benjamín con la respiración pegada al cuello de ella. Su voz sonaba ronca e íntima—. Me duele.
La respiración de Josefina se volvió temblorosa.
Cerró los ojos y replicó con sarcasmo:
—¿Y qué vas a ganar con hacer esto?
Benjamín no respondió. Solo apretó ligeramente los brazos, aferrándose al cuerpo de ella.
Hasta antes de su aniversario, todavía mantenían un ambiente armonioso. Había cierta intimidad; se abrazaban y se besaban como de costumbre.
¿Y ahora? ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? Solo un par de días.
Tenía una sensación muy extraña. El simple hecho de volver a abrazarla llenaba instantáneamente ese vacío que había sentido en su interior.
Su aliento, su olor, todo de ella le resultaba maravillosamente familiar.
Rozó su cuello con los labios y le dejó marcas rojizas en la piel sensible.
Josefina se quedó mirando fijamente el elegante techo de la habitación. Aunque su cuerpo entero temblaba, mantenía la mente completamente fría y lúcida.
—Has ido tantas veces a ver a Magdalena... ¿Hasta dónde han llegado? ¿Ya hiciste con ella todo lo que has hecho conmigo?
El hombre se tensó en medio del beso y, acto seguido, la mordió con fuerza en la clavícula.
El dolor agudo la hizo hacer una mueca, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Josefina, ¿acaso no tienes corazón? —le reclamó él, mirándola con los dientes apretados—. ¡Solo me encargo de Alberto! A esa mujer ni siquiera le he prestado atención.
—Pero no te creo —respondió Josefina con una sonrisa desolada—. Benjamín, tú ya la prefieres, pero todavía no te has dado cuenta.

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