Como el teléfono estaba en altavoz, Andrés también escuchó el mensaje automático. Abrió los ojos desmesuradamente, incapaz de asimilarlo.
—¡Malagradecida! ¡Esa basura cambió su número de teléfono! ¡Solo te estuvo mintiendo para zafarse! ¡Jamás tuvo la intención de venir a verte!
El rostro de Jimena perdió todo color. Se quedó petrificada mirando el celular. De repente, fue sacudida por un violento ataque de tos que desgarró sus pulmones y terminó escupiendo una bocanada de sangre, para después desplomarse inconsciente.
—¡Jimena! ¡Jimena!
Aunque un segundo atrás Andrés solo quería insultarla y culparla por el fracaso, al verla desmayada y cubierta de sangre, se acercó desesperado. La zarandeó varias veces, pero, al no obtener respuesta, sacó su teléfono y llamó al número de emergencias.
Jimena no podía morirse. Si ella moría, no le quedaría ni una sola excusa para acercarse a Magdalena ni a Josefina.
Por mucho que estuvieran resentidas, ambas le guardaban al menos un poco de cariño a la mujer que las había criado.
Por lo tanto, ¡estaba prohibido que se muriera!
...
Medio mes después, las sesiones de entrenamiento habían convertido el temple de Josefina en uno mucho más sereno y letal.
Al salir del sótano y respirar el aire fresco de la superficie, encontró a Luisa ayudando a su abuela a caminar por el jardín.
La joven empleada le sonreía con ternura mientras la anciana señalaba cosas con curiosidad: a veces el cielo, a veces las flores. Estaba de muy buen humor.
Su deterioro cognitivo y lentitud mental eran irreversibles, pero al menos su estado anímico mejoraba día con día.
—Abuela.
Josefina caminó hacia ellas, saludándola con una sonrisa radiante.
—Jose...
La abuela tardó unos segundos en reaccionar, volteó lentamente y dijo:
—Mira allá. Los jazmines ya florecieron.
Josefina dirigió su mirada hacia los arbustos de flores blancas que adornaban el jardín, resplandecientes bajo la luz de la mañana. Eran hermosas.
Se acercó a la anciana y le preguntó con dulzura:
—¿No estás cansada de caminar?
Tras una larga pausa, la anciana negó.
—No. El aire es muy fresco y el solecito calienta mis huesos.
Se detuvo un momento antes de agregar:
La miraba con los ojos rebosantes de luz mientras le acercaba la delicada trenza floral.
—Es preciosa.
Sin previo aviso, Josefina le colocó la corona de flores en la cabeza.
—Y solo le queda bien a las mujeres más bellas.
La abuela tardó unos segundos en procesarlo y luego le dio un suave golpecito en la frente a su nieta.
—Ay, tú. A mi edad, ¿de qué belleza hablas?
—No me importa lo que digas. ¡Para mí eres la mujer más guapa de todo el mundo!
Las risas alegres llenaron cada rincón del jardín.
Benjamín, que acababa de entrar por la puerta principal, escuchó la dulce melodía. Se quedó quieto en la esquina del patio, observando a escondidas cómo reían juntas, compartiendo un momento íntimo en el que él parecía sobrar.
Sus ojos oscuros se nublaron con tristeza y rencor.
Desde aquel día que regresaron de la propiedad en las afueras, él salía temprano por las mañanas y volvía a altas horas de la noche, aguantando la respiración, esperando con amargura que ella fuera a buscarlo. Pero la realidad lo golpeaba de frente. A Josefina no le importaba. De hecho, parecía que deseaba que él no regresara nunca a casa.

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