Josefina mantuvo un semblante indiferente.
—¿Cómo le voy a guardar rencor? Los diez millones ya están en mi cuenta, no me voy a pelear con el dinero.
Jimena la miró con cierta tristeza.
—Entonces, ¿vienes a cenar a la casa esta noche? Hace mucho que no nos visitas.
—No —rechazó Josefina tajantemente—. Si voy, solo terminarán enojados conmigo, mejor no voy.
El rostro de Jimena se llenó de angustia.
—Jose, dices que no guardas rencor, pero con esto me demuestras que sigues resentida con nosotros.
Josefina la observó en silencio por un momento antes de responder:
—Mamá, siendo la hija biológica de la familia León y habiendo soportado tantos tratos injustos, ¿acaso no tengo derecho a estar resentida?
Jimena se quedó sin saber qué contestar.
Josefina desvió la mirada hacia lo lejos, con los ojos perdidos en la distancia, y dijo con calma:
—Mejor mantengamos la fiesta en paz, solo de manera superficial. No esperemos demasiado de la otra, o terminaremos decepcionadas de nuevo.
Tras decir esto, dio media vuelta y subió al coche.
Jimena se quedó paralizada en su lugar, mirándola con mucha confusión e impotencia.
Josefina no volvió a mirarla, simplemente le dijo a Silvia:
—Vámonos.
Cuando ya se habían alejado un poco, Silvia la miró y le preguntó:
—Jose, ¿estás bien?
Josefina sonrió restándole importancia.
—Ya me acostumbré.
Desde que se dio cuenta de que sus padres siempre iban a preferir a Magdalena, se había ido blindando emocionalmente para no hacerse falsas ilusiones.
A Silvia le dio mucha tristeza verla así; le apretó la mano y dijo:
—Hoy es un día para estar felices. No solo recuperaste tu trabajo, sino que ganaste diez millones. Cada día eres más rica, ¡tenemos que ir a festejar!
Josefina asintió.
—Va, ¿cómo quieres celebrar?
Silvia soltó una carcajada.
—¡Vamos a comer rico, a tomar algo y después pedimos a ocho chavos bien guapos en un spa!

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