—¡Tú! —El rostro de Andrés se veía terrible.
En ese momento, Silvia intervino:
—Es obvio que Magdalena ha estado provocando todo este tiempo, ¿cómo es que al final nuestra Jose es la que termina regañada y golpeada? Señor León, es usted muy injusto.
Andrés la fulminó con la mirada.
—¿Y a ti qué te importa?
Silvia encogió los hombros y murmuró:
—¿Ya no se puede decir la verdad? Qué favoritismo.
Andrés se quedó sin palabras por el coraje.
Casi le da un infarto de la rabia.
Miró a Josefina.
—Sí, anoche me equivoqué, no debí haberte pegado. ¿De qué más te quejas?
Josefina levantó una ceja y respondió:
—Me duele la cara y también me duele el orgullo. Necesito una compensación.
Andrés endureció el gesto.
—¡Te la doy, te daré tu compensación!
—Diez millones.
Andrés soltó la cifra sin pensarlo.
Hizo un ademán con la mano.
—Este asunto se acabó, no quiero que lo vuelvan a mencionar. Además, ya que todo fue un malentendido, olvídense del divorcio. ¿Creen que es fácil mantener un matrimonio? Pórtense bien y dejen de causar problemas.
Dicho esto, se levantó con muy mala cara y se fue.
—Simón —llamó Benjamín hacia la puerta.
Un guardaespaldas corpulento entró de inmediato y sacó a rastras a la empleada que estaba en el suelo.
En la habitación del hospital solo quedó el suave llanto de Alberto.
Seguía llamando a su tío, queriendo que lo cargara.
Benjamín, resignado, lo tomó en brazos.
—Eres un niño grande, ¿por qué lloras tanto?
Alberto se aferró a su camisa.
—Cuando no te veo, me da miedo, me siento mal.
—No va a pasar —dijo Benjamín con un tono un poco más suave—. No le hagas caso a tu mamá, iré a verte seguido.
Alberto parpadeó con sus grandes ojos llenos de lágrimas.
—¿De verdad?
—¿Cuándo te he mentido? —respondió Benjamín.


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