Josefina apretó los puños con fuerza, incapaz de calmar las emociones que le revolvían el pecho, y de pronto se levantó para irse.
—Detente.
La voz de Benjamín sonó tranquila, pero firme.
—¿Me trajiste aquí solo para torturarme? —reclamó Josefina—. Para obligarme a ver cómo tratas tan bien al hijo de otra. Hasta te hiciste la vasectomía por este niño...
Tomó una gran bocanada de aire. Sentía el pecho atravesado por miles de agujas invisibles, un dolor tan agudo que le costaba respirar.
—¿Cómo puedes ser tan cabrón?
—Lo que quiero es que tú y Alberto se acerquen más —explicó Benjamín, frunciendo el ceño.
—¡Imposible!
—Primero —dijo Josefina girándose para enfrentarlo—, por su culpa me dejaste de lado y me mentiste muchísimas veces, algo que no puedo perdonar. Segundo, es el hijo de Magdalena, y detesto a Magdalena; es impensable que yo me lleve bien con su hijo. Así que te sugiero que te vayas olvidando de esa idea.
Al ver su expresión tan seria, sus ojos gélidos pero que a la vez reflejaban un profundo dolor, Benjamín tensó la mandíbula.
El silencio tenso se rompió por un quejido.
Alberto se había asustado por el ambiente tan pesado y rompió a llorar.
—No llores, tu tía y yo no estamos peleando —lo consoló Benjamín abrazándolo.
Alberto sollozaba, con lágrimas atrapadas en las pestañas.
—De tal palo, tal astilla —se burló Josefina con una carcajada amarga—. Lo tiene en la sangre. Eso de ponerse a llorar a la primera provocación es un talento que la gente normal no puede imitar.
—No seas tan cruel —la reprendió Benjamín, mirándola con el ceño fruncido—. Solo es un niño.
—Tú fuiste quien me obligó a venir. Ahora digo la verdad y te molestas —replicó Josefina, observándolo con sarcasmo.
Benjamín sintió una pesadez enorme y una punzada de irritación en el pecho.
Sin embargo, el niño seguía en sus brazos, así que debía controlar su temperamento.


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