A la mañana siguiente despierto por unas llamadas en mi teléfono. Lo tomo y veo que se trata de Filiz. Un nudo se forma en mi garganta, así que solo dejo que suene hasta que la pantalla deja de parpadear, indicando que la llamada ha terminado.
Hoy debía llamar a Erick y decirle que ya no iría a trabajar. Sentía mucha vergüenza, pues él había confiado en mí para este empleo y no sabía cómo lo tomaría. Pero sin duda era peor permitir que Alexander destruyera su empresa. Si eso sucedía, jamás podría con la culpa.
Bajo directamente al comedor y encuentro a Mary recogiendo los platos.
—Señora, pensé que ya no bajaría a desayunar, por eso decidí levantar la mesa —dice amablemente.
—Oh, no, Mary, tranquila. Lo comprendo, la verdad ya es muy tarde —respondo con una pequeña sonrisa.
—No se preocupe, ahora mismo le traeré su desayuno —me asegura antes de desaparecer por las puertas que dan a la cocina.
Cinco minutos después, regresa con la bandeja. Como rápidamente y vuelvo a subir a mi habitación.
Al llegar, tomo el teléfono y marco a Erick.
—¡Aslin, por fin! ¿Qué ha pasado? Aún no has llegado al trabajo. ¿Estás enferma? —pregunta preocupado.
Respiro profundamente antes de responder.
—Erick, no… No estoy enferma. Lo lamento mucho, pero debo renunciar al trabajo.
Mi corazón duele al decirlo. Era mi trabajo soñado, y ahora debía abandonarlo por imposición de otros.
—¿Qué? ¿Pero por qué? No puedes renunciar así sin más —dice, exasperado.
—Lo lamento mucho. En primer lugar, nunca debí ir a tu empresa a buscar trabajo. De verdad, lo siento si te he causado problemas —le digo con voz apagada.
—No digas eso, Aslin. ¿Acaso es por tu padre? Tu secretaria me dijo que entró a tu oficina bastante enojado. ¿Te amenazó? Dime si es eso, prometo ayudarte de inmediato.
—No, Erick, para nada. Solo se me ha presentado un inconveniente y me veo obligada a renunciar —miento.
Se queda en silencio unos segundos y luego suspira.
—Ya que insistes, no tengo otra opción que aceptar tu renuncia —dice con resignación—. Pero… ¿podemos vernos esta noche?
Me sorprende su propuesta.
—No, Erick. Lo lamento mucho, quizás después —me apresuro a decir.
Él asiente y cuelga.
Dejo el teléfono a un lado mientras las lágrimas caen de mis ojos. Me siento vacía y decepcionada, pero sé que llegará el día en que nunca más tendré que hacer lo que los demás me ordenen.
Me quedo recostada en la cama mirando el paisaje a través de la ventana. Una hora después, Mary entra con una bandeja de comida.
—Señora, como pensé que no bajaría al comedor, le he traído su almuerzo —dice con gentileza, dejándome la bandeja en el regazo.
Le agradezco y empiezo a comer sin mucho ánimo.
Paso el resto de la tarde dormida hasta que unos golpecitos en la puerta me despiertan.
—Adelante —digo aún adormilada.
Mary entra.
—Señora, los estilistas están aquí. Debe prepararse, recuerde que hoy acompañará al joven amo a una cena de negocios.
Mi mente se alerta de inmediato. ¡Lo había olvidado por completo! Me levanto abruptamente y corro al baño. Solo tengo dos horas para estar lista.
Me doy una ducha rápida y me coloco una bata de baño. Me siento en el tocador y le indico a Mary que deje entrar a los estilistas. Apenas entran, se ponen manos a la obra.
Una hora después, me observo en el espejo. La mujer que me devuelve la mirada luce hermosa y resplandeciente. Mi cabello rubio cae en ondas sobre mi espalda, el maquillaje es sencillo pero elegante, y mis labios resaltan con un rojo vino vibrante.
Sin embargo, toda esa belleza no es suficiente. No para el hombre que amo. No soy más que una muñeca de porcelana rota por dentro.
Las estilistas me ayudan a ponerme un vestido rojo de corte elegante, acompañado de unos tacones dorados y un abrigo de lana a juego. Ya estoy lista.

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