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La novia Rechazada romance Capítulo 9

Al llegar a la habitación, Mary me ayuda a quitarme la ropa. Entro al baño y me doy una ducha completa. Al salir, me pongo una pijama y me recuesto.

Unos diez minutos después, escucho suaves golpes en la puerta.

—Adelante —digo con voz apagada.

Veo que se trata de Mary, quien trae una bandeja en sus manos.

—Señora, le he traído su cena —dice amablemente.

—Muchas gracias, Mary, pero no tengo nada de hambre —respondo desanimada.

—No diga eso, debe comer o se enfermará.

Sin ganas de discutir, hago lo que me pide y empiezo a comer.

Veinte minutos después, termino, y Mary se lleva la bandeja, cerrando la puerta tras de sí. Me quedo mirando un punto fijo hasta que escucho unos pasos firmes acercarse a mi habitación.

Segundos después, la puerta se abre abruptamente, y en mi campo de visión aparece el rostro frío de Alexander. De inmediato, me incorporo y retrocedo hasta un rincón de la cama.

—¿Qué es lo que quieres ahora? —le digo, sintiendo cómo la ira crece dentro de mí.

—Te advertí perfectamente que no quería a ese hombre cerca de ti —su voz es cruel.

—¿A qué hombre te refieres? No entiendo nada —pregunto, aterrorizada al ver su mirada asesina.

—¿No sabes? Ese hombre volvió a traerte a la mansión —me grita, haciéndome saltar del susto.

—¿Hablas de Erick? Ya te dije que él es mi jefe —le digo, enfrentándolo.

—No me importa lo que sea ese bastardo, no volverás a ese trabajo, o te juro, Aslin, que me encargaré de destruir a ese hombre junto con su empresa de m****a —me amenaza con ojos fríos.

—Ya te dije que mientras seas mi esposa debes comportarte a la altura, pero tú no escuchas. Dime, ¿tanta es tu necesidad, Aslin? —me grita, y siento la rabia palpitar con fuerza dentro de mí.

—Estás muy mal, Alexander. Haces mal en pensar que solo soy una cualquiera… De verdad, ya no te conozco —le digo con lágrimas en los ojos.

—Eso espero, Aslin. Más te vale que me estés diciendo la verdad o te juro que te arrepentirás —gruñe antes de marcharse y azotar la puerta tras de sí.

Al quedarme sola en la habitación, me derrumbo. Siento como si me hubieran arrancado el corazón de raíz. Tanto mi padre como Alexander me lastiman una y otra vez. No les basta con todo lo que me han hecho pasar hasta ahora. Pero tengo claro algo: aunque no quiera, debo renunciar a mi trabajo. Sé que Alexander cumpliría su amenaza sin dudarlo y destruiría la empresa de Erick. No quiero que, por mi culpa, personas inocentes se vean afectadas. Lo único que puedo hacer es resignarme a mi destino… al menos hasta que estos dos años pasen y pueda irme para siempre.

Es sábado. Me despiertan los rayos del sol que entran directamente por la ventana. Miro la hora en mi teléfono y me doy cuenta de que ya son las nueve de la mañana. Me levanto, voy al baño, hago mis necesidades básicas y me doy una ducha. Al salir, me pongo un vestido rosa pálido y bajo las escaleras.

Me sorprendo al ver a Alexander sentado en el comedor, bebiendo su café negro con una mano y sosteniendo el periódico con la otra. Luce digno y sofisticado.

Me siento lejos de él y empiezo a desayunar en silencio.

—Mi madre está hospitalizada. El chofer te llevará al hospital en una hora, así que alístate a tiempo —dice de repente.

Sorprendida, dejo caer la cuchara que sostenía.

—¡¿Qué?! ¿Cómo que está hospitalizada? ¿Por qué no me lo habías dicho antes? —le pregunto preocupada.

—No me pareció importante hacerlo —responde con frialdad, como si fuera un dato irrelevante.

—¿Su condición es grave? —insisto.

—Lo hará, ya verá que sí. Conocerá a sus nietos y vivirá muchos años más, se lo aseguro —le digo, conteniendo mis propias lágrimas.

—El destino es impredecible, mi niña. Hay cosas en esta vida que no se pueden evitar —murmura con tristeza.

Paso el resto del día con ella, mostrándole los nuevos diseños que había creado. Siempre elogiaba mi trabajo y me recordaba lo talentosa que era. Gracias a ella, había decidido estudiar arquitectura.

Al ver la hora en mi teléfono, me despido.

—Ahora debo irme, pero vendré todos los días a visitarla —le prometo antes de salir de la habitación.

Al salir del hospital, subo al auto, que de inmediato se pone en marcha. Una hora después, ya estoy de regreso en la mansión. Me dirijo al comedor y me encuentro con Alexander.

Me siento alejada de él y comienzo a cenar.

—¿Ya has renunciado a tu trabajo? —pregunta.

Niego con la cabeza.

—Mañana temprano lo haré —respondo cortante y me concentro en la cena.

Unos quince minutos después, lo veo levantarse.

—Mañana tengo una cena importante con unos socios, y como mi esposa, debes acompañarme. Espero que estés lista para las seis de la tarde —dice de repente.

—¿Por qué no llevas mejor a Arlette? Creo que ella sabrá desempeñar mejor el papel de esposa —le digo, desafiante.

—Irás tú y punto. No me cuestiones —responde tajante antes de desaparecer por las escaleras.

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