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La novia Rechazada romance Capítulo 11

— Alexander, amigo, creo que deberías controlar a tu esposa. Se me ofreció como si fuera una prostituta. Mírala, casi desnuda — dijo el miserable, poniéndose a la defensiva.

— Alexander, no es verdad, este maldito está mintiendo, trató de violarme, tienes que creerme — le supliqué, con lágrimas en los ojos. Tenía la esperanza de que él me creyera, al menos una vez. Pero lo que dijo a continuación me destrozó el corazón.

— Lo comprendo, Leonardo. Por favor, discúlpame por el comportamiento de mi esposa — le respondió, y el hombre de inmediato sonrió con satisfacción antes de salir por la puerta.

Al quedar solos en el baño, Alexander se acercó a mí, como un monstruo enfurecido, y me agarró con fuerza del brazo.

— Eres una maldita zorra descarada. No pudiste aguantar y te lanzaste como cualquiera a uno de mis socios. Eres una perra desvergonzada. No sé cómo pude ser tan tonto de haberme casado contigo — me gritó, furioso.

A esas alturas, mi cuerpo temblaba como una hoja. No importaba cuánto tratara de explicarle, ante sus ojos solo era una mujer libertina que se acostaba con cualquiera. Solo Dios sabía que no era cierto. Tenía 21 años y mi pureza aún permanecía intacta.

Alexander me jaló del brazo y salimos juntos de la mansión por una puerta trasera. Subimos al auto y arrancó sin decir palabra. El silencio era pesado, cargado de tensión, mientras él, con el rostro tenso, apretaba los puños con tal fuerza que sus nudillos se ponían blancos.

Yo temblaba de miedo; era rara la vez en que mostraba sus emociones, pero nunca lo había visto tan furioso. Decidí permanecer en silencio para no avivar su ira.

Después de una hora llegamos a la mansión. Al bajar, me sorprendió ver que el auto volvía a salir. ¿A dónde irá a esta hora? pensé, pero rápidamente supe que se dirigía a los brazos de su amada, Arlette.

Eso me corroía por dentro. Entré rápidamente y me dirigí a mi habitación. No perdí tiempo y fui directo al baño. Tomé mi cepillo de dientes y me lavé la boca varias veces.

Luego me quité el vestido y me metí en la ducha, dejando que el agua se llevara la suciedad que ese hombre había dejado en mi cuerpo.

Restregué mi piel una y otra vez, pero no era suficiente. Aún sentía los dedos de ese hombre recorrer mi cuerpo. Después de 40 minutos, salí del baño, mi piel completamente roja por la fricción. Tomé un pantalón de pijama y un abrigo de lana y me acosté en la cama, hasta que el sueño me venció.

A la mañana siguiente desperté algo desorientada y bajé al comedor, sorprendida al encontrar a Alexander sentado con su habitual elegancia. A pesar de su impecable atuendo, su rostro estaba demacrado, como si no hubiera dormido en toda la noche. Me senté cerca de él y comencé a desayunar.

— Tu familia vendrá esta noche a cenar — me dijo, y de inmediato el deseo de seguir comiendo desapareció.

— ¿A qué vienen? No quiero que vengan a esta casa — respondí, molesta.

— No tienes derecho a decidir quién entra y quién no a esta casa. Yo soy el único que da órdenes aquí, Aslin — me dijo, estallando de furia, apretando la servilleta mientras se levantaba de su asiento. Lo vi dar la vuelta y subir por las escaleras de caracol.

Yo también me levanté y salí al jardín para despejar mi mente. Sabía perfectamente lo que me esperaba esa noche.

Mi padre y mi madrastra vendrían, y probablemente Arlette también. Ni siquiera viviendo en esta mansión podían dejarme en paz. Debía prepararme mentalmente, pues sabía que vendría otro ataque. Después de lo ocurrido la noche anterior, ahora tendría que soportar otro.

Salí de mis pensamientos al escuchar mi teléfono sonar. Era Verónica. Sin pensarlo, atendí la llamada.

— Amiga, ¿qué pasó? Erick me dijo que renunciaste al trabajo. ¿Por qué lo hiciste? — preguntó, preocupada.

— Vero, en verdad no quería hacerlo. Sabes que ese trabajo era lo único que me mantenía con fuerzas para soportar todo esto. Pero mi padre fue a la oficina, me golpeó y Alexander me amenazó con destruir a Erick y su empresa si no renunciaba. No tuve otra opción — respondí con voz apagada. — No quería que le pasara nada a Erick.

— Esos desgraciados, ¿qué es lo que quieren de ti? Quieren exprimirte hasta que no quede nada. — La escuché gritar enfadada a través del teléfono.

— Sí, hermanita, creo que fue lo mejor que hiciste. Padre, si la hubieras visto, parecía tan tonta. No encajaba para nada en ese mundo. Siempre fue una buena para nada. Gracias a Dios nadie la reconoció, imagínate el escándalo — dijo Arlette, mientras miraba a mi padre, quien asentía con aprobación.

— Ojalá pudieras ser más como tu hermana, querida — comentó mi padre, y yo sentí cómo me humillaba.

— Oye, tonta — me llamó mi padre, sin piedad. — Deberías dejar de ser tan ilusa y tomar ejemplo de tu hermana menor — añadió cruelmente, sin un atisbo de cariño. Arlette se sintió orgullosa de escuchar esas palabras.

— Querida, la comida está deliciosa, pero sabes bien que no me gusta la albahaca santa — dijo mi madrastra, con voz inocente. Sabía que lo decía solo para complicarme las cosas, como siempre lo hacía.

— Lo lamento mucho, lo tendré en cuenta para la próxima — respondí, inclinando la cabeza, pero en el fondo deseaba no tener que verles la cara a ninguno de ellos.

— Eres muy descuidada, sabes bien que a tu madre no le gusta la albahaca santa y aún así la agregas a la comida. Lo haces a propósito — estalló mi padre.

— Ricardo, querido, tranquilo. Seguramente se le olvidó. Además, ya la escuchaste, dijo que no volverá a suceder — dijo mi madrastra.

— Oh querida Sonia, eres demasiado amable con esa niña — comentó mi padre, y yo simplemente rodé los ojos.

La mesa quedó en completo silencio cuando Alexander y Arlette hicieron su aparición.

Al verlo, Arlette se levantó y le plantó un beso en los labios. Él lo correspondió gustosamente, y yo giré el rostro, sintiendo que todo esto era una broma de mal gusto. Yo era su esposa, la mujer que ambos habían engañado.

Al menos podrían haber tenido la decencia de no mostrar su amor ante mis ojos, pero no. Eran dos descarados.

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