Sintiéndome aburrida por las constantes muestras de amor de Alexander y Arlette, decido levantarme de la mesa e ir a mi habitación.
—Hermanita, ya estás satisfecha, pero si ni siquiera has tocado tu plato —me dice Arlette, dándome una sonrisa burlona sin que nadie lo notara. Le dedico una rápida mirada y decido ignorarla.
—Déjala, querida, no te preocupes por ella, sabes que tu hermana es una ingrata —escucho decir a mi padre, y aprieto mis manos en puños, sintiendo cómo las uñas se clavaban en mi palma. No presto atención y subo rápidamente las escaleras hasta mi habitación, cerrando la puerta tras de mí.
Pero esta se abre de inmediato y Arlette entra en mi habitación.
—¿Qué haces? Lárgate. Lo menos que quiero es tener que lidiar contigo en estos momentos —le digo furiosa.
—Pues lo siento mucho, perra, tendrás que escucharme aunque no quieras —me responde, mientras su rostro pierde toda la dulzura.
—¿Qué pasó? ¿No me digas que al fin decides sacar las garras? ¿Qué pasó con el rostro angelical que tenías hace un momento? —le pregunto mientras me burlo de ella.
De inmediato, noto cómo su expresión se oscurece y una sonrisa macabra se dibuja en su rostro.
—Supe, hermana, que Alexander te llevó a una cena de negocios con uno de sus socios, y no te aguantaste. Te pusiste de zorra con uno de ellos —me dice, y yo me enfurezco al instante, arremetiendo contra ella.
—Sabes muy bien que esa palabra te queda a ti. O acaso se te olvida que te encontré una tarde teniendo sexo con uno de los socios de nuestro padre, que tiene 25 años más que tú —le grito, pero ella, en lugar de enfurecerse, suelta una carcajada diabólica.
—Así es, hermana. Pero lo importante es que, ante los ojos de nuestro padre y de Alexander, eres tú la que tuviste sexo con ese anciano —me responde, y yo, horrorizada, me quedo en shock.
—¿Cómo pudiste atreverte a decir algo así, Arlette? ¿Cómo eres capaz de ser tan cínica? —le grito.
—Como lo escuchas, hermana. Pero no te pongas así. Sabes bien que solo me acosté con ese viejo asqueroso para que me concertara una cita con Alexander. Y gracias a eso, ahora Alexander es todo mío. Y no te sorprendas, hermana, por mi amado soy capaz de hacer lo que sea. Muy pronto me voy a deshacer de ti y me convertiré en la señora Líbano —me dice mientras acariciaba mi mejilla antes de salir por la puerta.
Ahora comprendo mejor por qué mi padre y Alexander me odian tanto. Arlette se ha encargado de meterles cosas en la cabeza, pero eso no es excusa para que pensaran tan mal de mí. Después de todo, ellos podían elegir no creerle.
Voy hacia la puerta y le coloco el seguro para evitar que Arlette vuelva a entrar. Ruedo las sábanas y decido dormir, para así olvidarme de todos los acontecimientos de este día.
La noche anterior:
Al salir de la mansión, nuevamente Alexander le dio instrucciones a su chofer para que lo llevara al depósito que se encontraba en las afueras de la ciudad. Al llegar, salió de inmediato del auto y se dirigió hacia el interior.
Los guardias, al verlo, asintieron con la cabeza en señal de respeto. Al entrar, se sentó elegantemente, como si fuera un rey, y se sirvió una copa de vino mientras observaba el espectáculo frente a él.
Los guardias golpeaban fuertemente a un hombre que ya yacía en un charco de su propia sangre. Los gemidos y súplicas de la víctima quedaban atrapados en el depósito vacío.
—Levántelo —ordenó Alexander a los guardias mientras se despojaba de su chaqueta.


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