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La novia Rechazada romance Capítulo 14

"La esposa del magnate multimillonario, Alexander Líbano, estuvo anoche en el Encanto Nocturno compartiendo románticamente con el CEO de la constructora Colleman."

—Decía el periódico, acompañado de unas fotos en las que aparecía junto a Erick, tomada de la mano, sentada en su regazo y besándonos. Incluso en una de ellas, él me abrazaba. Pero desde el ángulo en que fueron tomadas las fotos, parecía que fui yo quien inició el abrazo. Se notaba que quien las había capturado quería inculparme.

Salgo de mis pensamientos cuando siento que me arrebatan el periódico y una bofetada cae en mi rostro.

—Eres una maldita prostituta. ¡Por tu culpa nos vamos a ir a la ruina! Si eso pasa, juro que me las vas a pagar, Aslin —me grita mi padre, rabioso, mostrando los dientes.

—Y no solo eso, papá. Mira cómo está vestida, parece una ramera de barrio bajo. Ya sé, hermana, que eres muy libertina, pero al menos trata de moderar tu comportamiento. ¡Mira lo que has hecho! Has avergonzado a las dos familias. Ni siquiera sabemos dónde poner la cara, estamos en la boca de toda la sociedad por tu culpa —dice Arlette mientras derramaba falsas lágrimas.

Sabía perfectamente que ella tenía algo que ver en todo esto, y su actuación tan inocente me hacía hervir de rabia. Intento defenderme, pero antes de que pueda decir algo, la puerta de entrada se abre abruptamente y un muy enojado Alexander entra. No me da tiempo de reaccionar cuando se aproxima a mí, me toma fuertemente del brazo y me arrastra escaleras arriba.

Al llegar a mi habitación, cierra la puerta tras de sí, me tira al piso y luego sujeta mi cabello fuertemente.

—Eres una maldita cualquiera —ladra en mi oído, enfurecido—.

—¡Suéltame, me duele, me estás lastimando! —le digo, con lágrimas en los ojos.

—Te lo advertí, Aslin. Te dije perfectamente que si volvías a enredarte con ese tipo, lo iba a destruir —me amenaza, y yo de inmediato me desespero.

—¡No, por favor, no le hagas daño! Todo es mi culpa, te lo juro —le ruego entre lágrimas, pero al escucharme suplicar, frunce aún más el ceño y noto cómo sus ojos se ponen de un rojo escarlata por la ira.

—¿De verdad tanto te importa ese malnacido, Aslin? —me grita fuertemente—.

—Solo somos amigos, te lo juro, no hay nada entre nosotros —le contesto con la esperanza de que me crea.

—Sí, claro. ¿Acaso me tomas por idiota, Aslin? Juro que este mismo día mandaré a la quiebra a ese infeliz y tú, mi querida Aslin, me vas a pagar muy caro —me dice aterradoramente. Luego suelta mi cabello, se aproxima a la puerta y, antes de salir, se voltea hacia mí.

—No te molestes en gritar ni pedir ayuda, porque no habrá nadie en la mansión —lo escucho decir.

—¿A qué te refieres con eso? —le pregunto desconcertada, pero él solo me mira y cierra la puerta, tomando la llave. Inmediatamente supe lo que tenía planeado.

Me levanto del piso rápidamente y me aproximo a la puerta para abrirla, pero es imposible, ya que la había cerrado con la llave desde afuera.

—¡Alexander, abre la puerta! ¡No puedes encerrarme, no tienes ningún derecho! ¡Alexander! —grito, pero no escucho respuesta alguna.

Unos 30 minutos después, siento cómo me arde la garganta de tanto gritar, pero Alexander no abrió la puerta. Escucho el rugido de los autos y rápidamente me acerco al balcón, viendo cómo el auto de Alexander y el de mi padre salen de la mansión.

Entro en la habitación y llamo fuertemente a Mary o a las demás chicas, pero solo el silencio me responde.

Recuerdo que las chicas del servicio y Mary tenían 4 días de vacaciones y que estoy sola en esta mansión. Sin alternativa, voy al baño y tomo una pinza para intentar abrir la cerradura, pero por más que lo intento, no cede en absoluto. Me dirijo nuevamente al balcón para ver si puedo salir por ahí, pero es completamente imposible.

Mi habitación queda en el quinto piso. Si salto desde esta altura, sin duda me rompería en dos y perdería la vida al instante. Ni siquiera hay un árbol cerca al que pudiera saltar.

Llevaba ya dos días encerrada. El hambre que sentía era atroz. No tenía fuerzas para levantarme de la cama, mi cuerpo se sentía débil y tenía mucho frío. Pero mi instinto de supervivencia me obligó a incorporarme y buscar algo de comer. Tenía la esperanza de que en alguno de los cajones hubiera algo que pudiera saciar mi hambre, aunque fuera por un momento.

Busqué lentamente entre los cajones de la habitación y el baño, y entre las bolsas que había usado anteriormente, encontrando solo un dulce. De inmediato lo tomé y lo metí en mi boca, sintiendo cómo el caramelo se derretía, pero eso no era suficiente. No lograba calmar mi hambre.

Fue hasta que divisé el papel higiénico sobre la taza del inodoro. Sin pensarlo demasiado, lo tomé en mis manos, lo mojé con agua, lo metí en mi boca y lo tragué de un solo golpe. Hice lo mismo con los demás trozos. Jamás imaginé que me vería en una situación como esta, teniendo que comer papel higiénico para sobrevivir.

El dolor gástrico que sentía en mi abdomen me estaba matando lentamente, así que me dirigí a la cama y me acosté. Unas horas después, sentía cómo empezaba a alucinar. El frío calaba mis huesos, pues Alexander era tan cruel que había apagado la calefacción. Si lo que deseaba realmente era que sufriera, lo estaba logrando lentamente.

Veía cómo las horas pasaban ante mis ojos, mientras miraba hacia un punto fijo. Sentía que ya no podía más. Mi cuerpo de repente dejó de sentir frío, no sentía el hambre, era como si flotara en el aire y todo a mi alrededor desapareciera. Veía bajo mis pies una oscuridad intensa que amenazaba con tragarme.

Sentía que moriría, y tal vez eso era lo mejor. Si moría, ya no tendría más tormento en mi vida. Ya nadie controlaría mi vida ni me ordenaría todo el tiempo lo que debía hacer.

Estaba segura de que, si desaparecía de este mundo, Alexander se sentiría realmente feliz, pues ya no tendría obstáculos para ser feliz con Arlette. Sintiéndome derrotada, me dejé absorber por esa densa oscuridad.

En la carretera, un auto circulaba a toda velocidad con dirección a la mansión Líbano. El hombre en el asiento del conductor iba con el ceño fruncido, mientras recordaba a la mujer que había dejado encerrada en aquella mansión.

Al estar cerca de su destino, rápidamente baja la velocidad del auto y se detiene en la puerta de entrada de la mansión.

Sale del auto y da rápidas zancadas hasta dirigirse al interior, donde un frío abrazador y una soledad profunda lo reciben. Sube de inmediato las escaleras, mientras un mal presentimiento oprime su pecho. Saca las llaves de su bolsillo y abre la puerta. Al mirar a la delicada mujer que se encontraba completamente desmayada sobre la cama, un miedo profundo invade su corazón.

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