Abro mis ojos y la claridad de la habitación me obliga a cerrarlos de inmediato. Luego de adaptarme mejor, noto que estoy en una habitación blanca. En mi mano tengo insertada una intravenosa.
Al observar a mi alrededor, mi mirada se detiene en el hombre sentado elegantemente en un asiento de cuero negro, mientras tecleaba con velocidad en un computador que tenía sobre su regazo.
—Veo que ya has despertado —me dice sin levantar la mirada del computador, desconcertándome, ya que no esperaba que me hablara.
—¿Qué le hiciste a Erick? —le pregunto, y de repente noto cómo su ceño se frunce y clava sus ojos furiosos en mí.
—No ha pasado ni un minuto desde que despertaste y ya estás preguntando por ese hombre. ¿Tanto te interesa, Aslin? —me dice, haciendo énfasis en esto último.
—No es que me interese, es solo que no deseo que personas que no están involucradas paguen por mi culpa —le respondo, encarándolo.
—Sabes muy bien que siempre cumplo mis promesas. Si hubieras hecho caso a mis palabras, tal vez hoy en día aún existiría la constructora Colleman —me dice cruelmente.
—¿Qué fue lo que hiciste? ¿Acaso te atreviste a destruir su empresa? Solo por un error que cometí, de verdad que eres una persona demasiado cruel, Alexander —le respondo mientras las lágrimas caen de mis ojos.
—Y todavía no tienes idea de lo que soy capaz de hacer, Aslin. Mejor agradece que no retiré mis fondos de la empresa de tu familia y los mandé directo a la quiebra —gruñe molesto—. ¿Te atreverías a hacer eso también? Aún sabiendo que son los padres de Arlette quienes sufrirán las consecuencias.
Sus palabras me sorprenden inmediatamente.
—Arlette no resultará nunca afectada. Yo siempre la protegeré. Sus padres, en cambio, son otra cosa —ladra burlesco, y lo veo salir de la habitación, dejando mi corazón en pedazos. Trato de salir tras él, pero al incorporarme, siento un horrible dolor estomacal que me hace caer nuevamente en la cama.
—Cuidado, señora, no debería levantarse. Le han hecho un lavado de estómago, debe permanecer en reposo —escucho a alguien dirigirse a mí. Al mirar a la puerta, noto que se trataba de una enfermera que traía un carrito de comida.
Coloca frente a mí una sopa nutritiva, gelatina y un jugo de naranja. De inmediato ruedo los ojos; es la típica comida de enfermos. La enfermera me da de comer suavemente. Al principio deseaba negarme, pero abro la boca a regañadientes al recordar que no había comido durante cuatro días. Al terminar, la enfermera recoge los platos y se dirige a la puerta.
Al abrirla, se escuchan murmullos afuera y personas corriendo rápidamente por los pasillos, desesperadas.
—¡Rápido, Nelly! La vieja señora Líbano está sufriendo un infarto en estos momentos —dice una enfermera a la chica que me acababa de atender.
Al escuchar el nombre, me alarmo de inmediato y me obligo a levantarme de la cama a pesar del dolor que siento en ese momento. Estoy realmente preocupada; la vieja señora es la única persona que siempre se ha preocupado por mi bienestar. Debo estar a su lado en un momento tan terrible como este. Salgo de la cama de hospital como puedo y tomo el suero en mis manos.
Abro la puerta de la habitación, miro a todos lados y me escabullo. Intento tomar el ascensor hasta la sala VIP que se encontraba en la novena planta del hospital, pero este tarda demasiado, así que, sin más, decido tomar las escaleras. Mis pasos se detienen al ver a Arlette frente a mí.
—¿A dónde crees que vas, hermana mayor? —me dice con una mirada asesina en su rostro.
—Eso no te incumbe, solo quítate de mi camino —le digo e intento pasar por su lado, pero ella me toma del brazo, enterrando sus uñas y empujándome hacia atrás. Lo hubiera evitado, pero no tenía fuerzas; mi cuerpo se encontraba muy débil.
—No puedo creer que con un empujón pequeño casi te caes. En verdad, no puedo creer lo buena que eres actuando.
Has montado todo este espectáculo solo para que Alexander estuviera al pendiente de ti. Por tu culpa, en estos últimos días no me ha prestado atención. Sin duda, esto te lo voy a hacer pagar —me dice mientras aprieta sus manos en puños.
—No creas que soy como tú. No necesito montar un espectáculo para llamar la atención y fingir una cara de mosca muerta solo para que las personas sientan lástima de mí —contraataco de inmediato. Ella se aproxima a mí y me lanza una cachetada en la cara.
—Debiste haber muerto, perra. Así me hubiera deshecho de ti de una vez por todas —me dice, y siento cómo la ira recorre mi cuerpo.
Me aproximo a ella y le doy un empujón. Arlette cae por las escaleras. La veo rodar y dar fuertes gritos de dolor hasta que cae con un ruido sordo y empieza a llorar. De repente, siento una respiración en lo alto de mi cabeza, y al voltear, veo a Alexander mirándome con una rabia aterradora en sus ojos.
No me da tiempo de articular palabras cuando él me empuja fuertemente. Caigo al suelo, y la intravenosa se dobla dentro de mi mano, haciendo que grite de dolor.
—Mejor olvidemos eso por ahora. Por favor, dime, ¿qué sucedió con Erick? Te lo suplico, me temo que Alexander pudo haberle hecho algo malo.
—Acerca de eso, amiga, hace dos días leí las noticias en donde se decía que la empresa de Erick había quebrado de la noche a la mañana. Todos sus socios retiraron sus fondos.
Pero lo que es más extraño es que no se sabe el paradero de Erick. Lo he llamado cientos de veces a su teléfono —me dice, mientras mi preocupación solo crece con lo que me ha dicho.
—Lo sabía. Alexander siempre cumple sus promesas. Lo peor es que todo esto es mi culpa. Arrastré a Erick a este infierno. Nunca debí ir al Encanto Nocturno esa noche —grito mientras seco las lágrimas de mi rostro.
—Tranquila, Aslin, esto no es tu culpa. La culpa es solamente de ese desgraciado.
También, no debí llevarte a ese bar ni planear ese encuentro con Erick. Lo que pasa es que él me había insistido tanto que no me atreví a negarme —me dice Verónica mientras notaba una mirada perturbadora en sus ojos.
—Está bien, Vero, cálmate. Pero si sabes algo de Erick, por favor házmelo saber de inmediato. Yo solo espero que se encuentre bien.
El saber lo de su empresa debió ser una noticia devastadora para él. Yo trataré de hablar con Alexander para que lo deje en paz de una buena vez —le digo, paso el resto de la tarde con Verónica hasta que ella se marcha, y quedo sola en la habitación del hospital.
Habían pasado ya dos días y no volví a ver a Alexander. Estaba segura de que debía estar cuidando a su adorada Arlette con fervor. Una de las enfermeras me ayudaba a colocarme un vestido.
Hoy, por fin, saldría de este hospital, aunque no estaba muy emocionada de volver a mi jaula de oro. Sin duda, es mucho mejor que estar en este hospital respirando el olor de detergente mezclado con alcohol.
Unos minutos después salgo del hospital con ayuda de Mary, pero mi mirada cae en la pareja que iba entrando. Era Alexander quien tomaba de la mano a Arlette como si ella fuera el tesoro más hermoso de este mundo.
Cruza por mi lado, dedicándome una mirada fría. Tal escena me da gracia, pues yo era su esposa. Conmigo es que debería estar en estos momentos. Sin poder evitar el dolor, aprieto mis manos en puños.

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