Al llegar a nuestro destino, Verónica me ayuda a salir del auto y me guía hacia su apartamento. No pierde el tiempo y de inmediato comienza a curar mi mano herida y la cortada en mi frente.
—Aslin, esto se ve muy mal. ¿No prefieres ir al hospital? —pregunta con el ceño fruncido.
—No, Vero, no te preocupes. En unos días sanará —respondo con amargura.
—No puedo creer lo cruel que es Alexander. Cruzó por tu lado y simplemente te ignoró como si no te conociera en lo absoluto —dice, enojada.
—Lo sé, pero ya estoy acostumbrada. Es increíble que, después de tres meses, me lo haya tenido que encontrar en una situación tan vergonzosa.
Después de que Verónica termina de curarme, entro al baño y me doy una ducha. Al salir, ella me presta uno de sus vestidos. Me lo pongo y me acuesto en su cama para descansar un rato.
Paso el resto de la tarde en casa de Verónica. Cuando miro la hora en mi teléfono, veo que ya son más de las siete de la noche, así que me levanto de la cama y me pongo los zapatos.
—¿Ya te vas, Aslin? Si quieres, puedo llevarte —dice Verónica, bostezando.
—No, gracias, Vero. Sigue durmiendo, tomaré un taxi. Mañana hablamos —respondo.
Ella asiente y vuelve a caer en un sueño profundo. Salgo del departamento y tomo un taxi. Al llegar a la mansión, abro la puerta e intento subir las escaleras, pero una voz familiar me detiene.
—¿Dónde estabas, Aslin? —me cuestiona con enojo.
Decido ignorarlo y continúo subiendo, pero él me sujeta con fuerza de la mano herida y suelto un grito de dolor.
—¡¿Dónde estabas?! Maldita sea, no colmes mi paciencia —me grita, furioso.
—¡¿Qué te importa?! Como hiciste en el centro comercial, hazlo ahora: finge que no me conoces —le grito de vuelta.
Alexander se sorprende por mi reacción.
—Cuida cómo me hablas, Aslin, o atente a las consecuencias —advierte.
Lo encaro con enojo.
—¿Y si no qué harás? Dime, Alexander, ¿qué más puedes hacerme? Me has quitado todo. Solo deseo que estos dos años pasen rápido para irme para siempre y no volver a verte nunca más —le grito con lágrimas en los ojos.
Me encierro en mi habitación, mientras Alexander se queda en la sala, pensativo. No entiende por qué las palabras de Aslin lo han enfurecido tanto. Tampoco comprende por qué enloquece de celos cuando la ve con otro hombre. Se dice a sí mismo que la única persona en su corazón es Arlette, pero esa justificación no le calma. Frustrado, decide entrar en su estudio.
Paso el resto de la noche en mi habitación, sumida en un mar de lágrimas. Me duele el corazón. No sé cómo soportaré esto durante dos años más. Ojalá pudiera desaparecer.
A la mañana siguiente, me levanto rápidamente y me doy un baño. Iré a ver a la señora Zara al hospital; hace una semana que no la visito. No sé por qué tengo un mal presentimiento, pero trato de ignorarlo. Me visto con unos pantalones, un polo blanco y unos tenis del mismo color. Me pongo un abrigo, ya que ha comenzado a nevar, tomo mi bolso y salgo de la mansión.
En la carretera, tomo un taxi y me dirijo al hospital. Al llegar, entro directamente a la habitación de la señora Zara. Ella me recibe con una sonrisa.
—Cariño mío, por fin has vuelto. Ya iba a llamar a Alexander para preguntar por qué no habías venido a verme —dice con ternura.
—Discúlpeme, es solo que he estado ocupada haciendo nuevos bocetos —le miento evasivamente.
—Tranquila, cariño. Lo importante es que estás aquí. Tengo una sorpresa para ti —dice, sacando una caja de debajo de las sábanas.
Me extiende una pequeña caja. Al abrirla, descubro un hermoso anillo de diamantes que brilla bajo la luz.
—Señora, no puedo aceptar esto. Es demasiado costoso —digo, tratando de negarme.
—Tómalo, cariño. Este era mi anillo de compromiso. Me lo dio el padre de Alexander en nuestra fiesta de compromiso. Fuimos tan felices... Cuando él murió, sentí que la mitad de mi alma se fue con él. La otra mitad solo sobrevive por Alexander —susurra con los ojos brillantes. —Y desde ahora, quiero que me llames mamá.
La abrazo con fuerza.
—Lo sentimos mucho, señor. Lamentamos su pérdida. Pero hay algo que debe saber… —dice el doctor, con un brillo extraño en los ojos.
—Dígalo de una vez —gruñe Alexander.
—Su madre no murió de causas naturales. Alguien la visitó y le dio un fuerte disgusto que le provocó un infarto fulminante.
—¿Quién fue la última persona que la visitó? —exige saber Alexander.
—Su esposa, la señora Aslin.
Me quedo helada. Niego con la cabeza desesperadamente.
—Alexander, sí la visité, pero te juro que jamás haría algo que dañara su salud. Por favor, créeme.
Alexander me mira con frialdad. Su siguiente acción es impensable: me da un puñetazo en el rostro que me hace caer al suelo.
Alexander no me da tiempo de incorporarme y toma mi cabello.
—Eres una maldita perra desgraciada y malagradecida. Mi madre te crió como si fueras su propia hija, te educó, te dio lo mejor, ¿y así es como le pagas? Quitándole la vida, maldita zorra —me grita al oído.
Suelta mi cabello, pero de inmediato me toma fuertemente del brazo y me obliga a levantarme. Me aproxima a la cama y descubre el cuerpo de la señora Zara. Me quedo impresionada. Aquel cuerpo que hace unos momentos irradiaba calidez y vida, ahora se veía frío y desolado. No podía creer que la persona que, hace apenas unos instantes, sonreía con tanta alegría, estuviera ahora completamente muerta.
—¿Ves esto, Aslin? ¿Lo ves? Haré que cada día de tu maldita y miserable vida pagues con creces por haber asesinado a mi madre —me grita con odio mientras me estampa contra el suelo nuevamente.
—No puedo creer que me haya enamorado de un monstruo sin corazón como tú, Aslin. Ahora comprendo por qué tu familia te odia tanto. Tienen razón en todo lo que dicen. Eres una mujer vulgar y sin corazón —me grita fuertemente.
Sus ojos me miraban como si quisieran devorarme viva. Había escuchado esas palabras un montón de veces en mi vida, de los labios de mi padre, mi hermana y mi madrastra, pero escucharlas de Alexander hacía que mi alma se quebrara en mil pedazos. No me importaba que los demás no me creyeran, lo único que realmente me importaba era que él lo hiciera. No podía concebir que pensara que yo era capaz de matar a la señora Zara, la persona que me lo había dado todo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La novia Rechazada