—¡Alexander, por favor, tienes que creerme! ¡No lo hice! —le ruego hasta más no poder.
—¿Por qué le creería a una mujer vulgar como tú, Aslin? —me dice con desprecio.
De inmediato me toma por el brazo y me arrastra fuera de la habitación, lanzándome al piso sin ninguna piedad, a la vista de todos.
—¡Guardias, sosténganla fuerte y no la dejen ir! —ordena con firmeza.
Ellos vienen hacia mí y me capturan sin titubear.
—¡No, Alexander! ¿Qué haces? ¡Por favor, haz que me suelten! ¡Soy inocente! —le grito, llorando a mares.
—Vamos, llévenla al auto —ordena nuevamente, y los guardias me arrastran como si fuera una criminal.
Al salir del hospital, me meten en una furgoneta mientras Alexander nos sigue de cerca. Me lanza al suelo con brusquedad, y mi cabeza choca contra uno de los asientos. Grito de dolor. Segundos después, siento cómo la furgoneta se pone en marcha.
—¡Alexander, por favor! ¿Qué me vas a hacer? ¡Déjame ir, te lo juro, no le hice nada a tu madre! ¡Nunca sería capaz! ¡Te lo suplico! —le grito desesperada.
Pero él solo me ignora.
—Es inútil que ruegues. Eres una descarada. ¿Cómo te atreves a seguir negándolo, Aslin? —gruñe furioso, dedicándome una mirada asesina.
De pronto, un recuerdo llega a mi mente: el anillo. Rápidamente lo saco de mi bolsa.
—¡Mira, Alexander! Ella me dio esto, ¡me lo entregó! ¿Cómo puedes creer que sería capaz de hacerle daño a la señora Zara? —le ruego, mostrándole la joya.
Al ver el anillo, me lo arrebata de inmediato.
—Este anillo era muy preciado para ella. Decidió dártelo, y aun así la mataste. Una asesina como tú no merece tenerlo —escupe con desprecio y lo guarda en su bolsillo.
—¡Devuélvemelo! ¡Es mío, es lo único que me queda de la señora Zara! —le grito, tratando de recuperarlo, pero él me empuja.
Su mirada me hiela la sangre. Siento terror. Me quedo inmóvil.
Minutos después, la furgoneta se detiene frente a la estación de policía. Mi rostro palidece.
—¡Alexander, no pensarás meterme en prisión! ¡No lo hagas, por favor! ¡Llévame a casa, tengo miedo! Si es una broma, créeme que no tiene gracia. ¡Por favor, Alexander! —le suplico, acercándome a él.
Por un instante, veo dolor en sus ojos. Pero lo reemplaza rápidamente con una mirada cruel y me aparta.
Baja del vehículo y me toma del brazo, obligándome a salir.
—¡Alexander, por favor, no me hagas esto! ¡Soy inocente, te lo suplico! —le grito.
Él no me pone atención. Me arrastra sin ningún pudor.
Al entrar a la estación, dos policías me sujetan con fuerza y me llevan hasta una celda oscura. Me encierran sin más.
Levanto la vista y veo a Arlette entrar.
—Hermanita, supe lo que te pasó y vine a visitarte —dice con una sonrisa triunfante.
—Tú… Tú tuviste que ver en esto, ¿verdad, Arlette? —le digo, sintiendo la furia arder en mis ojos.
—Sí, hermanita, lo adivinaste. Me vi en la obligación de hacerlo. ¿Sabes? Después de que saliste de la habitación de esa vieja, yo entré. Le dije que Alexander y yo nos amábamos. Y ella comenzó a insultarme. Quería separarnos. ¿Puedes creerlo? Así que no tuve otra opción que sacarla del camino y mandarla al infierno. Y a ti junto con ella —me dice con una mirada diabólica.
Intento abalanzarme sobre ella, pero los barrotes de la celda me lo impiden.
—¿Qué pasa? ¿Quieres golpearme? Acéptalo de una vez. Yo acabo de ganar. Te dije que me desharía de ti, y esta fue la mejor manera que encontré para hacerlo. Ahora Alexander te odia a muerte, y estoy segura de que no se detendrá hasta verte destruida. Ahora, Alex y yo podremos ser felices para siempre —dice con una sonrisa malévola.
—¿Por qué, Arlette? ¿Por qué me odias tanto? ¡Somos hermanas! Yo te cuidaba cuando eras pequeña, te leía cuentos, te cantaba canciones cuando tenías miedo por las noches. Solo dime… ¿por qué? ¿Dame una razón? —le pregunto con lágrimas en los ojos.
—¿Una razón? ¿De verdad eso quieres? Muy bien, te la daré. Mírate. Eres mucho más bonita que yo. No importa cuánto me arregle, cuánto vaya a la estética… sigues superándome en belleza. Y no solo eso. La vieja señora te eligió a ti para ser la esposa de Alexander cuando yo era mucho mejor que tú. Siempre intenté ganarme su favor, pero siempre te eligió a ti. Además, me robaste a Alexander. He visto en sus ojos el amor que te tiene, aunque no quiera aceptarlo. Y, sobre todo, te odio porque tu madre le robó el amor de mi padre a la mía. Por eso, y por muchas cosas más.
Se gira hacia la salida.
—Ah, hermanita… solo quiero desearte algo antes de irme. Deseo, con todo mi corazón, que te pudras en prisión. Y créeme, aún no sabes lo que te espera cuando llegues a la cárcel —dice antes de marcharse.
Me desplomo en el suelo. Siento que este será mi final.

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